¿Mentiras verdaderas?
¡Nop!, no se trata de una crónica de aquella película noventera dirigida por James Cameron –ojalá lo fuera– sino de un esbozo de una realidad que trasciende la ficción y se ha convertido en una triste historia de la vida real.
La gente miente: por sistema, por gusto, por costumbre; tal pareciera que la forma de resolver los conflictos ya no es la de tomar el toro por los cuernos, sino la de embarrar a todos en aras de que no haya tiempo de que dirijan su mirada conmigo, en la lógica de que de esa manera mis errores pasan desapercibidos.
Si a esto, ya de por sí equivocado, sumamos las posturas adoptadas por los autores intelectuales, llenas de arrogancia y de satisfacción por creer que se han salido con la suya, la consecuencia natural es lo que vivimos cotidianamente, una sociedad corrompida, convertida en una jungla en donde la ley del más fuerte acaba condicionándonos a todos.
No nos equivoquemos, la simulación puede ser funcional durante un tiempo, en efecto, en algunos casos, largo, pero con una sola persona que, con argumentos y pruebas, tenga forma de contradecir lo dicho por el interlocutor, acaba por exhibir la realidad.
Con esas conductas, atentamos contra nuestra propia naturaleza, el mismo Platón establecía que la peor forma de injusticia es la justicia simulada, y la sabiduría popular ha enseñado a muchos que la justicia se aplica en la milpa de mi vecino.
Para fortuna de quienes han sufrido algún tipo de agravio, es muy fácil dar seguimiento a conductas que abiertamente van en contra de los protocolos socialmente aceptados, sólo es cuestión de hacer lo correcto y levantar la voz cuando alguien pretenda vernos la cara.
Casos hay muchos, de los más sonados el del productor estadounidense Harvey Weinstein, quien supuso que podría hostigar, intimidar y abusar de cuanta actriz se le cruzaba en su camino, hasta que esa simulación de hombre honorable acabo cuando alguien alzó la voz, sin importar el tiempo que había transcurrido. Siempre habrá una nota, un mensaje, un testimonio que aniquila esas mentiras verdaderas.
Muchos pensadores han legado sobre el tema en el devenir de los siglos; el poeta italiano Giacomo Leopardi sentenció que las personas no son ridículas sino cuando cuándo quieren parecer lo que no son; el escritor francés Nicolas Chamfort estableció que en las grandes cosas los hombres se muestran como les conviene mostrarse, en las pequeñas como realmente son; o el mismísimo Nicolás Maquiavelo cuya visión establece que todos ven lo que tu aparentas, pero pocos advierten lo que tú eres.
Desde el 85 A.C, Publio Sirio refirió que el malo se hace pésimo cuando se finge bueno; Pedro Calderón de la Barca dijo que fingimos lo que somos; seamos lo que fingimos; es decir, estamos frente a un tema que parece no quedar claro en el imaginario colectivo.
Estas posturas no debieran tener cabida en ningún espacio, pero particularmente en el seno familiar y en las escuelas, tendrían que ser detectadas, analizadas y corregidas; si en los espacios en los que se deben modelar conductas y predicar con el ejemplo somos capaces de tal incongruencia, no nos quejemos porque otro adolescente entra a una primaria a matar a diestra y siniestra.
Ese jovencito en Texas seguramente dio señales de alarma que nadie quiso tomar en cuenta, se asumió como verdad una conducta que resultó equivocada.
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