Nuestro cine seduce
“Amorcito corazón, yo tengo tentación de un beso…”
Pedro de Urdimalas & Manuel Esperón
Existen diferentes formas de entender el mundo, la percepción de un ser humano sobre su realidad se ve influenciada por diversos estímulos que le permiten asociar ideas, concebir realidades, proyectar su imagen o darle un sentido a todo aquello que le rodea. Este es el mundo de lo que se percibe, de lo que le da rumbo a nuestros sentidos y que asocian su percepción a un todo armonizado.
Es innegable que en nuestros días, las formas de entretenimiento han mutado; los espectáculos que antes mantenían la atención de la audiencia han cambiado y se han diversificado, sin embargo; hay formas y fórmulas que se mantienen vigentes. Una de ellas es sin duda; la proyección de películas en mega pantallas, particularmente nos referimos al “séptimo arte”: el cine.
Desde hace décadas, y más entre la sociedad mexicana, el cine ha marcado un influjo poderoso en su actuar; la época dorada del cine mexicano estableció un paradigma de nuestra idiosincrasia, las formas de pensar, actuar y convivir cambiaron solo con base en lo que los guionistas plasmaban en los libretos, en la dramatización de los artistas de época, que se convertirían en ídolos del cine mexicano y prototipos en el hablar, vestir, pensar y hasta en el cantar.
Y es que difícilmente dejaremos de lado a nuestros ídolos mexicanos de la época dorada, con un desfile de nombres que enmarcan nuestra historia; pero más aún nuestro orgullo nacional, y es así como desfilan los nombres escritos con letras de oro de Pedro Infante, Dolores del Río, Jorge Negrete, Marga López, Katy Jurado, Emilio “El indio” Fernández, Luis Aguilar, Sara García, Joaquín Pardavé, German Valdez “Tin Tan”, “Clavillazo”, “Resortes”, María Félix y Pedro Armendáriz, entre otros; mujeres y hombres que con su talento (en ciertos casos innato) nos proyectaban hacía escenarios ideales, en donde “los ricos también lloran” o donde juntos reclamamos: “¡Pepe el toro es inocente!”.
Ese es el realismo mágico del cine mexicano de época, que con escaso presupuesto pero mucho talento llegó a permear en la conciencia nacionalista y más aún en el ámbito internacional; porque ya mucho tiempo atrás, guionistas como Luis Buñuel nos hacían entender en la película “Los Olvidados” que efectivamente hay muchos rostros del suelo mexicano que han sido olvidados, que hay barrios y colonias que parecen que han desaparecido con su dolor y su carencia, con su insoportable brusquedad, que solo tienen el grito con el que ahogan sus gargantas para ser escuchados y decir que aún existen; que México no son ni los de arriba, ni los de abajo, que México somos todos, que tenemos una historia que contar y que el pueblo se deleita en presenciar.
Que tiempos en los que el cine era una panacea para aliviar el dolor social, una mezcla entre el encanto de nuestra raza y la tartamudez de quienes prefieren ver en otro lado lo que no pueden apreciar enfrente de sus ojos; el cine se convierte en arte cuando verdaderamente es valorado, porque es parte del cisma social en el que se pretende ser diferente para en verdad entenderse. Lo que nos deja como resultado la alegría de despertar hablando sin hablar, recreando el alma y expandiendo el universo de las ideas.
Cada época de este elemental arte en las necesidades sociales tiene su tinte de realismo, a veces disimulado y otras tantas explicito, pero siempre reflejando la forma en cómo se vive y cómo se concibe el mundo que nos rodea; clara muestra de que si bien, se encapsula en una imagen todo el sentir del ser humano, es a través de esas mismas imágenes como en ocasiones la sociedad se apasiona y se proyecta para convertirse en el actor principal de su vida misma; dejando atrás el pincel de personalidad propia para apoderarse de la vida de personajes imaginarios o inventados en la literatura.
Muestra de lo que aquí se plasma, se encuentra en el cine de comedia mexicana, en donde el blanco y negro era la bicromía de la vida mexicana, no es simple casualidad que aún en nuestros días escuchemos el famoso “me canso ganso” que inmortalizara “Tin Tan” o el “ahí nomás” de Clavillazo, y por su puesto un “no porolo” que reflejaba parte de los diálogos de “Capulina”, para cincelar con letras de oro en la inmortalidad “ahí está el detalle” de Mario Moreno Cantinflas y es que incluso en esa época de luz muchos vieron en los pachucos todo un estilo de vestimenta y de presencia, otros tantos “pelados” mexicanos diciendo todo y nada, bautizando a una prole como “chatos” en pocas palabras, cantinfleando en la profundidad del lenguaje rebuscado que tiene el concepto en el dintel de las ideas, pero que se enreda en la madeja de estambre que revuelve al que está hablando.
Qué bonito es el cine, y no se piense en el arte extranjero con su producción “holibudense” y su artisteada de “oscares” al más puro estilo gringo; sino el cine mexicano que variado en su forma de a acuerdo a su época, ha dejado en el subconsciente de la mexicanidad algo más que el deleite de presenciarlo. Recordemos con antonomasia de ideales las películas: “Simitrio” y “El profe” que nos recuerdan el verdadero ideal del profesor en el campo mexicano, recorriendo los caminos áridos para llevar el verbo con el que se recrea el alma de los niños mexicanos, ofreciendo sus emolumentos para que se abone al capital material de las necesidades educativas (aulas, uniformes, libros, etc). Sin duda su influencia continua.
No podemos dejar de lado la época de la picardía mexicana dentro del cine y es que desde finales de los 70´s y hasta finales de los 80´s abundaban los idealistas que pretendían vestir, hablar y actuar a la manera de “Juan Camaney” o “Pedro Navajas”, vaya mezcla prodigiosa de actores en una época de luces en el escenario; de gigolos a la mexicana, de mujeres frondosas y abnegadas, que lo mismo se enamoraban del albañil, que del verdulero o los mecánicos, todos viviendo en vecindades y trabajando preferentemente de noche como si ese fuera el prototipo del México contemporáneo, y no es que se figuraban estereotipos sino que se conjugaban elementos del concebido carisma mexicano.
Y llega la ola de cine que nos incita a pensar en los temas sociales, en una camada de actores juveniles que renueva la esperanza: suspenso, comedia, drama, historia, el cine toma su vuelco, no solamente actores, sino guionistas, productores, equipo de producción y directores mandan un mensaje claro al pueblo mexicano: México es pionero de este arte y tiene un nuevo rostro que mostrarle al mundo, porque sí somos charros, pachucos, parias, luchadores, almas nocturnas, pero también somos mexicanos deportistas, soñadores talentosos, hombres y mujeres talentosos que sin tanta producción pero con mucho corazón ganan “Oscares”, que inspiran y recrean.
Somos el México que se enorgullece en su raíz y que brilla con el fruto de la esperanza, porque cada época en el cine nos representa y nos reta a crecer aspirando a rumbos mejores; que vengan las mejores películas, esas que se recuerden con tan solo cerrar los ojos y abrir el corazón.

