Saberse mujer en la historia

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A veces, ser mujer es una pregunta que te duele en los ovarios; otras, es una certeza que te sostiene el esqueleto cuando el mundo tiembla. He escrito bastante sobre este sentir alienígena (Chris Kraus) que a veces me pregunto si estas cuestiones individuales son egoístas en su forma íntima de pensar, por eso siempre evito anteponerme, sino más bien ponerme al costado, pero firme, de saberme mujer. Es por eso que esta semana quiero escribir sobre eso, sobre el vértigo de habitar un cuerpo y una historia que nos preceden, pero que también estamos obligadas a reescribir, desde la tripa caliente de quien se sabe heredera de una larga estirpe de mujeres que pensaron con los pies en la tierra y la rabia en la garganta.

Y qué mejor que una reflexión ya que hace unos días el 8 de marzo el mundo se tiñó de morado, con marchas, consignas, flores digitales en las redes sociales y descuentos en tiendas por el día de la mujer, pero entre el ruido del marketing y la liturgia de los buenos deseos, a menudo se nos escapa la médula profunda, sangrante y revolucionaria del asunto, la triple naturaleza de esta fecha. Porque ser mujer, y por ende conmemorar este día, es habitar la triple herida de una trabajadora explotada, la de una colectiva silenciada y la de la íntima que se descubre a sí misma en un mundo que no fue hecho a su medida.

Para entenderlo se debe hacer una arqueología de la memoria y filosofía de lo cotidiano, se debe convocar a las fantasmas que hicieron posible que ayer existiera un día para nosotras.

 

La hora de la Trabajadora

Todo comienza con el humo, el humo que en 1911 emergió de las ventanas de la fábrica Triangle Shirtwaist en Nueva York, llevándose las vidas de 123 trabajadoras, en su mayoría jóvenes inmigrantes judías e italianas. Ellas no pedían el cielo, pedían ocho horas de trabajo, un salario justo y no ser encerradas con llave mientras cosían, ese humo es el aliento original del 8 de marzo, un aliento que no es de vida, sino de muerte por codicia.

Y ahí está el espíritu de Flora Tristán, la peruana-francesa que en el siglo XIX ya entendió que la mujer es la proletaria del proletariado. Para ella, la emancipación de la mujer estaba indisolublemente ligada a la lucha de clases, pero con esa perspicacia brutal de saber que dentro de la clase obrera, la mujer sufría una doble opresión. Ser mujer trabajadora no es sólo vender tu fuerza de trabajo, es hacerlo en un cuerpo que es visto como más débil, más dócil y, por lo tanto, más explotable.

Y con eso no se busca reducir el 8 de marzo a un hecho histórico, pues sería insuficiente, es más para entender que ese día no es nada más una fecha, es una memoria colectiva que atraviesa el cuerpo de las mujeres.

Porque ser mujer, en gran parte de la historia, ha sido aprender a existir en un mundo que no fue diseñado para una, pienso en la mujer trabajadora, no en abstracto, sino en la mujer concreta, la que se levanta temprano, la que trabaja doble jornada, la que sostiene la casa y al mismo tiempo la calle, la que piensa mientras lava platos, la que organiza mientras cuida, la que cubre los oídos de sus hijos por las bombas, sin poder tapar los suyos, la que resiste mientras el mundo le pide silencio.

La filósofa y revolucionaria Rosa Luxemburgo entendía que la emancipación no es individual, nadie se libera solo. Para ella, la lucha de las mujeres estaba inseparablemente ligada a la lucha social, no se trataba únicamente de igualdad legal, sino de transformar las condiciones materiales que producen la desigualdad.

Lo mismo entendía sobre la revolución pues este no era (es) un acto burocrático, sino la espontaneidad viva de las masas, un salto cualitativo hacia lo nuevo. Sería ella quien nos diría, con su mirada aguda, que la libertad es siempre la libertad del que piensa diferente. Desde una perspectiva de género, esto es crucial porque la lucha de las mujeres no puede ser una consigna dictada desde arriba, debe nacer del grito ronco y diverso de la calle, siempre.

Pero en América Latina la historia tiene otros matices…

Aquí, la lucha femenina también ha sido una lucha contra la invisibilidad cultural, contra el colonialismo simbólico, contra una historia escrita casi exclusivamente por hombres. La gran pensadora y activista franco-peruana Flora Tristán fue una de las primeras en comprender que la opresión de las mujeres estaba entrelazada con la explotación de los trabajadores. En su obra La unión obrera (1843) defendía la idea radical (en su tiempo y hoy en día) de que la emancipación del proletariado no podía darse sin la emancipación de las mujeres.

No se trataba sólo de derechos políticos, se trataba de dignidad (y ni siquiera se habla de esa dignidad kantiana).

Tristán escribió algo que cuando leí por primera vez, permaneció en mí cabeza hasta hoy que puedo compartir con la ferocidad que merece la mujer es la proletaria del proletario.

¿Qué se entiende realmente con esa frase pequeña? Es una especie de descripción histórica porque muchas veces la mujer ha sido la trabajadora del trabajador, la cuidadora del cuidador, la que sostiene incluso a quienes también están oprimidos.

Sobre el grito de la calle, pensemos ahora en Magda Portal, la poeta y revolucionaria, fundadora del APRA, quien encarnó la lucha de la mujer intelectual y política en un continente de caudillos, para Magda, ser mujer en la lucha era tener que demostrar algo doble, que se podía escribir poesía de alto vuelo y a la vez empuñar la militancia con la misma fiereza. Su vida es un alegato contra la idea de que lo colectivo anula lo individual. Al contrario, ella nos enseñó que, la organización es el altavoz que permite que la voz de las que no tienen voz, resuene. 

Y es cuando salimos a marchar por el día de la mujer que debemos reconocer que estamos heredando el testigo de mujeres como Portal, que entendieron que la calle es el territorio de lo común.

El feminismo, cuando es profundo, no es solo una teoría política. Es también una transformación del lenguaje.

Nombrar es cambiar el mundo.

Cuando una mujer dice yo, está reclamando un lugar en una historia que muchas veces la colocó como objeto, como símbolo o como metáfora, pero raramente como sujeto.

El 8 de marzo fue el día de la trabajadora, de la colectiva, de la íntima. El día de Rosa, de Flora, de Magda, de Claudia y de todas las que no tienen nombre, pero lo interesante, lo verdaderamente filosófico, comienza hoy.

Es, como diría Rosa, tomar la historia por asalto, pero un asalto que no nada más busca tomar el palacio de invierno, sino también transformar la intimidad del hogar, un asalto que, como quería Magda, ponga la poesía al servicio de la revuelta. Un asalto que, como denunció Flora, empiece por reconocer que la esclavitud de la mujer es la base de todas las demás. Un asalto que, como nos enseñó Lugones, desmonte los cimientos mismos de la civilización que nos parió para oprimidas.

Ser mujer es, en definitiva, una forma de estar en el mundo con las tripas por fuera, expuestas, sí, pero también dispuestas a abrazar, a luchar y a construir, desde la grieta, un mundo donde quepamos todas. Incluso las que aún no saben que están buscando su lugar.

La pregunta entonces, que nos deja esta triple herida es ¿cómo sostener esa lucidez en la monotonía de los días? ¿Cómo hacer para que el nosotras de la calle no opaque el yo que necesita su soledad para crear? ¿Y cómo evitar que el yo se convierta en una trampa narcisista que nos desconecte del dolor de las otras?

Ser mujer, al final, es aprender a caminar sobre ese filo de la navaja, saberse una, pero hecha de muchas. Y saber que, como el ave fénix, la historia del 8 de marzo nos enseña que del humo de las fábricas incendiadas siempre puede renacer la llama de la conciencia.