Redescubrir el Pasado
Regreso a lectura de la revista Arqueología Mexicana, para citar palabras de Alicia M. Babaras en su ensayo titulado Los pueblos originarios de México: El antropólogo Guillermo Bonfil escribió una crítica muy conocida al concepto indio como una categoría colonial porque homogeneizaba a todos los pueblos sin considerar las diferencias culturales. No existen indios sino diferentes pueblos originarios, cada uno con su propio nombre: ikoots, rarámuri, wixarica. Sin embargo, entre 1970 y 1980, con el surgimiento de las organizaciones etnopolíticas, los intelectuales indígenas pensaron que, así como “indio” había sido utilizado por el colonialismo para conquistarlos, ellos lo utilizarían como una forma de reivindicación de sus derechos e identidades y para su liberación. Hay que ir a todo, indagar más allá de la zona de confort que representa muchas veces el mundo académico o del cronismo anacrónico, que se olvida de la historia como maestra de la civilización: cronistas que no profundizan cual obligada tarea de ir a raíces de una o diversas culturas como son las circunstancias en México. El solo estudio de la ciudad y municipio de Toluca es ejemplo, en el que confluyen diversas culturas para bien de la riqueza patrimonial.
Estar orgullosos de otomíes, de leyenda que son los matlatzincas, de cordura y compostura con que mazahuas actúan a lo largo de la historia mexiquense. Sí, sirviendo en ocasiones a conquistadores de su tiempo; estudiando circunstancias y persistencia en vivir en la región del Valle de Toluca y el norte de nuestra entidad. Comprender la voluntad de sobrevivir a todo lo que les sucede sin dejar de luchar, en una región llena de color de Santa Ana Nichi o municipios como San Felipe del Progreso, San José del Rincón, Villa de Allende o Temascalcingo. Ajenos al protagonismo que otras culturas indígenas invasoras muestran a través de aquellos siglos. El verdadero cronista debe seguir el ejemplo de estudio con el apoyo de Garibay y León-Portilla al revisar a los nahuatlacos. Leer seriamente el resumen en Enrique Florescano, y así entender la grandeza de culturas que hicieron el pasado de la patria.
Estudio de nuestras grandes Ciudades, por tanto, da lección en el Patrimonio Cultural que es reconocido por la UNESCO en más de 35 sitios, cuenta Arochi: Ya se conocía la existencia de Monte Albán a fines del siglo XIX. Su exploración fue planeada en 1919 pero se llevó a cabo apenas en 1931. Fue el mexicano Alfonso Caso quien dirigió los trabajos de exploración y consolidación. Por los que se supo de la existencia de dos grupos étnicos, mixtecos y zapotecos, con culturas diferentes, que se asentaron en la cima de Monte Albán, el cerro del que surge el nombre de la zona arqueológica. Presencia indiscutible de este lugar que asombra por los restos arqueológicos encontrados, cito al autor: Las construcciones, la pintura mural y la cerámica estudiada estratigráficamente y comparad con la de otras zonas ha permitido deducir que Monte Albán estuvo ocupada ya antes de la era cristiana, aunque se desconoce quiénes fueron sus fundadores. Se cree que entre los siglos VII y IV a. C., el hombre comenzó a cambiar la topografía de los cerros construyendo, en sus laderas y pequeñas cimas, terrazas y muros de apoyo para edificar lentamente Monte Albán. Divisar desde su parte más alta expresa en plenitud la grandeza de mirada y sensibilidad artística, que llena de orgullo por aquellos que fundaron con tanto amor y respeto a sus dioses tal lugar.
No nos extrañe que ante tanta grandeza los conquistadores, españoles y de todos los tiempos, con rabia destructora escondan las mínimas muestras de tales creaciones. Quemar la ciudad de París, a tal llegó la locura nazi ante su enojo de estar perdiendo la guerra. Una y otra vez esto sucede con los conquistadores de espíritu imperialista. Con los del pasado y con los del presente. Por eso es obligado seguir lecciones de la historia y pasos de cronistas, que hablan de lo que ven y viven, tratando de entender el comportamiento del personaje o de pueblos, y así relatar los hechos sin pedir permiso a nadie al hacerlo. No es extraño leer lo que escribe Arochi: Pensar de la importancia de la zona arqueológica, los textos españoles del siglo XVI poco informan; lo que se sabe de los hablantes de Oaxaca se debe a los escasos códices que subsistieron a la destrucción de los españoles y a la interpretación de los glifos esculpidos en las construcciones.
¿Cuánto no fue destruido por los conquistadores, ante las bellezas materiales y espirituales regadas por el territorio de lo que ellos denominaran la Nueva España?… Esta pregunta, debe llevar a seguir al arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma, otro de nuestros estudiosos más serios del pasado: señala la importancia de poner nuestro pasado indígena y colonial en su lugar, sin creer que destruyendo una u otra, se logra recuperar lo mucho que sigue presente y sin descubrir. Tarea del historiador y cronista es descubrir a través de las ciencias que en México aporta, por ejemplo, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). Reconocer el mundo académico de prestigiosos Institutos de Educación Superior, en el caso de la entidad saber el orgullo que nos ocasiona El Colegio Mexiquense por sus aportaciones a la investigación de Códices Indígenas.
Profundizar en culturas que dejan huella: olmecas, teotihuacanos y toltecas. Escribe Luis E. Arochi: Se deduce que los primeros que erigieron Monte Albán fueron olmecas, de la región de Tabasco y mayas, probablemente de la región de Chiapas y Guatemala; luego un grupo étnico llamado zapoteca. Este vocablo de origen azteca proviene de zapote, árbol cuyo fruto es comestible y produce la resina con la que se elabora el chicle. Al revisar esta zona patrimonial palabras del autor nos recuerdan la posición que tiene la zona arqueológica del dios Tolotzin, en la ciudad de Toluca. Escribe Luis: El zapoteca, valiente en la defensa de sus territorios y temido por aztecas y españoles, no fue considerado guerrero ya que normalmente no se guiaba por el ánimo de conquista; el cobre no fue empleado en la elaboración de las armas como en el caso de otros grupos étnicos, y no se encontró ningún arma entre los objetos desenterrados en Monte Albán. Las exploraciones demostraron que no fue construida con fines bélicos, más bien parece haber sido un gran centro ceremonial y, en la última época, cementerio mixteco; su aislamiento en la montaña y la falta de visuales hacia el Valle desde la “Gran Plaza”, propiciaban las ceremonias.
Yendo a lo lejos es posible comprender lo cercano. Viendo el comportamiento de los zapotecas podemos pensar cómo eran los matlatzincas y mazahuas ante los demás pueblos. Lo que se nota es que no fueron culturas invasoras, ello nos debe hacer reflexionar el porqué de su destino menos relevante, ante culturas invasoras que durante siglos tuvieron que sufrir por voracidad de conquistadores aztecas, nahuas y mexicas venidos del Valle de México. Una sola cita permite comprender la antigüedad de ese lugar, cita Arochi el lado Poniente de la zona arqueológica: En la etapa Monte Albán I. se erigieron las primeras construcciones; hacia 400 a.C., se edificó en el lado poniente el edificio de Los Danzantes, el más antiguo de este lugar. Debe su nombre a las figuras humanas esculpidas en piedra en la parte baja de la construcción y en las escalinatas. Algunas figuras denotan movimiento, por lo cual se presume que están danzando. Las figuras tienen similitud con la escultura olmeca, por ello se piensan que esta construcción fue erigida por este grupo, o al menos por gente de la costa con acentuada influencia olmeca. Es tan bello ir yendo hacia el pasado. Si la vida de una persona es difícil escribirla —la vida de Cristo y Buda en el mundo religioso, o laico en la existencia de Alejandro Magno y Napoleón—, saber de sus pensamientos y sus acciones cuestionando el mar de fondo que tienen, el estudio de pueblos y culturas, una tarea que no resuelve un solo investigador, sino muchos, en muchas áreas.

