NORMAS PARA NUEVO PAÍS

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Huellas de su paso por esta ciudad están en todas partes. Esa es nuestra fortuna. Cuenta Manuel García Garófalo Mesa en su libro Vida de José María Heredia en México: El día 1º. De junio aparece el periódico El Conservador, del cual era uno de sus principales redactores Heredia y el artículo inicial que es un programa de doctrina, está escrito por nuestro poeta, y dice así: Tenemos el gusto de empezar nuestras tareas en una época de esperanza para la República. Apagado el incendio de la guerra civil, amortiguadas las pasiones rencorosas y la efervescencia de los partidos, cuya larga lucha por el poder ha dado tantos días de sangre y luto a la patria, desengañados los pueblos del vértigo revolucionario, y persuadidos por una dolorosa experiencia de que sólo pueden ser felices bajo los auspicios de la paz y con la observancia de las Leyes, parece que todo anuncia días serenos y apacibles, después de la tormenta que nos ha combatido por espacio de cuatro años. Hombre universal, es decir, renacentista, es decir que está en todo. Lo mismo valora la importancia de las Normas en una sociedad que desea ser justa. 

Que comprende el papel importante que ha de tener en el nuevo país la recuperación de su historia y del valor de sus riquezas patrimoniales en lo cultural y natural. Sabe bien, que su obra íntima merece todo el tiempo necesario y por esa preocupación deja una poesía, así como sus discursos, que señalan tanto la sensibilidad de su alma desnuda como la riqueza y profunda cultura que acompañan a quien desde joven era ejemplo del nuevo ciudadano que desea la América independiente de todo colonialismo viniera este de España, Inglaterra, Francia o Estados Unidos. Enamorado de nuestro país a sólo 10 años de su independencia de los españoles, las palabras de Heredia no pueden ser más elocuentes y esperanzadoras para la patria que le cobija, dice: la nación mexicana es sin duda una de las que el cielo ha favorecido con sus más benignas miradas. Asentada sobre un suelo fecundo, por cuyas entrañas giran ríos inagotables de plata y oro, debe a su singular constitución física la posesión de todos los climas, que hacen susceptible de todas las producciones del globo. 

Colocada como un istmo más o menos estrecho entre los vastos mares Atlántico y Pacífico, es el punto intermedio entre la culta Europa y la opulenta región del Asia, y parece destinada a ser algún día el emporio del mundo. Palabras bellas que se hayan dicho por ser alguno sobre este cuerno de la abundancia, que es la forma geográfica que nos contiene; comprueba por estas y muchas otras razones que el cubano prefirió venir a México, antes que quedarse en esa democracia ejemplar, que es a principios del siglo XIX Estados Unidos y su independencia de la Colonia inglesa. México es su ideal, ideal que debe copiar su amada Isla. En esos sentimientos el admirable poeta e independentista vivió amargura de la guerra interminable que los más en sus abyectos intereses se habían apoderado desde la colonia de este México, cuya independencia aparece en el Acta del 28 de septiembre de 1821: la realidad es que el oro que enajena todo tiene a milicia, clero y conservadores en constante y rabiosa lucha: negar el terreno de leyes y humanidad, pues no caben en el nuevo país donde el Estado desangrado por el México bárbaro. Este país en el que habrá de morir en su tristeza, el poeta más brillante que tiene Toluca en aquellos tiempos. Rompecabezas de vida toca todo lo que le es dado.   

Palabras en ese periódico reflejan sabiduría del discurso de Tlalpan, el 16 de septiembre de 1828, dice: Cuando se rompieron las cadenas coloniales, México reivindicó su lugar entre las naciones. La Providencia nos hizo responsables de tan brillantes destinos. Nos hemos constituido bajo la forma de gobierno, más perfecta que ha podido resultar de las combinaciones del ingenio humano, y cuyas inmensas ventajas, que se descubren en abstracto a la mente menos reflexiva, están palpablemente demostradas por la experiencia en el ejemplo de la República vecina del Norte. Tres ilusiones venidas de la esperanza por una humanidad mejor, más progresistas, democrática, libertaria e igualitaria. Es decir, admirado José María Heredia por aquello que sucedió en las 13 colonias inglesas que se liberaron de aquel imperio que a través de los impuestos le sojuzgaba, de impuestos y de prohibiciones para desarrollar toda industria que les hiciera fuertes. 

El movimiento que logra la Independencia el 4 de julio de 1776, lleva por consecuencia a la Toma de la Bastilla el 14 de julio de 1789 con el lema Libertad, Legalidad e Igualdad donde la figura de los monarcas queda a disposición de la soberanía de los pueblos y sus defensores. A esos dos movimientos Heredia pone el ejemplo de los mexicanos que por ese camino ha decidido su presente y futuro en busca de la ansiada democracia, a la cual vino él convencido que los mexicanos habrían de vivir el ideal en el respeto a la propiedad y a la vida humana, sin aceptar la injusticia y la esclavitud del hermano por el hermano más allá de las razas e ideologías. Convencido de las Normas escribe: Nuestra suerte, pues depende absolutamente de nuestro arbitrio, y la pública felicidad será segura si todos cumplimos fielmente nuestros deberes sociales. El primero de todos es una invariable adhesión al pacto federativo, único garante de la unidad nacional y del orden público. Si la constitución actual tiene vicios o defectos, poseemos afortunadamente del gran desiderátum de las antiguas repúblicas, cuya falta causó trastornos y ruina, en la facultad perpetua de reformar y perfeccionar, que obtienen nuestros poderes constitucionales. La experiencia dictará las variaciones accidentales que convengan, y serán ilustradas por la libertad de discusión pública de su adopción definitiva

Amor por la República y el Federalismo, dos ideales tan sencillos de comprender, pero que en la mente de los centralistas y conservadores se convertía en la guerra declarada para quien expresara el amor por el federalismo y el espíritu liberal. José María Heredia y Heredia desde 1825 en su segunda llegada al país, después de que la primera vez en 1819 pasó con rápida experiencia para deslumbrarse por el patrimonio natural y cultural de este país cimentado en su larga historia indígena. Todo le rodeó a Heredia en su paso y estancia por este nuevo país. Los odios que recabó fueron por aquellos populistas que como Santa Anna no le perdonaron que se opusiera a sus caprichos pasando por encima de la Norma y la historia que decía lo que no se debe hacer. Contra el mesianismo que nos sigue a los mexicanos como lepra venida de los peores ejemplos de la humanidad. Escribe Heredia en El Conservador: Sólo necesitamos de moderación y de virtudes para gozar de todos los frutos de la gloriosa transformación política que tantos héroes y mártires compraron con su sangre generosa. 

Que el gobierno sea justo, y los gobernantes adjuren la ambición y los rencores. Si cada facción triunfante a su turno extermina, destierra o condena a nulidad oprobiosa a cuantos no sigan su estandarte, presto el Anáhuac no será más que un desierto pavoroso. Olvidemos hasta las denominaciones que serían ridículas a no haber producido tantas calamidades y crímenes, y echando un velo impenetrable sobre el pasado, ocupémonos con celo y sinceridad en su porvenir más dichoso y tranquilo. El espíritu de José María Morelos y Pavón está en José María Heredia, cuál si hubiera sido alumno aventajado en su espíritu en favor de una sociedad igualitaria por encima de todo sentimiento individualista, cuyo egoísmo ha sido en la vida humana el peor de sus males. El espíritu de Morelos y del Padre de la Patria, don Miguel Hidalgo y Costilla, cuyas palabras para abolir la esclavitud reconoce que es negra herencia de colonizadores, tanto en la patria como en el norte del río Bravo. Lo que más destaca en el texto es reconocerse con un nosotros, consciente lo hace al escribir sobre tareas inmediatas y, a largo plazo, de quien sintiéndose mexicano, sabe que tienen ante sí, la epopeya de fundar la nación libre, fuerte, justa y democrática. Las lecciones de Heredia son inacabables, por lo que su vida es ejemplo que la juventud debiera estudiar a diario, con el solo fin de hacerse como él en principios y creación intelectual.