Nilton Maa, una mente incapaz de recordar

Views: 806

Nilton Maa. Poeta, escritor y gestor cultural, tusán peruano de segunda generación. Nilton explora su tusanidad y su desarrollo interpersonal a través de la poesía. Del mismo modo, desarrolla su expresión poética desde la contemplación social y su interrelación con lo íntimo. Es autor de las novelas Imperio de Sombras, Cuando Muere La Niebla y el poemario Mientras Caen Mis Hojas. Actualmente vive en la ciudad de Nueva York.

SELECCIÓN DE POEMAS

 

 

 

LECTURA DE CARTAS

 

Esta mañana las cartas caen de cabeza.

El silbido de mi oído izquierdo me recuerda la infamia del silencio,

y el transcurrir de una duda empozada en mis ojos impávidos.

 

Caen la reina y el rey de su castillo en llamas.

El ocho de bastos, el hierofante y el bufón

recuestan, en mi pena, sus sonrisas machacadas,

​​​                                       porque todo se esfuma

en este mismo minuto en que mi mano agita la baraja,

para ver tan solo el reflejo de un destino

consumido por mis propios miedos.

 

Ahora que la noche me consume,

intento en vano cubrir mi desnudez;

enumero en silencio los días que me restan para el final,

pues ya presiento el nuevo comienzo.

 

Las hojas secas de mi cuerpo caen y se esparcen;

el minutero respira sus últimos segundos.

Ha sido bello este camino, pero incluso lo amado

deja un día de ser amor

para volver a ser silencio.

 

Soplo la vela, y la flama no se rinde;

mi baraja se marchita en esta pobre luz que me ilumina.

Ya no hay mensajes que pueda tomar del universo;

se han ido las voces saltando por la ventana,

resbalando en el invierno largo que se aproxima sin pudor.

 

Mi última carta ha caído sin rebelarse.

 

Mi destino se oculta al alcance de mi temor;

y, al final,

la vela se extingue,

dejando paso a la dulce

tiniebla derramada.

 

 

 

AL OTRO LADO DEL PUENTE

 

En este encuentro con lo absurdo,

he rescatado el ruido de tus manos,

manos en que guardé el incendio

de mi esperanza efímera,

donde mi cuerpo alcanzó el deseo

y el mismo olvido que hoy nos congrega

en esta mesa, en este lugar,

en este encuentro con mi pasado

donde escojo sonreír mientras te miro a la cara

y observo tu tristeza azul,

en esos ojos que iluminaron alguna vez

la tiniebla en que creí alcanzaría el olvido,

sin pensar jamás que eso, olvido, serías tú

al extremo de esta pena que nunca termina,

aunque madure en nuestros corazones;

seguimos siendo tú, yo

y nuestra miseria.

 

A mis noches no les faltó oscuridad,

y tus días nunca brillaron

como lo hicieron mis ojos al observarte,

porque a nosotros nos alcanzó el delirio,

mucho antes que el deseo por nuestros cuerpos.

 

Ahora estás allá,

del lado correcto de nuestro puente

nunca más listo para atravesar la ausencia.

 

Allá,

del otro lado de la mesa,

donde el borde redondo

no concibe sostener este nuevo adiós,

adiós que no concuerda con mi paz,

como este encuentro en que revives

lo peor de nuestro tiempo,

sin dejar más opción

que aceptar cada reproche,

 

porque sí,

lo acepto:

 

fui el desastre que dejó tu suelo árido.

 

Pero tú,

cariño,

 

fuiste la semilla que dejé germinar,

la que al crecer me subió hasta las nubes,

me dejó feliz y completo,

en la ilusión de este cielo solitario.

 

 

 

TORMENTA BLANCA

 

La nieve ha inundado mi desesperado recuerdo

de una noche que parece nunca terminar.

 

Cómo siento la luz de esta luna

filtrándose por las nubes,

luna llena de ti

o sol que ilumina tu regreso,

porque sé que amaneciste de aquella noche

donde nadie supo que te fuiste,

porque tu voz inaudible se fue

mucho antes que tú mismo.

 

Ligeros, los copos se acumulan en mis hombros;

se infiltra un ligero desencuentro helado con mi nuca,

con mi espalda percudida de dolor,

porque el tiempo no se lleva aún

el recuerdo de algún músculo deforme,

golpeado tanto y tanto

hasta acabar inmerso en un continuo repudio de sí mismo.

 

La nieve nunca estuvo aquella noche,

solo constó el reflejo rojo de los faros

que arrastraron tu cuerpo por la avenida,

solo la ira de unos ojos que me amaban con desdén,

que me amaban con repudio,

aquella noche instalada en mi hipocampo.

 

Sin embargo, hoy,

este recuerdo amargo ha caído, con la tormenta blanca,

para decirme que debo volver a sanar esta herida.

 

Mis lágrimas caen, también,

para hacerse de hielo en esta ciudad extraña;

no puedo volver a mi hogar

porque no hay hogar que me espere en ciudad alguna,

solo en tu cuerpo estático y desnudo subiendo a esa carrosa,

solo tu piel ajena de mí y de mi tierra,

de mi lengua y de mi amor.

 

Caen estos copos perpendiculares

que han cubierto la puerta,

resguardan la luz con su brillo espasmódico;

con la fuerza de su falsa inocencia,

me enfrentan a un demonio antiguo

que me convence de que nada soy,

de que nada tengo.

 

 

 

RECUERDOS MARCHITOS

 

Crece la niebla en la memoria.

Más allá del poniente, caigo

por un abismo de zozobra;

hay dudas que se elevan desde mis pantorrillas,

antiguos temores que se agitan

en el vacío de algún tiempo no vivido.

Una vida, que fue mía y reclama,

me devora y me escupe en esta tierra.

 

Lo importante

se

me

escurre

.

.

.

 

Oigo el eco de los charcos,

el chapoteo de un recuerdo

que no alcanzo.

Ondas en el barro

se reflejan en mis espejos,

como pequeños cristales

que no escapan de la desventura,

que no me guían entre estos tormentos;

me abandonan,

como la voz

temblando entre las cuerdas.

 

Trepa el silencio por la corteza.

Soy un árbol desnudo

cayendo en el camino,

una noche incontemplada por el destino

que perece como un aullido,

un grito en este bosque de espíritus.

 

Seres olvidados entre lamentos,

caen sobre la herida del tiempo,

para perderse, inconsolables,

entre los miedos que sentimos en la piel;

sin nombre,

se escabullen dentro de la niebla

de una mente incapaz de recordar.

 

 

 

SOL

 

Hoy te recibo cargado de estrellas,

no sin antes abarcar las calles

con esta luz que viene del cielo.

 

En mi camino hacia ti

se mueven los planetas;

en el oscuro y vasto universo,

conjuro mis deseos más ocultos,

los siento llegar

en cada rostro que vuelve a mis espaldas,

en las luces que me cubren de mí mismo.

 

Hoy llevo conmigo una migaja,

y en mi cuerpo henchido

se digiere una hogaza completa.

 

No he de entregarte más

que este deseo ardiente

que quema mi entraña;

no buscaré tu silueta

en el sendero de la noche.

No te daré más de mi propia savia,

de mi dolor para calmar el tuyo.

 

Hoy me he vestido de astro,

y he recordado que el sol

no gira alrededor de planeta alguno.

 

Ya no volveré

a esa órbita en que giré;

tu respiro no será el mío,

no serás más oscuro

que mi negra noche.