Se desprecia lo que se ignora

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La expresión que titula nuestro espacio de esta semana es una máxima tan vieja como conocida. No se sabe con demasiada exactitud su origen. Nos interesa más su formulación, la que, dada su claridad, la exime de dificultades en su interpretación y permite decir que cabe una casi unívoca: la aversión y el rechazo son reacciones naturales de lo humano ante las experiencias o cosas con las que uno se topa por primera vez, si estas alteran su sistema de creencias y su lenguaje común. En una primera instancia, no podemos esperar otra cosa de nuestro género; hasta un determinado punto, somos así: estamos parcialmente encerrados en una suerte de determinismo emocional del que sólo cabe escapar por medio de la autocomprensión y la destreza de conceptos.

Según esto, una persona puede comprender con una mayor afinidad a otra si el diálogo en el que está inmersa con ella –por más que dicho cruce de perspectivas– esté protagonizado por temas sensibles o actualmente candentes. Y es que, tales son las bondades de este breve ejercicio de comprender al otro, que incluso podemos establecer puentes de tolerancia con quien pudiese estar vertiendo las más terribles y virulentas opiniones sobre cualquier parecer que nosotros tengamos. Lograr hacer de este ejercicio una práctica común, es aquello a lo que se refiere Ortega y Gasset, cuando dice que los individuos que tienen un acceso privilegiado al mundo y a lo que pasa en él, son aquellos que viven una perpetua embriaguez de visionario.

Pues bien, si llevamos esto a los problemas suscitados la semana pasada en la Plaza de Toros de la Ciudad de México, nos damos cuenta de que no sólo existe un desprecio por algo que se ignora profundamente por parte de los sectores más críticos con la fiesta de los toros, sino que el nivel de cerrazón al diálogo que ha llegado a tener en su seno este conflicto, ha hecho que la posibilidad del cruce de ideas pacífico, sea algo prácticamente inalcanzable. La México sufre de infinitas pintadas, martillazos, destrozos cada tarde de corrida y sobre los aficionados recaen sartas de insultos y adjetivos propios del sadismo, y el asunto se ve con una normalidad abrumadora. 

A pesar de ser un aficionado en contra de toda forma de tradicionalismo y de puritanismo moral, y de creer firmemente en el escueto pronunciamiento de García Márquez sobre la fiesta de los toros, que dice: Si la tauromaquia está destinada a morir, quisiera verla morir con honor y como se merece, cuando los taurófilos dejemos de ir a las plazas, y no cuando alguien ajeno me lo quiera imponer, dado todo lo acontecido en La México, también me parece que, muy aparte de asuntos taurinos cabe preocuparse profundamente por el hecho de que en la actualidad, el destino de muchos de nuestros diálogos sea el encontronazo. No cabe peor destino que el encontronazo para el ejercicio de tensión positiva que constituye la conversación humana. 

Es como si los accidentes aéreos fuesen pan de cada día. Y es, que los asuntos más difíciles de resolver en nuestras sociedades actuales se están sedimentando en unas relaciones y un universo de expresiones abocadas a la violencia y al odio al individuo ajeno, que nos está llevando al triste destino de odiarnos sin conocernos.