Paradojas evidentes
En toda interacción: social, familiar, informal o laboral, hay personas que llegan a un proyecto convencidas de que están aportando, cuando en realidad nada más están defendiendo sus percepciones como si fueran verdades absolutas. No construyen, reaccionan; no suman, se justifican. Y en ese afán por proteger su propio relato, terminan complicando su vida y entorpeciendo la de quienes están comprometidos con avanzar.
Las paradojas son evidente: mientras más se aferran a su visión parcial, más daño provocan al colectivo que dicen querer fortalecer.
La incapacidad de sumar no siempre proviene de la falta de habilidades; muchas veces nace de la resistencia a reconocer que existen directrices, estructuras y decisiones que sostienen el rumbo de un proyecto. Quien ama lo que hace no necesita que le expliquen por qué seguirlas; lo hace por convicción, por ese sentido de responsabilidad que no se declama, se demuestra. El compromiso auténtico no se negocia con interpretaciones personales disfrazadas de preocupación.
Por supuesto que debe haber controversia; los proyectos que no permiten la fricción se vuelven frágiles, complacientes, incapaces de evolucionar. Pero la controversia madura no destruye: depura. Surge del diálogo frontal, de la capacidad de expresar desacuerdos sin convertirlos en ataques, de la inteligencia emocional que permite disentir sin deshumanizar.
La asertividad es un acto de respeto, no de imposición; hablar de frente es una forma de dignidad que no todos están dispuestos a ejercer, y aun cuando esto sucede, se trata de intercambiar ideas y buscar puntos de coincidencia, no de reiterar que las posturas son únicas y verdades absolutas.
Cuando en el desacuerdo se opta por hablar por la espalda, resulta la salida predilecta de quienes buscan sentirse valientes sin asumir las consecuencias de su voz. Desprestigiar con argumentos banales, exagerar fallas ajenas, inventar narrativas para justificar la visión personal de las cosas, es sólo una postura, pero no del todo racional, y lo único que logra es generar ruido. Y el ruido, cuando se acumula, termina contaminando incluso los espacios más sólidos.
El verdadero desafío está en otro lugar; en la capacidad de mirarnos hacia adentro y revisar nuestros saberes, nuestras habilidades y, sobre todo, nuestros sentires. Preguntarnos con honestidad si estamos sumando o estorbando; si nuestra presencia impulsa o detiene; si nuestras acciones reflejan el compromiso que decimos tener o nada más la necesidad de sentirnos importantes. No todos los espacios son para todos, y reconocerlo no es derrota: es madurez.
A veces, lo más valioso que alguien puede hacer por un proyecto es dar un paso de costado. No desde la resignación, sino desde la claridad. Porque permanecer en un lugar donde no se quiere crecer, donde se cuestiona todo menos a uno mismo, donde se exige porque queremos cambios que no siempre son posibles, termina siendo un acto de desgaste para todos, cuando se toma esa decisión, no cabe más que el reconocimiento por la congruencia y el valor para hacerlo.
Los proyectos florecen cuando quienes los integran entienden que el compromiso no es un discurso, sino una práctica cotidiana. Que la lealtad se demuestra en la coherencia. Que el diálogo es más poderoso que el rumor. Y que la grandeza de un equipo se mide, en buena parte, por la capacidad de cada individuo de hacerse responsable de su propio impacto.
Si gobierno, sociedad, instituciones y personas lo tuviésemos claro, de verdad que estaríamos en un México diferente.
