Perú, el suicidio de un país

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Falta muy poco para que el Perú escoja, en elecciones democráticas en segunda vuelta, a un nuevo presidente justo en el Bicentenario de nuestra Independencia. Los candidatos: José Pedro Castillo Terrones, de ultra izquierda, con intenciones claras, porque lo ha dicho con énfasis, que estatizará hasta el aire, y a una mediocre mujer (hija del ex dictador Fujimori) Keiko Sofía Fujimori Higuchi, de derecha extrema disfrazada de centro, sobreentrenada en media training, que la ha convertido en una estatua sonriente y con la voz pausada e impostada.

Castillo fue una sorpresa. Una semana antes no aparecía en las encuestas. Un profesor de primaria, campesino sindicalista, con cercanía ideológica con el terrorista Abimael Guzmán que cumple cadena perpetua.

Castillo recorrió el otro Perú, el que no tiene internet, ni radio ni televisión. Y lo hizo a caballo. Los sondeos lo ponen como favorito, en medio de una miseria conservada por la corrupción, de esa que a pesar de sobrar el dinero, permite que en un departamento de esta caricatura de país, que ya perdió su dignidad, el 40% de sus niños mueran todos los años de desnutrición.

Solo un milagro evitaría que salga Castillo. Está de moda, y probablemente llegue a la capital, Lima, a caballo, con su slogan de  pobres contra ricos, con su sonrisa seria y su carisma provinciano con olor a patriota. Keiko es edulcorada. Estuvo en la cárcel, y estudio en Boston, pero al oírla hablar salta lo básico que es.

La polarización del país es absoluta. Muchas familias temen que llegue a éste, una Venezuela, una Bolivia, y la gente canta que la tortilla se vuelva. No pocos fugarán a otros países, y ya están enviando sus ahorros al extranjero.

Castillo encarna aquella justicia de ya varios siglos nos da la espalda. El país estaba muy bien, encaminado, estable, componiéndose, con una esperanza realista. Ahora, la gran mayoría no quiere votar por ninguno de los dos. Y Mario Vargas Llosa ha pedido votar por Keiko. Entre el cáncer o el sida. Extremos arcaicos, decimonónicos, y con todos, todos los ex presidentes encarcelados o con juicios al pie del calabozo.

Los opinólogos sin embargo, hablan de una final de fotografía, o por una nariz.

Somos el país reconocido por haber tenido el peor manejo con la pandemia.

Y aquí, como siempre ocurre lo inesperado, cuando no ocurre lo inesperado, eso, también es inesperado.

Amo la revolución. Deseo el cambio. Estoy harto de esa pobreza perpetrada por una derecha cavernícola y huachafa (naca)

Odio la desigualdad de oportunidades y que no se tenga en cuenta la meritocracia. Provoca tomar el fusil. Provoca darle a tu hermano hambriento un pan. Provoca tomar de la mano a un niño perdido y darle la educación que merece, para que conozca la libertad.

Y como era de esperar, todavía la gente grita gol, se enamora y se emborracha, gozan del Instagram, y las chicas ya no saben qué hacer para estar un milímetro por delante de la moda, como una manera de estar uniformadas.

Y como estamos en el país del nunca jamás, a lo mejor el comunismo funciona aquí. Sería una maravilla, para ya no cantar más, qué culpa tiene el tomate, si está prendido en la mata, si viene un hijo de puta y lo mete en una lata para mandarlo a Caracas. Perdón.