Madre del dolor y la esperanza

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“…llegará la hora y entonces seremos felices solo con verla, con un pie sobre las nubes, y la gloria coronando su realeza”

Fernando Candela

 

El paso fúnebre de unos peregrinos azuzados en el sentimiento de la perdida nos recuerda las tardes de dolor, crece la alborada, el alma se embriaga en joyeles, y al paso de la cicuta las hieles del espíritu se han probado; el divino redentor radiante en el dolor va apagando sus taciturnos ojos hasta caer con el peso de su fragilidad humana en un madero que no es más que la vieja madera que sostiene los males del tumulto.

El aire lenta y pesadamente recorre el vaho del universo, pesada loza a su paso va dejando la melancolía de lo vivido, de las tardes de gozo, de las noches de reflexión, con el corazón henchido de alegría, el maestro ha hablado e instruido; en la lontananza de su prédica a desperdigado vida, paz en el sueño de una tormenta, esperanza -divina hoja de plata-, con la que quieren refugiarse los que en la vida han sufrido y no encuentran más que en las lágrimas el ungüento a su desolación, brío en la palabra y maná de buenaventuras en el corazón de quien escucha al divino redentor.

El clima árido, tal vez enardecido, deja a su paso sequedad en los labios, en la piel y en la vida; que seco se vuelve el sentimiento cuando las gargantas se ahogan, cuando las voces son sosegadas por la turba enardecida que no escucha verdad y solo escucha el grito de un alma enmohecida, ¿de qué le sirvió a la humanidad, escuchar, testimoniar y predicar? Si unas monedas o el eco de verdades disfrazadas, dieron falso testimonio y consientes e inconscientes sus corazones acallaron para intentar que las piedras hablaran dando testimonio de los pies que las cimbraron, vaya fuerza de espíritu que sobre su mismo peso sintieron; de verdades que resuenan aún en nuestros días y de una paz que aún seguimos anhelando, la piedra que corre con el viento,  se mantiene sosegada y en manos del Nazareno fue el arma silenciada con el que se defendió la vida de un alma torturada, porque él libre de culpa decidió nunca más arrojarla.

Calle de melancolía, dolor de un alma que no hizo más que amar para perdonar, para sanar, para unir antes que dividir; oh bella alma la de la Madre que defiende, que sufre y que a su vez sana y bendice; mujer hecha tormento que caminó los campos áridos de Betania en compañía del amado, el manjar de verdades que defendió a la mujer hasta restituirle su dignidad, para atesorar el bien más grande que puede acrisolar el espíritu: la libertad; y así entre talentos y aceites de unción la madre y la discípula escuchan la más grande plegaria de amor: ¡perdónales porque no saben lo que hacen!

Ahí madre del dolor y la esperanza camina sonriente, camina con la vida misma, soñando que los días no acaben nunca, que nuestras penas se mitiguen con el bálsamo del amor, que nuestra fe se convierta en pebetero del cambio, que los pasos del Rabí nos lleven a encontrar un verdadero sentido de vida, una luz en la tormenta de la oscuridad, como en su tiempo hizo sentir a su amigo; el que consternado por la enfermedad perdió la vida, Lázaro levántate, se escucha en el resonar de una tumba, mientras el llanto de la muchedumbre se mezcla con el corazón compungido del maestro y el gran sequito de seguidores. La madre observa a su hijo, sabe que de sus labios emerge vida, que su voz no puede ahogarse y que en el canto sonoro de su enseñanza hay paz, confianza y vehemencia, labios taumaturgos que le llevan a firmar su propia sentencia de muerte.

Que difícil verte caminar a su lado y reprimir tus sentimientos; te abrazamos madre en esos momentos de impaciencia y de falta de tranquilidad, así como pasan sobre las redes infinidad de partidarios también por la vereda de la vida pasan los tartamudos de conciencia, esos que temen a los que obran bien y más a los que saben hablar bien, sobre ellos se yergue el peso de sus calamidades y viendo no creen y viviendo se ciegan, no quieren reconocer, no pretenden dar crédito a aquello que no es promovido por ellos, falsos profetas del amor, que limpian por fuera el vaso pero por dentro esconden rapacidad y podredumbre.

Así, caminando la senda de Jerusalén la vida misma va de la mano de la esperanza, madre e hijo gustosos observan como se vitorea a quien por amor se ha entregado por nosotros, luz redentora de la humanidad, faro que guía al perdido hacia el camino, oh madre adorada que vez en la esperanza de tu hijo, la agonía de un peregrinar que le llevara hasta el Gólgota rodeado de aquellos que le vitorean y que mercaderes en el templo cambian su oferta para exigir la muerte, los ojos de amor no pueden dar crédito a la imagen que pasa, cómo soltar de la mano a aquel que montado en un pollino ha de transformar a la humanidad; madre, tus manos llegan a tu rostro, mientras muchos se regocijan en el estupor de una entrada triunfal, tu corazón valiente y perspicaz siente y presagia el lúgubre destino.

Con el calvario de la vida, caminando de la mano lentamente las fuerzas que sostienen y no sueltan se van debilitando, llegará el momento en que los hilos del amor se tengan que separar, para cumplir con la misión; el hijo en el amor sufriendo por la humanidad, la madre en el dolor orando por su santidad, esperanza de vida, esperanza que hace más llevadero el madero, tu mano ha de encontrar el rostro de tu hijo para limpiar el sudor que corre por su rostro, rostro transfigurado y desfigurado, rostro de melancolía que nos hace pensar en lo duro de la vida, en las trabas del amor, en la paz de quien por amor piensa en avanzar, rostro que nos regala la mirada más triste, al observar como una mujer, la madre se desvanece, las espadas proféticas han taladrado su alma, siete heridas que son bálsamo de redención.

Nunca olvides madre a tus hijos, esos que anhelamos caminar como Juan a tu lado, para sostenerte ante los embates, para no separarnos de ti y pedirte que nos acerques a tu hijo, el mismo que en la cena de pascua se partió a sí mismo para darse a la humanidad; madre, a lado de tu hijo hemos aprendido las verdades del amor, porque no hay más grande amor que dar la vida por quién amas.

Que martirio tan grande madre, seca tus lagrimas y acalla tu corazón, que la carne es débil pero el espíritu es fuerte y con el solo roce de tu manto mi alma sale del letargo para andar el camino, juntos llegaremos hasta el calvario, haremos que nuestras lagrimas sean semilla que fortalezca el camino y en el último aliento de tu hijo nuestro corazón le servirá de reposo; porque confiamos que como humanidad  volveremos a encontrar en el camino, que es tu hijo mismo; radiante, salvo, sano, esplendoroso. Deja que las lágrimas de la esperanza derramadas en tu rostro sean luz en los tiempos de la oscuridad y que esos ojos se tornen radiantes al ver a tu hijo y en tu hijo a todos los que con esperanza confiamos en una vida nueva: acrisolada por dolor pero ungida por el amor.