Personalidad competitiva

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Somos seres sociales. En gran medida nuestra personalidad se construye a partir de esa interacción social. En relación a ella definimos valores, creencias…, y también aspiraciones. La competitividad es social, competimos frente a otra persona o personas.

Podríamos decir sin riesgo a equivocarnos que vivimos en una sociedad exigente, donde se fomenta la competitividad y el hecho de ser mejor que los demás. Esto puede influirnos de manera positiva, nos ayuda a mejorar, nos incentiva y nos sirve de motor, nos da energía para ofrecer nuestra mejor versión. Pero también puede tener consecuencias negativas, y puede causarnos malestar, tristeza, frustración, miedo, sensación de fracaso o ineficacia, y afectar de manera importante a nuestra propia valoración personal y a nuestra autoestima.

Limitando y condicionando alcanzar las propias metas, mientras vemos que el resto de las personas sí lo hacen.

Aspectos disfuncionales de la personalidad competitiva.

  1. Darle un valor decisivo al resultado de la comparación: La personalidad competitiva necesita, al menos, de otra persona con que establecer esa competitividad. La principal característica de la competitividad está relacionada con el hecho de compararnos con los demás. El problema surge en la importancia que le damos al resultado de esa comparación. Si creemos que, para ser felices, debemos ser mejores que los demás, que debemos tener más y mejores cosas –y utilizo con mucha intención la palabra debemos.
  2. Verlo todo en términos dicotómicos: éxito–fracaso, bueno–malo, ganador– perdedor: Nos movemos en términos extremos, polarizados e inflexibles (sin que existan los términos medios): ganar o perder, tener éxito o fracasar, ser bueno en algo o ser malo, destacar o ser mediocre, ser valiente o ser cobarde, ser fuerte o débil… El problema de esto es que viendo el mundo así, realizamos un juicio injusto sobre nosotros o nosotras, ya que si no somos buenos o buenas en algo, no significa automáticamente que somos malos o malas.
  3. Valorar únicamente el resultado: En muchos ámbitos, solo damos valor al resultado, y no al esfuerzo y empeño invertido en lograr un objetivo concreto. Además ese resultado se suele valorar, como decíamos antes, en términos de todo o nada. En el mundo del deporte se ve claramente esta tendencia. Se suelen poner todos los focos en el ganador, el que queda primero, y tendemos a olvidarnos del segundo, el perdedor.

Es increíble hasta qué punto estas ideas sobre la competitividad forman parte de nuestra cotidianidad. Nuestro lenguaje cotidiano se expresa en estos términos: He ido al mejor restaurante de la ciudad, mis hijos van al mejor colegio del barrio, voy al mejor médico en esta disciplina… y tras esas expresiones suele ocultarse la creencia de que si accedo a lo mejor, soy mejor. Muchas marcas se basa en esa aspiración para que adquiramos productos a precios muy superiores a los que representan sus prestaciones, sólo por exhibir que tenemos el mejor smartphone, de la marca x.

Tenemos muy interiorizadas estas creencias, nos salen de manera automática y no somos conscientes de la repercusión que tienen en nosotros y en los demás. Todos, yo mismo, nos descubrimos diciéndole a nuestros hijos: eres la mejor hija del mundo, tienes la cara más bonita o mensajes de ese tipo. No quiero decir que estas muestras de afecto sean malas, por supuesto que no, pero podríamos modularlas para no potenciar una personalidad competitiva. Sencillamente es sustituirlas por expresiones como eres una hija estupenda, eres generosa, eres inteligente. De este modo ella entenderá que tiene valor por sí misma, por ser quien es, sin necesidad de compararla con los demás.

La respuesta corta es: No. Ser competitivo no es malo, de hecho, tiene beneficios, nos motiva a ser mejores, nos incentiva a conseguir objetivos ambiciosos, nos hace exigirnos más y además puede hacer que nuestro rendimiento mejore.

Lo que es malo valorar nuestro esfuerzo exclusivamente en función del resultado obtenido en comparación con otra persona que ha competido con nosotros. Y digo con nosotros y no contra nosotros.

Competir puede ser un incentivo, pero debemos valorar nuestro esfuerzo, las dificultades que hemos superado y que nos han llevado a ese momento, y dar lo mejor de nosotros o nosotras. A partir de ahí valorar el resultado y aprender de él para mejorar: Aspirar a ser mejores de lo que hemos sido, pero no mejores que los demás.