Perdí el autobús y la llamada de Han

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No es que me duela perder, pero cuando tienes derecho a una llamada por semana, el tiempo comienza a ponerse denso y a tensarte.

No quiero pensar de más, pero desde que los padres de Han eligieron la fecha de la boda se me vino a desordenar la vida. 

Primero todo un régimen de dieta y ejercicio porque el traje nupcial era estrecho, demasiado angosto para mi masa corporal, cuando mi suegra se dio por vencida decidió adaptar la prenda a mi cuerpo. 

A mí me seducía la idea casarme de rojo, porque cuando veía a Han se me iluminaba la mirada, la vida y la sangre se me tornaba tierna y todo, todo a mi rededor parecía flotar y florecer. 

Sin embargo, desde su partida, todo se había vuelto más complicado, turbio y soberbio. 

Para acabar sólo le permitían llamar una vez por semana los días jueves, la llamada me caía cuando esperaba el autobús para ir al trabajo o en la cafetería pero ese jueves en particular la cafetería estaba cerrada y el contenido del bolso se me había revuelto; –estoy segura que satanás metió la cola–, porque  mientras buscaba  dinero para pagar el autobús sonó el teléfono y el semáforo cambio a luz verde.

Entonces perdí el autobús, la llamada de Han y me vino, como siempre, el recuerdo del día más negro en mi vida: la boda. 

Caí abatida y los recuerdos comenzaron a taladrar en mi mente.

Un día antes de que nos dijéramos nuestros votos Han fue requerido por el ejército, cuando me dijo no me caí de la cama, ni rompí nada; solo en mi cabeza se formó un caleidoscopio y se hizo un silencio abismal en la recámara porque me estaban acomodando el pelo.

No supe bien qué sucedió o cómo paso; de pronto, había que avisar a los invitados, ocuparse de cancelar el servicio civil, la iglesia, empaquetar el vestido.  – ¡Sí, empaquetar el vestido! Había llegado un mes antes para ajustarlo a mi cuerpo y que nos realizaran el estudio fotográfico. ¿Cómo no me iba a casar de rojo si era tradición familiar utilizar el Qi Pao bordado con hilo de oro?

No tenía elección, el traje tenía que salir en el primer embarque de regreso a su lugar de origen, porque yo no era esposa de Han ni era parte de la familia y mi dote no cubría ni la cuarta parte del atuendo.  Pero algo sucedió porque se quedó guardado en mi closet. 

Por su parte, Han, estuvo  ocupado en conseguir los boletos para abordar el avión, en  el  equipaje; agotó todos los recursos para conseguir un día más de permiso para que yo me convirtiera en la señora de Han, pero era una misión ultra secreta y  especial y le  fue negado. 

Obvio que no podía seguirlo, no tenía pasaporte ni visa ni ganas de ir a la nada a perder la vida; porque una cosa es ver las noticias desde el otro lado del mundo a vivirlas en el lugar de batalla. –No importa el bando, siempre en esos lugares el cielo  se ilumina de noche por los bombardeos y a la mañana se apilan los cuerpos para ser enterrados o incinerados en las fosas comunes. Además tengo dos pies izquierdos y cero condición física para, día tras día, correr y salvarme la vida. 

Por si fuera poco, tampoco era mi intención convertirme en una carga para Han;       –¿Qué iba a ser conmigo en un lugar lleno de arena e inhóspito?–. 

Todos los escenarios habidos y por haber se presentaron en mi imaginación; tenía la sensación de caer en un espiral infinito. 

Desde entonces se me apagó la mirada, se me nubló el alma y me sobresaltaba cuando sonaba el teléfono a deshora.

Claro que lloré en el aeropuerto y las palabras se me atascaron en la garganta; me aferré a Han, pero era más importante el ejército.

Ese jueves me estalló todo; la casa, las fotografías, al otro día a primera hora embarque el Qi Pao hecho tiritas.