Mundo hipócrita

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La hipocresía, entendida como la capacidad de fingir sentimientos o cualidades que en realidad contradicen lo que verdaderamente se siente o se piensa, es más que vigente en cualquier parte del mundo y tendría que obligarnos a revisar profundamente nuestras convicciones. Si bien es común, esto no debe significar que es correcta; el hecho de que a muchas personas gusten de esta postura, no implica que tenga que normalizarse.

Lo vemos en todos lados, ejemplo de ello es la incongruencia de la Federación Internacional de Futbol Asociación –FIFA–, que fingiendo preocupación por un grupo vulnerable castiga a una selección –la nuestra– por lo que ellos interpretan  como un grito homofóbico, mientras no tiene empacho en entregar una copa del mundo a un país como Qatar que abiertamente viola los derechos humanos, particularmente los de las mujeres; es decir, se ofenden por una expresión, pero premian a todo un régimen.  ¡Que congruentes!

Lo mismo sucede en muchos gobiernos, que por un lado hablan de austeridad y de vivir con lo estrictamente indispensable, pero por el otro favorecen y legitiman la vida de lujo que viven sus representantes o familiares; como explicábamos en la entrega pasada, no se puede predicar sin ejemplo, por muy autoridad que se sea.

Y que decir de tantas personas que hacen alarde de su fe, invocan a toda la hueste celestial, cargan sus imágenes religiosas, hacen tramoya y agradecen la intervención divina, pero que a la primera oportunidad, son capaces de soltar la puñalada trapera, hablar mal de cuanto humano se les cruza o diseñan una ruta de vida para joder al que se deje.  Mojigatos de tiempo completo.

Muchos afirman que vivimos en la época de la hipocresía, la consolidación de las redes sociales ha logrado que nuestra falsedad social se eleve a la enésima potencia; aplicaciones como Facebook han banalizado el término amigo, ahora resulta que cualquier persona tiene el mismo derecho de alguien que verdaderamente nos ha acompañado en las buenas y en las malas en el devenir del tiempo.  De la misma forma, se usan para convencer al mundo de que nuestra vida es perfecta, aunque sepamos que estamos llenos de mentiras y engaños.

El origen de esta situación, me parece, nos lleva a un sitio común; todo comienza en casa. Si tengo que fingir para obtener las cosas, estoy siendo perverso; si tengo que hacer alarde de lo que no he podido construir, estoy siendo embustero; si soy incapaz de enfrentar mis compromisos y responsabilidades, estoy siendo un farsante.

Es un mundo hipócrita y algunos especialistas establecen que son cuatro los factores que la detonan: la pretensión, la culpa, la inconsistencia y la complacencia.

El hipócrita siempre está esperando recibir mucho más de lo que da y pretenderá que los otros hagan las cosas con el fin de que él jamás tendrá que enfrentar problemas; delegará todo y por supuesto, culpará al de enfrente de su incapacidad. Delante de ti será tu mejor amigo, pero a tus espaldas buscará clavarte una daga por el placer de hacerlo o para mermar tu brillo.

Hablar con ellos no servirá de nada, a estas personas es mejor tenerlas a la distancia, pues nunca serán confiables; para ellas y este mundo aplica aquella frase de William Shakespeare, ¡Oh, que hermosa apariencia tiene la falsedad!

horroreseducativos@hotmail.com