Otra mirada desde el Homo Ludens

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Ahora bien, si se partiera de una mirada estructural, se llegaría a la conclusión de que el cambio de éstas depende del accionar de grandes colectivos, adultos por demás, y que la infancia es un actor pasivo. Pero al observar con detenimiento la vida cotidiana, se encuentra que la infancia está inmersa en ella, por tanto sumergida en la sociedad y sus estructuras, obligada a permanecer en las fronteras de la familia, la escuela o la comunidad, por lo menos en la mirada occidental sobre las instituciones sociales. A manera de ejemplo, podríamos decir que en la ciudad se busca proteger la infancia de los peligros de la contemporaneidad en el espacio físico y en el ciberespacio. Esta es una infancia que maneja los artefactos de la cultura de manera más eficiente que los adultos y que ya no depende de ellos. Así es que existe una infancia autónoma e independiente. Esta es, los niños de la calle, los abandonados y los que trabajan desde muy temprano.

Por otra parte, la infancia es pensada como un sujeto que recibe el impacto de los cambios sociales. Las visiones estructuralistas de la sociedad aportan datos, evidencias, análisis y teorías, que dan cuenta de las formas como procesos de sedimentación en la larga duración producen cambios sociales. Se busca poner las grandes estructuras al servicio de la vida cotidiana, pues la pregunta en el orden teórico es cómo negar la historicidad de los sujetos desde las propias ciencias sociales, cuando son precisamente ellas las encargadas de reconocerla. Trabajar con y para los agentes que intervienen la infancia desde distintas perspectivas implica hacerse esas preguntas que la teoría sociológica no ha respondido aún con los intentos de constituir un campo en el marco de las sociologías especiales, como lo ha señalado Gaitán (2006).

La constitución de los individuos como sujetos políticos ha sido tardía para la humanidad, pues han sido muy pocos en la historia los que siendo niños han logrado ser sujetos políticos, constituidos por un afuera, que es la propia institución social si pensamos en pequeños reyes y emperadores: en niños con poder, los príncipes, futuros reyes, que el cine y la literatura han descrito de manera magistral. La constitución como sujetos políticos, que es la condición deseable, ha sido de cierto modo una traba analítica, pues sólo hasta el momento en que algún tercero dice de otro que acaba de nacer para la historia, vista ella como la gran estructura del reconocimiento del otro, se le otorga ese estatus que le permite ser visto y estudiado.

Sin embargo, la vida cotidiana puede ser vista como el territorio propio del ejercicio del poder. Vida cotidiana sin más, se puede postular como posibilidad de pensar el ámbito del cambio social, entendido como un proceso inscrito en la larga duración, donde no nada más participan los grandes sujetos colectivos, sino todos los sujetos. La infancia es uno de ellos, pues las prácticas infantiles son reguladas en general por el mundo adulto, pero hay una de ellas, el juego, que cuando se hace sin la tutela de los adultos, es una práctica desregulada, como ya habíamos señalado. El juego como actividad improductiva tal como lo estudió Duvignaud (1982), que no está asociado a la lógica económica de Occidente. Ese juego que ha servido a las teorías del desarrollo infantil para postularse hoy como un derecho. La ausencia del adulto no significa ausencia de la sociedad, por el contrario, la sociedad está presente en las estructuras que atraviesan el juego, bajo formas jerarquizadas de organización social, formas que se disponen de manera espontánea en función del juego o de los micropoderes que lo constituyen. Es allí en el territorio de la libertad donde la infancia hace su aporte al cambio social; esto es, en el acto mismo de ser niños para la noción moderna de infancia.

Hay varias instituciones sociales que coaccionan la consideración etaria: la familia, la escuela, y la comunidad, entendida como los adultos. Diríase que el acto colectivo de jugar en la infancia está atravesado por las estructuras sociales. Sin embargo, también se dan procesos de emancipación de dichas estructuras cuando el mundo infantil, creado por el juego, en el marco de sociedades tradicionales, como el caso de las campesinas, por ejemplo. Entonces hay un mundo más allá de los adultos, que crea sus propios juegos y sus propios artefactos. La infancia que es rememorada por sí misma en pasado, al ser nombrada por aquellos adultos mayores, se hace presente. Seguramente, la ventaja del adulto en cualquier sociedad es que puede ir y volver, tiene cierta libertad para transitar por las instituciones sociales, en el caso de las sociedades complejas, pero aquellos nominados como infancia, como niño, están aprisionados en el instante de la institución social.

Así es que hay que decir que el cambio social también se da en la vida cotidiana. Es un cambio no visible, que se percibe en la filigrana de la acción de los sujetos individuales y colectivos. A manera de ejemplo, y dado lo que se puede observar en nuestro país y en general en los países latinoamericanos tenemos que un importante sector de la infancia de estas décadas que se concentra en el trabajo: vida infantil delimitada para cumplir con los mandatos del mundo adulto. Sin embargo, esa infancia le sustrajo a las instituciones sociales, principalmente a la familia, un tiempo libre, un tiempo de juego, por demás estas instituciones pasaron por alto este hecho de carácter social. Ahora bien, en el caso de la escuela, el acto de jugar, que en apariencia es un acto libre, está regulado por la institución social. Es un acto permitido en los límites espacio-temporales, por fuera del aula de clase y regulado mediante una política sobre el cuerpo detallada en el género.