Mujer, con el cabello suelto y sin que pese
Ana Guillot canta, con relámpagos intensos y fragmentados, en una lengua dividida, la historia de todos los orígenes. Ella, rinde homenaje a las mujeres que no pudieron elegir y aun así se hicieron cargo, estoicamente, de su destino.
— María Rosa Lojo
Ana Guillot, Buenos Aires. Profesora en Letras, docente secundaria y universitaria. Coordina el taller literario Tangerina. Dicta seminarios de literatura, mitología y literatura oral en el país y en el exterior. Como docente ha publicado El taller de escritura en el ámbito escolar y ¿Querés que te cuente el cuento? Como poeta: Curva de mujer, Abrir las puertas (para ir a jugar), Mientras duerme el inocente, Los posibles espacios,La orilla familiar/La riba familiar castellano-catalán 2008 y 2019, reeditado en 2011 en castellano; en Italia, La riva familiare. Antologías personales: Liquid/ambar, Polvo que late, Urubamba y La joya transparente. En 2021, el poemario Taco de reina. Como narradora, la novela Chacana (Perú, 2012; Buenos Aires, 2023). En 2014, Buscando el final feliz (hacia una nueva lectura de los cuentos maravillosos), una lectura hermenéutica de dichos cuentos. Integra diversas antologías y colabora con publicaciones del país y del exterior. Fue invitada a participar de encuentros de poesía, foros de reflexión y universidades en su país y en el exterior. Publicada en España, Venezuela, Chile, Uruguay, México, Austria, Estados Unidos, Italia, Nicaragua, Perú, Brasil, Holanda, Polonia, Puerto Rico y Francia; y traducida al inglés, catalán, árabe, alemán, italiano, polaco, portugués y francés.
Selección de poemas
De “La orilla Familiar”
mujer 1
–¡ah!, ¿se podía elegir? –pregunta
ahora que ya es vieja
ahora que su vestido es negro, aceitoso,
que ha parido seis hijos y tiene
el vientre entumecido, lacio
el peinado tirante y esa sonrisa tiesa
y finita
–¡ah!. ¿se podía gozar?
era posible entonces dejarse tocar en la entrepierna
sin que los padres miren
era posible cantar con voz profunda
como chavela vargas
no como doris day
el pasito liviano
y ese final feliz y tan yanqui
era posible cantar
un bolero
como si entrecerrara los ojos para él
la nuca para él
los pechos como frutas abiertas
y ese olor a verano
y las enaguas flotando el precipicio
la clara manera de decir que sí
–¡ah!, ¿se podía reír y no planchar
el ceño almidonado para que no se enojaran en casa?
como si fuera la calle la apertura
la noche la apertura
un corredor erógeno
un relámpago en la columna vertebral
–¡ah!, ¿no estaba mal tentarse con la risa de otro
con el olor de otro
con la cintura de ese hombre perfumado
que traía jazmines los domingos?–
elegir qué inglés, qué palabras,
qué portazos pegar
cuando le pegan a ella las palabras dolidas
las palabras precarias, amarretas
haber parido hijos y no haberle escuchado
ni un –te amo–
nunca la caricia después de la descarga
nunca una manera de mirar diferente antes del desayuno
–¡ah!, el frío la acobarda
es hora de cerrar esa puerta que viene haciendo ruido
es hora de prender el farol
y apenas descansar
mujer 3
la mujer arroja la llave
y va
descalza entre las olas que la apremian
es mortuorio el ahogo
(adentro o afuera del mar)
la mujer lleva apenas branquias pequeñitas
cómo competir con los pulmones
ávidos de humo y alcohol
los pulmones de ellos
cómo no ser carnada en semen blanquecino
pegajoso
cómo aliviar la posesión
da miedo esta paz de ollitas impecables
y de guisos
dan miedo el almidón, las aspirinas
da miedo el tenedor hundiéndose en la carne
la escena en la que él grita
y ella
llorando muy bajito
para que no se despierten los niños
el hambre
el deseo
de otro
o de abrirles el vientre con hebillas de nácar
destriparlos
de espaldas a ese mar
da miedo el que mastica
los signos femeninos
el que se come la luna
como un chocolatín blanco
cotidiano
De: “Taco de reina”
1
elegir podría ser
la manera de llevar la corona
con el cabello suelto
y sin que pese
traspasar el espejo y entender el revés
para que venga
por detrás de la bruma
la imagen
/cuando sea de día
habrá de despertar
en una jaula abierta
como una oruga
a punto de lanzar su flecha
sobre la hoja fresca del almendro/
2
ella arroja la flecha
y va
el corazón ahí
ella arroja la flecha
dispone la plena aceptación
(del núcleo
y del verde del núcleo)
y la flecha va y va
(en el verde soy yo
la que unta su carne
con el cielo)
3
ninguna sombra hay
más que la de ella
y el desierto es inmenso como una lucidez
/una intransigencia de sí misma
intentando tensar
las cuerdas del laúd
la servidumbre sagrada de este cuerpo/
4
brazada a brazada ella mastica
una almendra brillante
vacilación o lirio
enjambre o estertor
mientras busca lo eterno
en la ecuación abierta
de las cosas
(la lluvia es la señal
de que el pájaro trae buenaventura)
/hay un acontecer
hay una música
hay siempre hambre
y alude a la intemperie
como si de una bendición se hablara/
De: “Desde Troya, mujeres que se abrazan y cuentan la verdad)” (fragmentos)
Vengo de los laberintos, de esa estructura efímera que se disuelve en el mar, que nombra la constelación y la conmueve. Vengo desde esa eternidad que es tiempo dispuesto y repartido cuando el cuerpo duele o tiembla o se disuelve en el goce, en la exhalación.
Vengo del campamento, de la torre, del caballo, vengo de los amores imprudentes y de la guerra. El caldo y los hombres nadando en él. La lucha es por el tesoro, siempre.
He venido surcando desde entonces memorias y arbitrariedades. He venido observando y he sido, alternativamente, hueco y solidez. He sido voraz, impertinente, palúdica, sensible, temerosa, huérfano, progenitor, amante. He sido vértigo y campo, acorralamiento y pezuña.
Desde entonces miro y edifico. Miro y cuento.
No sé bien cómo fue, pero puedo sin embargo recordar cada detalle. El olor de las pestes, el ruido de mi tienda, el color del fuego cuando sacrificábamos el becerro para el dios.
He venido soltando la restricción, la muerte. He venido nadando en este mar infinito de la memoria.
Entonces cada tanto recuerdo. Cada tanto ellas llegan en tropel y me interpelan. Las dejo que me digan y, cuando el brillo aparece, rescato sus maneras, sus ademanes. El agua va y va en mi interior y ellas resucitan el agua, la contienen o dispersan. Es cristalina esa manera de abordarnos. Mujeres en su núcleo. Mujeres y el verde de las hojas y el azul prepotente del mar.
Se ve entonces lo que quedó. Hoja sobre hoja sobre hoja y Troya, la perdida, en nuestro corazón.
Intenso como un útero, como una premonición. Troya, la amada, la patria tierra.
Y es entonces, cuando ellas, las otras, las que desde Grecia esperaban a sus hombres, nos abrazan.
Mujeres que emparejan los huecos de la guerra. Deslumbrante el abrazo. Como decir para qué todo eso, qué necesidad; como decir cielo que has de venir para arder ahora en mi memoria.
Cada una, cada una de ellas me viste, me deslumbra. Cada una, porción, reminiscencia o abismo tiene algo de mí. Hermanas en el itinerario. Dolidas o alborotadas, excesivas o tristes, hay, digo, un mandato que crece porque ellas, cada una de ellas discurrirá en mí y el verde del abismo será manantial.
Vienen como fantasmas y rodean la tarde solidaria con sus cantos. Ahora ellas y yo estamos en el ápice de la historia, recreando la anécdota, cambiando el desenlace, como una epifanía de hembras.

