Seamos prudentes

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En este espacio he sido fuerte defensor de la educación como herramienta poderosa para construir mejores sociedades; nadie puede oponerse a que niños, jóvenes y adultos regresen a clases para proseguir con este proyecto formativo de manera ininterrumpida.

El asunto es que, desafortunadamente, seguimos inmersos en una pandemia que parecía que estaba controlada. Estamos justo en el centro de la llamada tercera ola y eso ha tenido que poner freno de mano a muchas instituciones que estaban más que listas para un retorno presencial inmediato.

Me consta que ya se habían acordado regresos escalonados, incluso en las juntas de inicio de cursos a los docentes se nos había explicado con detalle el plan de acción perfilado para regresar a las aulas tras 17 meses de ausencia.

Muchos externaron en voz alta su preocupación, la pregunta ¿Vale la pena arriesgarse? estuvo en el aire en todo momento. Casi sobre la hora de arranque, todo regresó al estado anterior y se mantienen las clases a distancia.

Ciertamente algunas Instituciones de Educación Superior han optado por modelos híbridos, al final, es decisión de cada padre de familia, de cada alumno, asumir el riesgo de acudir a sesiones de clase en los centros educativos que así lo decidieron.

La palabra clave en todo esto es prudencia; quienes más contagian son los niños, y si bien es cierto que el sector educativo está –en teoría– vacunado, recordemos  que esto no evita un posible contagio. No encuentro sentido en que niños y adolescentes, que todavía no han recibido inmunidad, anden por las escuelas contagiando a diestra y siniestra.  Es decir, preescolares, primarias, secundarias y preparatorias, definitivamente deben esperar un mejor momento para reiniciar, por más que se nos diga que la vida significa asumir riesgos o que los caminos de la vida no son lo que se pensaba.

En las universidades el panorama puede ser diferente, pues ya se inició vacunación a mayores de 18 años, pero mucho dependerá de la infraestructura que cada institución tenga, de manera que se puedan presentar las condiciones preventivas necesarias para un menor riesgo.

A todos nos urge recuperar algo de lo que hemos perdido en estos meses; se requiere tener una vida más allá del dispositivo de trabajo, pero es prioritario comprender que nada ganamos con apresurar las cosas.  El hecho de que veamos a muchísimas personas en la calle asumiendo que todo regresó a la normalidad, no significa que esa sea la realidad.

Mucha imprudencia en las calles y mucha estupidez en los discursos; nada, absolutamente nada puede estar por encima de la integridad física de las personas, y en tanto no se tenga a un mayor porcentaje de la población blindada con alguna vacuna, el riesgo es permanente.

Y no, no es miedo, es sensatez ante la evidencia; quienes pasamos por la enfermedad y sabemos sus alcances, podemos –se supone– dar testimonio de lo  violenta que es y cómo en cuestión de días merma tus condiciones físicas al punto más bajo.

¿Qué ganamos con precipitar las cosas?, de verdad, un poquito más de paciencia. ¿O no?

horroreseducativos@hotmail.com