Lugar de fantasmas
Sr. déjame ir líquida hacía ti, rezaba la monja mientras se bebía un licor de yerbas potente.
De a poco las memorias se le mezclaban,
no sabía ya que hacía ahí trapeando pasillos de siglos pasados.
O todo enunciado de su boca pertenecía a un libro grueso,
escrito por hombres que seguramente estaban borrachos, como ella en estos momentos.
De alguna manera era justa está amnesia, ¿acaso no era la intención cuando atravesó esas paredes, borrar su rastro en el mundo?
Pero ahora quiere hilar palabras propias,
Se le amontonan,
son gruesas
y raspan.
Las novicias se ríen, cuchichean,
la madre está chapeada!
La madre, de quién???
Ahhh!!! siii, de mis pecados, ya me acordé!
La parte inferior del crucifijo de plata
es largo y pulido por mi carne,
(no por la de mis manos).
Lavo la sangre de las piernas de chicas que nos encuentran como salvavidas.
Me llevo los trapos rojos,
los contempló por días.
El tiempo se detiene en este lugar
de fantasmas, ruidos y gritos
de aparentemente nadie.
Aún así, se me fue la vida
entre el desayuno, el aseo y el rezo.
Se me ocurre a veces
recostarme entre las flores del patio,
con el crucifijo en mi lugar especial,
el grueso libro detrás de la cabeza.
Sr. Llévame líquida, amnésica
con un paño de sangre,
que por favor,
no sea, la mía.
