Padres rencorosos

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Hay padres de familia que no educan: delegan; no acompañan: exigen; no dialogan: sentencian, y sobre todo, no reflexionan: reaccionan. Son los mismos que, en fiestas, chats de WhatsApp y sobremesas de fin de semana, repiten injurias como si fueran verdades reveladas, sin importar el daño que hacen a los espacios escolares, pero particularmente a sus hijos.

Basta que alguien lance una acusación sin pruebas para que ellos, expertos en indignación instantánea, decidan que la escuela es culpable. Sin derecho a réplica, sin contexto, sin escuchar, porque es más fácil creer un chisme que asumir la responsabilidad de mirar hacia adentro.

Estos padres, los de la postura rencorosa, los de la crítica automática, los de la inconsistencia emocional, viven convencidos de que la institución educativa debe tolerar sus arrebatos, sus contradicciones y sus olvidos. Acusan a los docentes de no cumplir con su trabajo, mientras en casa se están divorciando, hay violencia familiar o, peor aún, existe un desentendimiento absoluto sobre la vida de sus hijos. Pero eso sí: la culpa es de la escuela siempre porque no tiene la empatía de comprender sus necesidades (sic).

Son los mismos que llegan tarde de manera sistemática, pero exigen puntualidad quirúrgica en los procesos escolares; los que deben colegiaturas, pero reclaman servicios premium; los que piden sangre cuando un compañero osa agredir (pausa dramática) a su hijo, aunque ellos mismos no han enseñado límites, empatía ni autocontrol.

Son los que olvidan, o fingen olvidar, que existe un marco legal vigente que impide a las escuelas compartir información de otros alumnos. Pero no entienden razones; si la ley estorba a su enojo, entonces la ley está mal.

Y, por supuesto, jamás hablan de frente, prefieren la cobardía del mensaje anónimo, la comodidad del comentario envenenado, del mensaje pasivo-agresivo, del rumor disfrazado de preocupación o cualquier otro mecanismo cuya intención no es abonar positivamente, sino mostrar su incoherente enojo.

Resultan ejemplo de maldad, pues en la escuela guardan silencio pero en el chat rugen; en la reunión sonríen pero en la fiesta destrozan reputaciones. Es decir, son valientes solo cuando nadie puede responderles.

Alegan que nunca hay soluciones, pero tampoco comentan los temas a tiempo o niegan la participación de sus inmaculados retoños; eso si, cuando la respuesta institucional no es la que ellos esperan, arden en cólera y comienzan las amenazas: los vamos a demandar, tenemos contactos, de mi se van a acordar.

Justo por esto, las instituciones educativas se convierten en presas de caprichos, en receptoras de frustraciones ajenas, en blanco de padres que no buscan soluciones, sino culpables. Padres que confunden autoridad con berrinche, acompañamiento con vigilancia, y formación con servicio al cliente.

La ironía es que, a pesar de ellos, muchas instituciones trabajamos con profesionalismo, paciencia y dignidad, buscando sostener los procesos formativos mientras algunos padres sostienen únicamente su enojo.

En esta titánica tarea, se busca educar con temple mientras otros solo opinan; se pretender construir mientras otros destruyen con palabras.

La escuela no es perfecta; pero tampoco es el basurero emocional de quienes no quieren asumir su responsabilidad. Y quizá ya es hora de decirlo sin rodeos: no hay institución educativa que pueda reparar lo que algunos hogares insisten en romper.

horroreseducativos@hotmail.com