Nepotismo académico

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Hay cientos de formas para pervertir cualquier actividad humana; intereses personales, compromisos mal entendidos y un afán protector en exceso hacen que, sin mediar protocolos, haya quién no mide la mala imagen que proyecta con sus decisiones.

 

En los espacios académicos, que en teoría deben servir de ejemplo de comportamiento, encontramos conductas que lejos de favorecer climas laborales armónicos, provocan resquemor y se tornan materia de discusión innecesaria y francamente gratuita. ¿Por qué tenemos que dar de que hablar?

 

El nepotismo, entendido como un trato de favor hacia familiares a los que se otorgan cargos o favores por el simple hecho de serlo, ha encontrado cabida en muchas instituciones educativas, con las implicaciones negativas del caso.

 

Por ejemplo, conocí alguna coordinadora en un Instituto en el municipio de Metepec que, mientras su hija (alumna de la institución) estuvo cursando secundaria, se encargó de buscar convenios y asistencia a eventos con instituciones de prestigio, a los cuales, por supuesto, su hija iba por delante. Hasta aquí no habría nada que reprochar, pues la alumna era buena; el tema es que en el momento que su pequeña egresó de la institución, mágicamente se acabó la búsqueda de estos espacios y las siguientes generaciones no tuvieron la opción de participar en esos foros.   ¿Trabajó para la institución o para su hija?

 

Otro caso, en el estado de Hidalgo, es el de una profesora que coordina la preparatoria en un Colegio de la ciudad; sus dos hijos cursaron la prepa en esa institución (lo cual no tiene nada de malo).  El tema es que a la entrega de calificaciones parciales, mágicamente sus hijos siempre aparecían en el primer lugar de aprovechamiento, la sorpresa era que algunos profesores descubrieron que sus notas eran ajustadas a la alza después de haber sido entregadas. Todas las sospechas envuelven a la madre, quién tiene acceso y control de los registros de calificaciones. ¿Pretender que sus hijos son los mejores a cualquier costo?

 

Un tercer caso, en una de las más prestigiosas universidades públicas federales del país, en las que el Rector tiene contratada a su hermana, en un cargo en el que se establece poseer estudios de licenciatura para poder ocuparlo. ¿La dama cuenta con licenciatura? La respuesta es obvia, no.  ¿Nepotismo?

 

Un cuarto caso, funcionarios de medio pelo que, a la menor oportunidad, buscan acomodar a su familia en el mismo sitio de trabajo; en cuantas organizaciones hay casos de hermanos, hijos o sobrinos que tienen chamba porque hubo quién les recomendó y punto.

 

Versa el adagio, no hagas cosas buenas que parezcan malas, y si bien es legítimo (incuestionable) ayudar a los nuestros, por principio y con un poco de ética no pude ser en el mismo espacio de trabajo. ¿Se trata de hacer clanes?

 

Por supuesto que hay instituciones privadas familiares en las que se entiende que los directivos tengan los cargos más importantes; en estos casos, nada que reprochar en tanto es su lana la que está en juego y además arriesgan su capital para ofrecer opciones de empleo.

 

De no ser el caso, esas conductas son, de facto, corrupción; tal como lo establece el escritor norteamericano de ficción Frank Herbert: El poder atrae a los corruptibles. Sospecha de cualquiera que lo busque.

 

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