Memoria

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Saludos, querido y aguzado lector.

Septiembre y octubre meses llenos de conmemoraciones importantes para todos los mexicanos. Por ejemplo el 8 de septiembre, recordamos que en 1847, tuvo lugar la Batalla de Molino del Rey: donde tropas mexicanas enfrentaron a los invasores americanos en Chapultepec. El 11, es el aniversario de la victoria sobre el Ejército Español en Tampico, en 1829.  El recuerdo de la inmolación de los Niños Héroes de Chapultepec, 13 de septiembre de 1847. Y el 16 de septiembre, el aniversario del inicio de la Independencia de México en 1810, una fecha que muchos gustan de recordar y celebrar con gran algarabía sin importar las peripecias que esté padeciendo el país, sin importar cuan fracturado se encuentre, siempre hay tiempo para celebrar, una independencia que a veces no se siente.

El 18 de septiembre de 1968, la Ciudad Universitaria de la Universidad Nacional Autónoma de México fue ocupada por el ejército ante el surgimiento del movimiento estudiantil que se originara tras un altercado entre estudiantes, meses antes, en el que intervino seguridad pública. A raíz de estos hechos, los jóvenes pedían liberaran a sus compañeros y que no interfiriera la fuerza pública, pero ya había algunos antecedentes de movimientos estudiantiles, desde 1942. El 19 de septiembre de 1985 recordamos el terremoto de 8.1 grados en escala Richter que sacudió la Ciudad de México y dejó los más grandes estragos en la historia del país.

Además hay una fecha especial que también está en la memoria de muchos mexicanos, entre el 26 y 27 de septiembre de 2014, desaparecieron 43 estudiantes de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos, un caso que sigue sin esclarecerse y que continúa doliendo, tanto como todas las personas que desaparecen en nuestro país, ya sea por persecución política, trata de personas o por el crimen organizado.

Entonces sigue el 2 de octubre, el día en que recordamos que en 1968, en una manifestación de 10 mil estudiantes en la plaza de Tres Culturas de Tlatelolco, fueron atacados por paramilitares para suprimirles. Varios de los estudiantes huyeron a las casas cercanas, muchos otros fueron detenidos y las cifras oficiales de muertos señalan que 20, pero organizaciones y miembros del  movimiento decían que eran mucho más.

Y así como estas fechas hay muchas otras más, igual de importantes y significativas para nosotros como mexicanos y que forman parte de nuestra realidad, de nuestra historia, que nos identifican como nación. Es interesante cómo se rememoran ciertos acontecimientos en nuestro país, cómo unos son dotados de toda solemnidad y otros son reducidos a una efeméride más, cómo unos son dotados de mayor peso en la ideología del pueblo y otros se dejan pasar casi desapercibidos o como un dato meramente referencial de un espacio de tiempo y espacio en la historia de nuestro país.

Decía Antonio Alatorre que el nacionalismo es instrumento de manipulación. Se pretende acallar las voces de la nación con el estruendo del himno nacional, lo que le decía hace un momento querido lector, ceremonias conmemorativas vanas de solemnidad y respeto, que callan los  gritos de una nación sangrante, hambrienta y desquiciada por la violencia, la enfermedad, la pobreza.

Un nacionalismo absurdo que como decía Miguel de Unamuno, es la chifladura de exaltados echados a perder por indigestiones de mala historia; a propósito de dimes y diretes entre naciones por resentimientos y baños de gloria, por indigestiones, como dijo Unamuno, de historias leídas y consumidas cada quien a su sazón.

El sentido de nacionalismo cambia cada sexenio, cambia en cada escuela, cada estrato de la sociedad, cada generación, pues la realidad de la nación a la que se pertenece es cambiante.

Aunque cada quien tiene su versión de la historia de la nación mexicana, existe esta necesidad de construir un Estado según convenga, entonces vienen las disputas, las separaciones, los descontentos, pues al parecer no todos tenemos la misma idea de nación.

Ya lo dijo también Mario Vargas Llosa, el nacionalismo es siempre fuente de crispación, de confrontación, de violencia, y eso no excluye al nacionalismo que juega a la democracia al mismo tiempo que a la exclusión. Es, sigue siendo, el gran desafío.

Así es querido lector, las democracias también abren espacios a la exclusión. Me parece que el gran desafío es volver a reconocer la dignidad del ser humano, no por su raza, credo o nación, y ya no digamos que por el género o preferencia sexual, si no por el simple hecho de ser humano.

Cuánto debemos cuestionarnos en tiempos donde el color de la piel, el lugar de nacimiento sigue siendo motivo de discordia, cuando siguen habiendo crímenes por xenofobia, cuando todavía no acabamos por respetarnos siquiera entre connacionales. Cuando ni siquiera consideramos la historia de nuestro país desde todas sus aristas, cuando ignoramos la realidad y las realidades que nos circundan.

Cuando perdemos o ignoramos la memoria de lo que nos hace llamarnos pertenecientes a cierta nación. Y qué decir cuando depositamos nuestro fervor en los monumentos para recuerdo o gloria de algo que tan sólo forma parte de esa manipulación, de ese condicionamiento e incluso adoctrinamiento de lo que nos debería hacer sentir y representar como mexicanos.

Hay que refrescar la memoria, recorrer la memoria y no olvidar que no todos cuentan igual la misma historia, siempre hay algún detalle por descubrir.