Realidad imposible
Iniciaba un día más de trabajo y, para mi sorpresa, en la calle no había un solo papel tirado en el suelo y el vecino estaba recogiendo los recuerdos que su perro sistemáticamente deposita en el pasto de nuestra fachada, por supuesto que eso me agradó y me dispuse a subir al auto para, como suelo hacerlo todos los días, encaminarme a mi espacio laboral.
En dirección al trabajo, Tlalpan e Insurgentes sin tráfico, el entronque de 20 de noviembre fluido, sin ese atiborrado de autos luchando por un sitio en el asfalto.
Los microbuses en perfectas condiciones, bien pintaditos, con las dos placas en su sitio, limpios, con choferes bañaditos y haciendo parada en puntos fijos, con una decencia digna de reconocimiento.
Los oficiales de tránsito, todos con figuras atléticas y sonrientes ante el paso de conductores y peatones; por cierto, un solo puesto ambulante no apareció en el trayecto.
En ese trayecto, encendí la radio y, de forma inexplicable, las notas del día no hacían referencia a los hechos de siempre; nada de violencia, ningún ejecutado, sin hacer mención expresa a ciertos ajustes de cuenta o lamentables confusiones que incrementaran la ya de por sí escalofriante suma de muertos. Mejor aún, un sinnúmero de referencias al ejemplar comportamiento de las fuerzas de seguridad que, sin dinero de por medio, cumplían con su deber cabalmente.
Si acaso, referían lo exitoso del Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles que habría roto récord de operaciones en una semana, caso similar a la refinería de Dos Bocas, cuya producción petrolera habría superado lo hecho por Estados Unidos en una década.
Durante el trayecto, pude apreciar que la gente sonreía, como si de repente hubiesen olvidado las caras de preocupación y angustia que los acompañaban tan solo 24 horas antes, los jóvenes caminaban erguidos, pausadamente y proyectando una alegría que al menos nuestra generación no conocía, la imagen era insólita, padres y madres juntos tomaban de la mano a sus pequeños y caminaban por las aceras sin correr. No escuche una sola palabra inadecuada en el trayecto.
Los periódicos parecían haber olvidado sus encabezados macabros, se pasó del aplastados como sándwich a la excelencia educativa, de los cuerpos desmembrados a los jóvenes exitosos, del eliminados en fase de grupos al a un paso de la final.
A la llegada al Colegio, ni un solo claxon sonando, ni un solo vehículo en doble fila, ninguno estacionado en la entrada de los colonos o intentando cruzar en sentido contrario, inesperadamente, ningún padre de familia gritoneando sin ton ni son en la puerta de acceso.
Todo bajo un cielo azul cristalino, respirando un aire que tenía mucho de no percibir; con pajaritos volando por los aires libres y regordetes.
Por cierto, día de quincena y con la grata noticia de que, dada la economía nacional, finalmente podría ahorrar el 20% de mi salario porque sobraría aun pagando y satisfaciendo las necesidades presupuestadas.
Esta realidad imposible era increíble, ¡parecía como un sueño!
Caramba, ¡eso era!
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