SER Y MÁS QUE SER

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Se llama Adriana, y es la mujer más bella

de la historia de la humanidad.

Así cuenta el mito, de los hombres que la conocen

o la conocieron, o están por conocerla.

 

El mismo Tánatos, comiendo un plátano rojo

en plato de oro, avala la historia,

agregando, que fue ella la que se comió la poesía,

y por esa razón esto no es un poema,

acaso un conjunto de palabras

que no la humedecen

porque su paraguas es aquella sonrisa titánica,

que nace cuando aparece su estado de gracia

cual Maga en los altares

que como condena

sufre el no poder bajar.

 

Mentira o verdad

he dormido con ella

hemos despertado juntos

espalda contra espalda

más juntos que nunca

Me he bañado en sus lágrimas

y logré conquistarla, en qué,

creo que moriré ignorándolo.

 

Vive con dos, tres maletas

Yo la amo honrando la palabra escrita

y la piel caligrafiada

de paisajes imposibles

Vive en todos mis poros,

de manera que cuando hace frío

o calor está ella siempre allí,

como un secreto incomprensible.

 

Si me la comiera, me comería

a la poesía, y escribiría acaso

bellezas portentosas opacando

a cualquier vil marchito macho,

que le haya escrito un verso.

 

Yo la vivo recordándola,

y escucho su voz,

en un árbol,

en una ruina

frente al mar

Es mía, y dicho esto es real en mi imaginario de hojalata

porque de lo contrario,

mi felicidad, diminuta, se suicidaría.

 

Una vez la abracé

y sentí como perfumista que soy

que su piel naranja contenía el aroma de la vida.

 

Desde ese día la atrapé en un frasco ámbar como su cabello.

Todos los días, me hecho una gota de ella.

Y no se que haré cuando ese líquido se acabe.

A lo mejor, mi vida termina buscándola,

cruzando océanos como Drácula,

sólo para contemplarla en vivo,

y respirarla, como un esclavo con smoking

que necesita un segundo abrazo, para seguir viviendo.