Perú, cárcel de presidentes

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Lo de siempre. Cuando estoy en México, extraño al Perú. Y cuando estoy en el Perú, hecho mucho de menos a México. Y mucho tiene que ver ese odio-amor que despiertan las pasiones, inexorablemente, como esta tierra inca que perdió todo lo imperial que alguna vez, acaso tuvo.

País sobre diagnosticado, mi patria vive en una permanente actualidad. Como si los tiempos, pasado, presente y futuro se hubieran licuado. De ahí que los corresponsales extranjeros no parpadean cuando llegan por aquí, y no salen de su asombro por las cantidades de absurdos que pululan en cada rincón por remoto que este sea.

En el último gobierno, que dura cinco años  y que ya está acabando, hemos tenido cinco presidentes. Inédito. El primero. Elegido en segunda vuelta, ganando por una nariz. A los dos años renunció al verse acorralado por la clase política, debido a delitos de corrupción. El vicepresidente asumió el encargo, y nos llevó al pozo económico. Cerró el Congreso y convocó a nuevas elecciones congresales, mientras una paralela segunda vicepresidenta juraba como quien hace un berrinche, que duró un día. Luego este presidente, hizo que el país liderara, debido a la pandemia,  la peor gestión en el mundo, incluyendo la brutal cantidad de muertos en proporción estadística por millón comparado a otros países, sin contar que fue el primero en vacunarse clandestinamente con sus amigos íntimos, a cambio de una turbia vacuna china, que nunca llegó. El congreso lo vacó, y entró el presidente del congreso. Las calles lo echaron en cinco días, hasta que el gobierno eligió al quinto y actual presidente.

No hay presidente peruano que no haya pasado o esté en la cárcel, y el que se liberó de ella se suicidó, en el preciso instante que un fiscal y su cuerpo policial, le tocaba la puerta de su domicilio.

Ahora, el 11 de abril iremos nuevamente a votar por un nuevo presidente y congreso, en el Bicentenario de un país, que estaba acariciando el auge, el camino preciso al desarrollo, encaminados con firmeza a un bienestar que por fin se instalaba en lo macro económico y en lo micro. Se respiraba esperanza real. Y la pandemia fue aprovechada por la corrupción para robar, traficar con favores, desnudando a todas las instituciones. No quedando ni una sola (incluyendo la iglesia) en entrar en esta fiesta de amenazas y mafias económicas, donde la seguridad ciudadana desapareció.

Más miedo le tenemos a la policía en el Perú que a los delincuentes que caminan las calles, y donde las motocicletas son, lo más probable, un asaltante ávido de cualquier cosa para vender.

Es triste ahogarse en la orilla. Es digno morir en una tormenta, pero no de esta manera.