Ocios y Apuntes

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Tres periodistas son ejemplo de vida dentro del mundo de la prensa: Francisco Zarco, Guillermo Prieto y Ángel del Campo. Al revisar el libro preparado por María del Carmen Millán, de Editorial Porrúa, publicado en ciudad de México en el año de 1984, titulado Ocios y Apuntes y La Rumba, compruebo de la pureza de estos hombres de su siglo que defendieron en la batalla al nuevo país que estaba en formación, con las armas y con la pluma, destacaban el nuevo lenguaje, ya no solo castellanizado, sino con las aportaciones que los originarios de este país daban al mundo de las letras en América Latina. Un país y muchos otros nacían bajo un nuevo lenguaje, que ha formado la riqueza de la lengua española enriquecida por formas lingüísticas tan diferentes, que el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, en Madrid, ha tenido que aceptar multitud de palabras venidas de nuestro continente, y aún quiero creer de países como Filipinas, que han fortalecido de tal manera nuestro idioma, haciendo de ello quizá el desarrollo lingüístico más afortunado en los últimos quinientos años.

A ello se dedican quienes escriben la historia de los pueblos a través de la prensa por todos los medios, impresos y ahora virtuales. Si los poetas son los personajes que llevan a su mayor expresión a través de la lengua y la renovación o refundación de la lengua de origen para darle nuevos pasos en aquello que han encontrado, los periodistas con esa rapidez por trasmitir hechos, ideas, complejidades en todas las áreas de la sociedad, son quienes al revisar en hemerotecas lo sucedido en el pasado, lejano pasado o inmediato, nos comprueban que es una de las profesiones más valiosas que tiene la humanidad, para que a través del lenguaje o la imagen fotográfica, podamos comprender, en el presente, muchas de las cosas que pasan en la actualidad.

En el prólogo que María del Carmen Millán escribe leo: Ángel del Campo, como la mayoría de los escritores mexicanos del siglo XIX y aun del presente, se identifica con un grupo, con una sociedad, o con una publicación. Las sociedades literarias, siguiendo la tradición de la Academia de Letrán y del Liceo Hidalgo, tuvieron la función de impulsar la producción literaria, promoviendo el interés por los estudios de la literatura nacional y de las extranjeras. Por otra parte, las reuniones periódicas, las veladas extraordinarias y los actos públicos estimulaban, por la competencia y la crítica, los dotes de los ingenios nacionales. No debemos ver sólo las gestas de guerra entre liberales y conservadores, entre republicanos y centralistas como únicos hechos que resaltan en el siglo XIX. Atender el desarrollo de las letras es indispensable. Pues a la vez que se forjaba la consolidación de una nación, la batalla por el nuevo lenguaje, el que caracteriza a los mexicanos dentro del idioma español del siglo XXI, permite ver lo que poetas, narradores, y los esbozos de aquellos ensayistas que comenzaban a reflexionar sobre cómo éramos los mexicanos. No había mucho tiempo para eso, no teníamos la tradición europea que fundó el ensayo como una de las expresiones literarias más importantes en el revisar lo humano en su pasado y presente, en las proyecciones hacia el futuro. Pero en el campo de la lengua en el siglo XIX la presencia de la poesía y la narrativa, y de los que con pasión fueron periodistas que fundaron los primeros papeles impresos que hablaban desde las entrañas del nuevo país que buscaba su independencia del pasado, con la ilusión de hacer una nueva patria.

La responsable del libro que cito dice: La publicación de una revista, producto del esfuerzo colectivo, daban oportunidad a los aspirantes a escritores, generalmente de escasos recursos, para ver impresos y circulando sus intentos en prosa o en verso. Fue así como, inspirados en lo que significó el Liceo Hidalgo, Luis González Obregón, Rafael Mangino, José Cárdenas y Ángel del Campo, fundaron el Liceo Mexicano el 5 de febrero de 1885. Esta institución celebraba sus sesiones en la Casa de González Obregón, en la Biblioteca nacional o en la Sociedad de Geografía y Estadística. El órgano que dio a conocer los trabajos de Liceo fue una revista quincenal, llamada también El Liceo Mexicano (1885-1892). Los directores fueron Adolfo Verdusco y Rocha y Luis González Obregón. Entre los redactores figuraban Rafael Alba, José Aspe, Heriberto Barrón, Ángel del Campo, José Cárdenas, Ramón Castañeda, Ezequiel A. Chávez, Toribio Esquivel Obregón, Francisco A. Icaza, Alberto Michel, Antonio de la Peña y Reyes e Ismael Torrescano.

Cito los nombres en estos 7 años de producción impresa de dicha publicación, pues comprueba que en el mundo de las letras, a pesar del centralismo que, por ejemplo, en la dictadura santanista llevaba sólo a reconocer lo que surgía de las altas esferas de la política, expresada en ese centralismo que dio abismo a nuestra nación, al llevarle a perder más de la mitad de nuestro territorio. En el mundo del liberalismo en particular las propuestas de crear instituciones era una tarea cotidiana; enfrentando dificultades en las que nuestros literatos, y en particular los periodistas publicando nuevas voces, enriquecían el nacimiento de un nuevo país ante el mundo, que para nosotros sólo podía, en el caso de las cúpulas centralistas que mandaban podía ser expresada en la voz de Francia o Inglaterra. Ya la huella española estaba en los 300 años que nos dominaban regadas por todo el territorio nacional.

El periodismo es el espacio donde mejor se puede apreciar la presencia de la lengua que se hace a diario. No es tarea menor en la cotidiana labor de crear a diario un idioma que se renueve. Decía Octavio Paz que hacer poesía es un asunto de profundidad en el idioma y en la cultura del que escribe, pero que el periodismo era el uso del lenguaje como inmediatez de la comunicación. Más o menos tratando de entender lo que nos dice: si pienso en formar un verso tengo que utilizar todos mis conocimientos para poder escribir las justas palabras que puedo decir en un solo renglón. En el caso del periodista, la urgencia de comunicar lo que ve, escucha o siente, lo expresa sin tanta preocupación por la justeza de sus letras, ni por darle el arte necesario, que en toda poesía es obligación, por lo que enfrentamos la idea de que en poesía se escribe para la eternidad, y en el periodismo para el presente que urge poner en letras como crónica de la cotidianidad. La belleza de la lengua que se escribe sea el género que sea, nos da la lección de lo perenne, el lenguaje de la prensa al paso del tiempo se convierte en historia vivida reseñada desde el pasado para quienes investigamos en una hemeroteca los periódicos o revistas que son lección que ya no muere a pesar del tiempo.

Ideas que vienen de atender la vida y las publicaciones de nuestros periodistas en todos los tiempos. Cuenta nuestra prologuista: Ignacio Manuel Altamirano fue el protector, el maestro y el consejero de la sociedad y, unas semanas después de la muerte del Maestro y en homenaje a su memoria, el 5 de marzo de 1893, El Liceo Mexicano se transformó en Liceo Altamirano, después de una larga y muy provechosa vida. Si siete años de trabajos fundando la República de las Letras son muchos años. Pues da la idea de que para formar una revista haya que rebasar el número de siete publicaciones por lo menos, para considerar que no ha sido revista nonata, cosa que sucede a granel en la historia de las publicaciones que han hecho historia. Pensemos en Madrid, donde el poeta Pablo Neruda funda la revista llamada Caballo verde la de Poesía, sólo cuatro números, y son recordados por la figura tan importante que es en las letras Hispanoamericanas del siglo XX el poeta chileno. El nacer de una revista un periódico es de tal importancia en el terreno de la cultura, que saber quiénes son sus iniciadores o promotores nos permite comprender si fue un mexicano o mexicana bien nacidos o lo contrario.