Performance: El cuerpo y su sospecha
Nunca he sido partidaria de los performances políticos, siempre me parecieron más espectáculo que otra cosa. Una forma de mostrar el compromiso en lugar de vivirlo.
Algo en ellos me parecía demasiado visible, demasiado vistoso de sí mismo. Quizás porque, en tiempos donde todo se muestra, también la protesta corre el riesgo de convertirse en una foto más, una vestimenta más, un fragmento de entusiasmo que no deja huella.
Pero, ¿Cómo vivirlo?
Por eso me mantenía alejada. Prefería escribir, pensar, sentir, aquí dentro de mí cuarto, en ponencias, escribiéndolo, leyéndolo. Pero hace unos días, mientras trabajaba en un texto sobre Palestina, apareció la convocatoria del colectivo Alfombra Roja, era una acción performativa durante el Hay Festival en Arequipa, en solidaridad con el pueblo palestino. Dudé, no por indiferencia, sino por pudor. Por no creer del todo en esas formas, pero también porque a veces escribir ya no basta, y la impotencia necesita otra gramática. Así que fui…
Decidí así, adentrarme con el cuerpo a la vivencia carnuda de lo performativo. Nos vestimos de rojo, caminamos en silencio, el sonido del bombo latía como un corazón y después, una tela roja sobre la vereda y los cuerpos tendidos sobre ella. Cuerpos mudos, con carteles sobre Palestina, veinte minutos en silencio. El silencio no era poético, era incómodo, caminar en fila me hacía sentir como parte de un rebaño absurdo. Mi mente crítica no se apagaba: ¿Qué dirán los que pasan? ¿Pensarán que somos unos ridículos.
No me llenó, pero no me dejó vacía, no sentí la euforia del activismo ni la plenitud de un acto transformador. Pero tampoco la indiferencia, sentí algo intermedio, una presencia sin palabras, una extraña serenidad que no sabía si venía del dolor o del reconocimiento de estar, por fin, sintiendo con otros.
Performance y lo performativo, una genealogía política
Para entender qué me ocurrió aquel día, tuve que pensar el performance más allá del acto mismo. Su historia es, en el fondo, una historia de cuerpos que se rebelan contra el lenguaje dominante.
Así, ya considerada una genealogista de alma, permítanme partir de una mirada genealógica, que permita esclarecer y distinguir estos conceptos que en el aire de piensa que es lo mismo.
Porque además, pensar su genealogía fue mi manera de no dejarme arrastrar por el gesto; de sostenerlo, pensarlo, devolverle densidad.
El término performance, proveniente del inglés to perform (ejecutar, cumplir, realizar), designa originariamente la acción misma de hacer algo ante otros. En el arte, comenzó a usarse a mediados del siglo XX, con las vanguardias que rompieron con la obra como objeto –pensemos en el dadaísmo, el accionismo vienés, Fluxus, el arte conceptual– para volver al cuerpo como medio.
Pero lo performativo tiene otra raíz, nace de la filosofía del lenguaje, cuando J. L. Austin, en How to Do Things with Words (1962), descubrió que decir puede ser hacer. No se trata nada más de representar una acción, sino de que el lenguaje mismo actúe, un ejemplo sería cuando alguien dice te prometo, el acto no describe una promesa, la produce.
Eso nutre lo que los historiadores y teóricos culturales han llamado la performative turn, un cambio metodológico que decidió leer la política, la identidad y las prácticas sociales como actos y representaciones performativas más que meros contenidos. Peter Burke y la historiografía reciente muestran cómo esa mirada disuelve la frontera entre teatro y vida política y enriquece el análisis de los rituales, festivales y espacios públicos.
Pero el paso más decisivo para la extensión filosófica del concepto vino de Judith Butler, cuando afirma que el género es performativo, pero esto no quiere decir que sea un acto voluntario, sino que la identidad (por ejemplo, el género) se constituye a través de reiteraciones de actos que la hacen real. La performatividad, en este sentido, es un mecanismo constitutivo, lo repetido produce el cuerpo que creemos natural. Esto abre la puerta a pensar la acción política no sólo como representación, sino como producción de sujetos y realidades políticas.
En política, ambos convergen: la vida pública se sostiene sobre actos performativos, cómo discursos, rituales, símbolos, pero a veces necesita del performance artístico para hacerlos visibles, para romper la inercia de lo que se da por natural. ¿O no?
El performance político, el delicado filo entre el gesto auténtico y la farsa
Mi desconfianza, lo admito, no era un prejuicio infundado. Nacía de una intuición profunda, en la era del espectáculo total, todo acto público corre el riesgo de ser devorado por la lógica de la visibilidad vacía. El performance político habita en este peligroso umbral, por un lado, puede ser el gesto que rasga el velo de lo cotidiano, la encarnación de una verdad incómoda; por otro, puede degradarse en un mero happening, un ritual de autocomplacencia donde el activista, más que dirigirse al mundo, se mira a sí mismo en el espejo de una supuesta rebeldía. Cuando la acción se vacía de contexto o de historia, cuando se convierte en pura forma, el cuerpo ya no comunica dolor ni denuncia, solo se exhibe.
Esta tensión no es nueva. Los teóricos Yeandle y Newey, al analizar el siglo XIX británico, muestran cómo la política ya era entonces una puesta en escena, los mítines eran teatros, los oradores aprendían gestos de manuales de actuación, la ciudadanía se performaba. Charles Tilly lo llamaba contentious performances: el repertorio de la protesta que aprende del drama para ser eficaz. Pero he aquí la cuestión que me obsesiona: ¿cuándo esa teatralidad es un lenguaje potente y cuándo es sólo un eco hueco?
Y sin embargo, hay momentos en los que el performance logra recuperar su potencia originaria y hacer visible lo invisible, reencarnar lo silenciado.
La filosofía butleriana de la performatividad nos da una pista crucial, porque no dice que la identidad y lo social se construyen mediante repeticiones. Lo político, entonces, no es nada más lo que se dice, sino el acto mismo de decirlo, de mostrarlo, de encarnarlo.
El performance artístico, cuando es genuino, no representa un dolor ajeno, sino que interrumpe la repetición de los guiones hegemónicos. Es un cuerpo que se sale del libreto. Pienso en Lemebel, mi faro en esta niebla, él no interpretaba la disidencia; su cuerpo, su voz, su existencia entera eran una fisura en la norma heterosexual y de clase. Su performance no era un acto, era su modo de ser-en-el-mundo. Su performance no era sobre actuar, sino sobre ser de una manera tan radical que desestabilizaba toda la puesta en escena de la normalidad.
Y he ahí el abismo, cuando el performance no nace de esa necesidad ontológica, cuando es un gesto adoptado y no vivido, se convierte en la parodia de sí mismo. Se vuelve pura forma, un cascarón vacío que refuerza, inconscientemente, el mismo orden que pretende subvertir.
Es el riesgo del que advierte Rohan McWilliam, usar el término melodramático para todo, banalizando su potencia crítica. Es el gesto que se consume en Instagram y muere en los likes, sin alterar ni un ápice la realidad que denuncia.
Alfombra Roja, la experiencia del umbral
Fue en este preciso filo donde me situé con el colectivo Alfombra Roja. No fue una conversión, sino un experimento existencial. ¿Podría un cuerpo escéptico como el mío habitar un ritual performativo sin caer en la farsa?
Al tenderme en la tela roja en la vereda, con el cartel sobre mi pecho, no sentí la grandilocuencia del héroe ni la efusión del mártir. Sentí algo más modesto y, quizás por eso, más verdadero, la vulnerabilidad expuesta.
No era yo actuando la solidaridad. Era mi cuerpo volviéndose pregunta. Era la materialización de una cifra de muerte en un espacio (el Hay Festival) donde la tragedia palestina corría el riesgo de ser otro tema de conversación intelectual. La performance no era un espectáculo para ser consumido, era un incómodo recordatorio táctil.
No me llenó, porque el dolor de un pueblo no se sana con un gesto; pero no me dejó vacía. Porque en ese acto comprendí la diferencia crucial entre el performance como espectáculo y la performances como presencia.
No se trataba de hacer algo, sino de estar de cierta manera. De encarnar, aunque fuera por veinte minutos, una pregunta sin respuesta. De ser, literalmente, un cuerpo que interrumpe el tráfico indiferente de la ciudad y la normalidad de un festival cultural. Fue un acto de testimonio corporeizado, no de salvación.
Coda: Por una crítica amorosa del gesto
No salgo de esta experiencia como una ferviente evangelista del performance. Mi escepticismo sigue intacto, quizás ahora mejor armado. Admiro más que nunca a quienes, convierten su vida en un acto performativo continuo, donde no hay diferencia entre el arte y la existencia.
Sigo sin confiar del todo en el performance, no me interesa la estética de la provocación ni la dramaturgia del sufrimiento. No creo que el cuerpo sea, por sí solo, una garantía de verdad. Pero tal vez el cuerpo, cuando se vuelve pregunta, sí puede alojarla.
Pensar es exponerse al límite de lo que puede decirse; actuar es exponerse al límite de lo que puede hacerse y en ese cruce se encuentra el performance, y por eso incomoda, porque lleva la vulnerabilidad del pensamiento a la carne.
El riesgo es que el gesto se vuelva fetiche, una especie de verdad instantánea que sustituye la complejidad por la imagen. Pero cuando no lo hace, cuando el cuerpo se deja atravesar por lo real sin pretender dominarlo, algo ocurre, se abre un silencio. Y ese silencio no es vacío, es pensamiento encarnado.
Quizás lo que el performance recuerda –cuando es genuino– es que el pensamiento también tiene cuerpo, que pensar no es solo formular, sino sostener. Y sostener implica cargar, exponerse, temblar.
El valor del performance político no se mide por su eficacia inmediata –que suele ser nula– ni por la catarsis que produce en sus participantes –que suele ser efímera–. Su valor es simbólico y filosófico, es un recordatorio brutal de que la política, antes de ser discurso, es cuerpo. De que el poder no se ejerce sobre los cuerpos, sino que se resiste con ellos.
Habita en él una potencia minoritaria, un lenguaje para lo que no tiene palabras. Un lenguaje que, en su mejor expresión, no busca ser visto, sino ser sentido. .

