+Prohibir el uso de redes sociales de internet a los adolescentes, una medida extrema y casi imposible de adaptar a la realidad mexicana; El Día del Payaso en México, el difícil oficio de hacer reír a los mexicanos en la realidad contemporánea.
La frase:
Un día sin reír es un día perdido.
CHARLES CHAPLIN
AUSTRALIA PONE EL EJEMPLO
Australia, nación ubicada al otro lado del mundo, se convirtió este miércoles 10 de diciembre, en el primer país en el mundo en prohibir oficialmente que los adolescentes, menores de 16 años, accedan a redes sociales, lo que avivó la polémica en torno a la libertad de expresión y acceso a la información, y las medidas preventivas para proteger a los menores de edad de los riesgos que implica el ciber mundo y las prácticas delictivas que se realizan hoy en día a través de estos medios de difusión.
Las empresas de redes sociales deberán tomar medidas razonables en Australia, a partir del 10 de diciembre, para garantizar que los menores de 16 años no puedan crear cuentas en sus plataformas. Además, las ya existentes deberán ser desactivadas o eliminadas.
El gobierno de ese país asegura que la prohibición, una política pionera a nivel mundial y popular entre muchos padres, tiene como objetivo reducir las presiones y los riesgos a los que los niños pueden estar expuestos en las aplicaciones.
Riesgos derivados del diseño que los incita a pasar más tiempo frente a las pantallas, a la vez que les ofrece contenido que puede perjudicar su salud y bienestar.
Un estudio encargado por el gobierno australiano a principios de este año reveló que el 96 por ciento de los niños de entre 10 y 15 años utilizan redes sociales y que 7 de cada 10 habían estado expuestos a contenido y comportamientos dañinos, entre ellos de tipo pornográfico y de violencia explícita.
Estos comportamientos van desde material misógino hasta vídeos de peleas y contenido que promovía trastornos alimentarios y el suicidio.
Uno de cada siete de chicos también informó haber sufrido acoso sexual por parte de adultos o niños mayores, y más de la mitad afirmó haber sido víctima de ciberacoso.
El director del grupo activista australiano 36 Months, Greg Attwells, ha presionado para que se aumente la edad mínima para usar las redes sociales de 13 a 16 años, pero advirtió que estas medidas no se tratan de una prohibición.
Es más bien una medida que permitirá a los jóvenes conocerse a sí mismos antes de que el mundo lo haga. Se trata de retrasar 36 meses el momento en el que se convierten en ciudadanos digitales de un ecosistema de redes sociales», explicó.
A pesar de que Australia está físicamente muy lejos de la realidad mexicana, la medida sienta un precedente que seguramente abrirá el debate sobre este tema, principalmente entre grupos políticos que amenazan con retomarlo como bandera en las próximas elecciones que enfrentará el país en el año 2027.
La primera pregunta en torno al tema es: ¿la prohibición implica una agresión a las libertades de las personas? Sobre todo, de las adolescencias. En principio sí, sin embargo, quienes defienden la medida hablan de alternativas de moderación; es decir, esquemas que involucren a los padres de familia o cuidadores responsables de los adolescentes que asuman el compromiso de verificar qué es lo que las personas en plena maduración están consumiendo a través de las redes sociales.
Obviamente que el primer riesgo para alcanzar ese objetivo está en la ausencia de padres de familia o personas responsables del cuidado de los adolescentes, sobre todo en una sociedad como la mexicana donde la necesidad ha obligado a que cada vez haya más hogares donde los padres no pueden hacerse responsables del cuidado de sus hijos, sobre todo por motivos laborales.
Partidos políticos como Movimiento de Regeneración Nacional, el Partido del Trabajo y Movimiento Ciudadano impulsan actualmente en el Congreso de la Unión reformas a la Ley Federal del Trabajo para lograr una jornada laboral de 40 horas a la semana, presumiblemente para que los adultos dispongan de más tiempo para estar con sus hijos y puedan entre otras cosas, hacerse responsables de lo que los menores de edad consumen a través de la red de redes.
Sin embargo, aunque esa medida podría ayudar a alcanzar ese propósito, la verdad es que sólo contribuiría a alcanzar el éxito en este propósito de manera parcial, pues por más que se logre un día más de descanso obligatorio para las madres y padres que trabajan, difícilmente se podrá proteger el resto del tiempo a los menores de edad, sobre todo adolescentes, del contacto con contenidos negativos que circulan en las redes sociales.
Por otro lado, la obligatoriedad para que exista un responsable de lo que los menores de 16 años consuman por internet temas dañinos para su salud mental estaría también sujeto a las posibilidades económicas de los adultos, pues seguramente el tener un día más de descanso obligatorio para las madres y padres será una buena opción para que éstos se consigan otro empleo en el mercado informal, en plataformas de reparto o conduciendo un vehículo de alquiler, lo que nunca se traducirá en mayor tiempo para que estén al pendiente de sus hijos.
Apostar por la autorregulación es la vía más cómoda, económica y segura que se observa para hacer frente a este nuevo reto de la sociedad contemporánea, pero, a pesar de los buenos deseos, la verdad es que no existe un mecanismo o sistema capaz de controlar lo que los adolescentes pueden ver o no ver a través de las redes sociales. Eso es imposible, a pesar del desarrollo en inteligencia artificial o de nuevas tecnologías.
En síntesis, la medida adoptada por los australianos es aspiracional, pero insuficiente, su instrumentación requeriría de una fuerte carga de responsabilidad tanto de los adolescentes como de los adultos responsables de su protección y cuidado en las redes sociales, así es que pasarán años, tal vez muchos, para aterrizar este avance legal y ponerlo en prácticas en países en desarrollo como el nuestro en donde el consumo de contenidos negativos, a través de redes sociales, no solamente es basto, sino que, por desgracia, va en aumento.
El Día del Payaso en México
El Día del Payaso no es una mera excusa para sacar del cajón la nariz roja y ponerse a hacer figuras con globos en mitad de una plaza. Es, sobre todo, una jornada pensada para recordar que, tras el maquillaje estridente, el vestuario chillón y la risa inmediata se esconde un oficio antiguo, exigente y, en demasiadas ocasiones, profundamente incomprendido.
En México, la fiesta se celebra cada 10 de diciembre. No nació de un arrebato de moda ni de la ocurrencia pasajera de las redes. Desde 2012 la fecha está reconocida oficialmente como homenaje a quienes han dedicado su vida a hacer reír, muchas veces en condiciones adversas, pero con una perseverancia casi épica.
Mientras en el calendario internacional la atención se reparte el 5 de noviembre con el Día Internacional del Payaso, en México el 10 de diciembre se ha convertido en la jornada propia, con aroma a carpa y calle, para celebrar al gremio del humor pintado.
Quien se acerque a esta efeméride descubre que no es una rareza del calendario, sino la puerta visible a una historia que nace en los circos del siglo XIX, bebe del teatro popular, se cuela por la televisión y termina hoy en hospitales, plazas y hasta peregrinaciones religiosas.
El calendario mexicano está lleno de fechas curiosas, y el Día del Payaso se ha ganado con mérito un lugar destacado. La celebración del 10 de diciembre, instaurada oficialmente en 2012, funciona como un recordatorio anual del valor cultural y humano de estos artistas.

La intención que subyace es más seria de lo que aparenta la risa: dignificar un oficio que demasiadas veces ha sido tratado como mero entretenimiento de ocasión. A lo largo del tiempo, el payaso ha heredado la tradición de bufones y cómicos populares, pero también la carga de prejuicios modernos que lo relegan a animador de fiestas infantiles baratas o a figura grotesca sin técnica. Nada más lejos de la realidad: detrás de cada nariz roja hay disciplina, estudio y una capacidad escénica que pocas veces recibe el reconocimiento merecido.
Aunque el Día del Payaso sea reciente, el oficio tiene raíces profundas. Algunos investigadores señalan que hace cuatro milenios ya existían figuras similares a payasos en China, como el bufón Yusze, ligado a la corte del emperador Qin Shi Huang. A alguien había que hacer reír incluso mientras se levantaba la Gran Muralla.
En la Antigüedad y la Edad Media se consolidó el bufón cortesano, ese personaje capaz de disfrazar verdades incómodas bajo un chiste. Era el único que podía decir lo que los demás callaban, una especie de conciencia humorística que sobrevivía gracias a su ingenio.
En el siglo XVIII, con el nacimiento del circo tal y como se conoce hoy, el payaso se independizó del teatro y encontró su espacio en la pista, entre caballos y acróbatas. Su imagen se fijó para siempre: maquillaje exagerado, ropa imposible, torpeza calculada y una inteligencia afilada bajo la apariencia de ingenuidad. Ese modelo cruzó el océano y México lo adoptó con entusiasmo.
La historia circense mexicana cobra forma en el siglo XIX, cuando las primeras compañías de estilo europeo empiezan a instalar sus carpas por todo el país. En 1841 destaca la presencia del Circo Olímpico, dirigido por José Soledad Aycardo, una figura polifacética que lo mismo ejercía de empresario que de ecuestre, acróbata o payaso rimador. Su perfil da una idea de la versatilidad casi obligatoria dentro del oficio.
Aquella primera etapa asentó el modelo del circo ambulante: carpas que llegaban a pueblos y ciudades, desfiles callejeros a modo de reclamo, animales exóticos y, por supuesto, payasos convertidos en los heraldos de la diversión. Crónicas de la época describen cómo la llegada del circo transformaba la rutina local en un acontecimiento que mezclaba asombro, morbo y fascinación infantil.

A finales del XIX y principios del XX, compañías como el circo Atayde consolidaron la popularidad del espectáculo. Fundado en 1888, se volvió una institución itinerante cuyas pistas formaron a generaciones enteras de artistas y modelaron la imagen del payaso que el público mexicano reconoce hasta hoy.
La figura del payaso se integró así en la cultura popular mexicana. Era habitual verlo en ferias, fiestas patronales y celebraciones de barrio. Su presencia se mezcló con tradiciones teatrales y musicales locales, dando lugar a un estilo propio: un payaso ruidoso, emotivo, algo chusco, con un toque de ternura y una improvisación que bordea el caos.
El siglo XX trajo un nuevo escenario que transformó el oficio del payaso: la televisión. La carpa seguía viva, pero el televisor logró abrir una puerta distinta. Uno de los nombres más recordados es el de Ricardo González Gutiérrez, Cepillín”, un payaso que se volvió icono gracias a su programa televisivo en los años setenta. Canciones, historias moralizantes y humor blanco formaron un cóctel familiar que dejó huella en millones de espectadores.
Muchos especialistas lo han calificado como el payaso más influyente del país. Su estética, su voz aguda y su estilo cariñoso siguen grabados en la memoria colectiva.
En otro extremo del repertorio aparece Brozo, el payaso tenebroso, creado por Víctor Trujillo. Lejos del modelo infantil, Brozo nació como un personaje adulto, irónico, mordaz y abiertamente crítico. Su presencia en programas humorísticos y, posteriormente, informativos lo convirtió en una figura clave de la sátira política en México.
Entre Cepillín, Brozo y decenas de artistas menos conocidos, pero igual de tenaces, el payaso mexicano ha transitado entre la carpa, la televisión, la calle, las fiestas y hasta la crítica política. El Día del Payaso, de alguna manera, recoge ese viaje múltiple.
Así es que cuando escuchamos la frase de ¡No seas payaso! Habría que repensar el fondo de la misma, porque ser payaso es todo, menos fácil, es un oficio casi milenario que, al menos en la cultura mexicana, tiene gran representación pues la historia de este país se ha forjado junto con el desarrollo de quienes su labor principal es hacer reír a los demás, y créame que en una sociedad tan conflictiva como la de hoy en día, eso es cada vez más difícil de lograr.

