RENOVACIÓN DIGITAL

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Como se comentó en esta columna a principios de año al señalar que la década pasada podría considerarse sin lugar a duda como el inicio de la era de la privacidad digital y el vertiginoso avance de las tecnologías de la información y comunicación; el inicio de una nueva década a partir de 2020, no permitía avizorar todavía indicios concluyentes sobre el cauce de los trabajos relativos a esta materia, una vez agotado el auge relativo a su posicionamiento por parte de gobiernos y empresas, en el que persistía una baja socialización por parte de la ciudadanía.

En una breve retrospectiva, el nuevo milenio vino acompañado de un efecto transformador en varios aspectos en una época posmoderna marcada fuertemente por los sucesos detonantes de la mitad de siglo con posterioridad a la segunda guerra mundial, cambios que en comparación con otros momentos de la historia han acontecido rápidamente y permiten su apreciación por parte de las mismas generaciones que han presenciado dichos sucesos.

Esta construcción histórica a su vez se encuentra fortalecida al estar documentada con una mayor fidelidad, a través del uso de las tecnologías de la información y comunicación, lo que constituye una consciencia colectiva que la humanidad tiene presente hoy en día y que la marca constantemente en cada paso que avanza como insumo en la toma de decisiones.

Sin embargo, este registro colectivo viviente y documental, no solamente concentra hechos concluidos, sino un conjunto de información sin haber sido procesada que constituye causa, medio y fin en la que, de manera adicional, miles de millones de pensamientos influyen en la generación y valoración de cada dato y cada nueva idea, por lo que también es dable apreciar a la humanidad como un conjunto orgánico que autogestiona sus elementos.

Bajo esa concepción, el problema económico se encuentra invariablemente presente dentro de los tópicos de los registros colectivos, como la base en la cual se apoyan las inquietudes fundamentales en torno a la existencia humana, a través de un medio ambiente sano, recursos disponibles para el desarrollo, sustentabilidad e inclusive la propia supervivencia, que a su vez, se refleja en el comportamiento de la ciudadanía en el ámbito social y político exigiendo en los hechos un nuevo modelo de gobernanza para el cual no cuenta con un modelo definido con una propuesta específica, pero cuyos insumos se encuentran en los datos que conforman esa memoria histórica viviente.

Así el ciclo natural de la vida nos recuerda que cada inicio implica también un final como parte de un proceso de renovación continua que facilita la evolución, o que cuando menos, parecería que conforme a nuestra idiosincrasia tiende al mejoramiento de la civilización, y, en analogía, parecería que una de las primeras lecciones que nos arroja tempranamente esta década, es la relativa de la renovación humana a través de la digitalización, lo que eventualmente justificaría gran parte de los movimientos revolucionarios que hemos presenciado en estos últimos años.

Así como la privacidad puede entenderse como el derecho a una mente libre, o inclusive, tendiendo a una definición propia, como la gestión del libre albedrío, dicha materia también puede asociarse con el registro de las cuestiones del alma que ha cobrado una gran relevancia entre la sociedad ante la saciedad y satisfacción de nuestras necesidades básicas que nos obligan indefectiblemente a mirar no solamente a nuestra realización, sino hacia la trascendencia.

Desde esta perspectiva, cuando menos hasta el día de hoy, el confinamiento ha vuelto las miradas no solamente para el interior de los hogares, sino para el de las propias personas que cada vez más aprecian la interdependencia de su bienestar con el de otros, y que, a partir de la economía colaborativa encuentran nuevas alternativas de una distribución equitativa de los recursos existentes, no obstante, dicha equidad encuentra mayores oportunidades a través de una gestión adecuada y justa de los datos y de los algoritmos a través de los cuales son procesados.

Lo anterior conlleva una mayor integración a nivel global a partir de un mayor involucramiento de los actores interesados y no interesados en el entorno digital, en una doble vertiente de procesamiento: macro y micro, con lo que dicha infraestructura ayudaría también a disminuir las brechas de aplicación del conocimiento, en el entendido de que democratizar las soluciones el día de hoy, no representan una mera cuestión moral de hacer lo correcto, sino que constituye una estrategia de inteligencia para la supervivencia y la evolución.

En ese proceso, el uso de la información generada por las personas, sean datos personales o no, ocupa un rol determinante para dichos efectos, sobre lo cual, una de las primeras muestras por parte de los gobiernos se constituye por la Recomendación de la Unión Europea para un paquete de herramientas para el uso de tecnologías y datos para combatir y superar la crisis provocada por el COVID-19, en particular con el uso de aplicaciones móviles y el uso de datos de movilidad anonimizados, a través de la cual se pretende adoptar un enfoque común a lo que se denomina como “paquete de herramientas”, para facilitar medidas prácticas para un uso efectivos de tecnologías y datos, a fin de permitir el uso de aplicaciones móviles coordinado a nivel de Unión Europea, empoderando a los ciudadanos sobre mecanismos de prevención y detección, así como de rastreo para limitar la propagación del COVID-19, así como una metodología para evaluar la efectividad y mecanismos relativos a la interoperabilidad y flujo de datos; por otra parte, un esquema común para el uso de los datos anonimizados y agregados sobre la movilidad,  para modelar la evolución de la enfermedad y supervisar la eficacia de las acciones tomadas por las autoridades de los países miembros de la Unión Europea, lo que en la práctica representa un diseño de un mecanismo de rendición de cuentas sobre las acciones emprendidas.

Al margen de estas acciones también se suma la iniciativa de las dos principales empresas desarrolladoras de los sistemas operativos de la mayoría de los dispositivos móviles, a fin de generar una nueva funcionalidad (transitoria, aunque eventualmente podría mantenerse en los dispositivos como un mecanismo de alerta o de protección civil) a partir de la cual cada dispositivo registraría de manera anónima las credenciales de otros dispositivos con los que tendrán interacción, a fin de proporcionar una propuesta descentralizada a partir de la cual, los usuarios puedan detectar si estuvieron expuestos a una situación de riesgo, como en este caso, un posible contagio por parte de una persona infectada por COVID-19.

De esta forma, si bien el panorama de inicio de esta década se ve marcado por una etapa difícil para la humanidad, estas complicaciones traen aparejada una transformación de la sociedad, en la que esperemos, el discurso internacional promovido por la Organización de las Naciones Unidas en el marco de la Agenda 2030, relativo a no dejar a nadie atrás, se refleje en acciones vivas en las que las tecnologías de la información y comunicación y el uso del poder de los datos cuenten con un papel fundamental. Hasta la próxima.