Preocupaciones estériles

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El concepto vivir bien se ha modificado en los últimos años, palabras como estrés, ansiedad, amígdala cerebral o cortisol se han convertido en conceptos que parecen definir el estado de ánimo y actitud de muchos seres humanos ante los retos cotidianos.

Lo que llama la atención, es que la historia nos ha dado explicaciones y alternativas para vivir de mejor manera, pero simplemente no hemos tomado en serio sus enseñanzas, pareciera que preferimos boicotearnos permanentemente antes de mirar las cosas con otros ojos.

Por ejemplo, cuando alguien se preocupa por algo que todavía no ha sucedido, el cerebro no distingue entre una amenaza real y una imaginaria, y esa amígdala cerebral se activará como si algún animal salvaje estuviese a punto de atacarnos; el cuerpo libera cortisol, los músculos se tensan, el corazón se acelera y la mente queda atrapada en un futuro que ni siquiera existe todavía.

Un peligro real dura segundos, la preocupación por el mañana puede tomar años, y ese estado de alerta permanente desgasta el sistema inmunológico, el sueño y la memoria; los estoicos en el siglo III antes de cristo ya lo habían intuido, obviamente siglos antes de cualquier resonancia magnética, y Séneca ya había escrito que los seres humanos sufrimos más en la imaginación que en la realidad, que hay más cosas que nos asustan que cosas que realmente nos dañan.

Esto implica que la mente humana se adelante al sufrimiento y prefiere sentirlo antes de que verdaderamente llegue.

Durante la segunda guerra mundial, soldados y ciudadanos aprendieron a vivir en refugios, espacios cerrados, diminutos, en donde obligadamente cerraron la puerta al pasado y al futuro para concentrarse totalmente en ese presente real, quienes lograban hacerlo, tenían mucha más calma que aquellos que vivían anticipando cada catástrofe.

Hoy, las terapias cognitivo-conductuales utilizan una técnica llamada tiempo de preocupación programada, consistente en asignarle a la ansiedad un horario fijo, de entre 10 y 20 minutos al día, y posponer conscientemente cualquier preocupación que aparezca fuera de ese horario.

Quienes la practican, reducen (con base en estudios) sustancialmente sus niveles de cortisol y duermen mejor; y no, no se trata de dejar de planificar el futuro, se trata de no cargar hoy con el peso emocional de un mañana que todavía no llega, no es lo mismo preparar el terreno que vivir en un terremoto que no sabemos si vendrá.

Hoy hay dispositivos que miden nuestro nivel de estrés, nos cuidan los latidos del corazón, nos dicen cómo hay que movernos, sin embargo, pareciera que lejos de ayudar a la construcción de una mejor versión de nosotros mismos, nos ahogan en más preocupaciones.

¿Qué sentido tiene vivir en preocupaciones estériles?, ¿no es mejor ocuparse por lo que tenemos la certeza de que es real?

Dejemos de cargar con esas batallas y demos poder a un mensaje que ha sido comunicado, propagado y comentado con el devenir del tiempo; lamentablemente, como suele ser, los seres humanos preferimos victimizarnos porque asumimos que es una postura más taquillera.

El único día que se puede vivir es hoy; tal como lo mencionó un hombre hace veinte siglos en un sermón, en una montaña, ante miles de seguidores: no se afanen por el mañana, basta a cada día su propio mal. 

horroreseducativos@hotmail.com