Silencio sobre el silencio
Un post. Publicar. Jalar el gatillo. Encender el teléfono y dar clic. Clic, clic, clic. Compartir. ¿Qué era? Oh. Un post. Publicar. Jalar el gatillo. Gatillo. Gato. Ato. Atar. ¿Qué era? No importa, ahí viene otro post. Compartir. Dedos salvajes. ¿Quiénes? Ya los conoces. Quien publica un porro: atención. Quien postea sobre sexo clandestino y rudo: represión y hasta puritanismo. Quien hable de revoluciones: seguro la libertad le asusta. Es la rebeldía, como a los 16, cuando decías ser el mero chingón del salón porque ya bebías alcohol, y sólo terminabas haciendo el ridículo en una fiesta con la camiseta llena de vómito y gritando tonterías. La rebeldía confunde, golpea los propios barrotes. Así pasa con las ideas. Jalar el gatillo.
Le preguntaron a Pamela Cerdeira en MVS radio, cuál era el papel del hombre en la marcha del 8 de marzo y en el paro del 9. ¿Sumarse? No. Escuchar, dijo. Nos toca estar atentos a lo que tienen que decir. Pero para escuchar, hay que estar callado: fue precisamente lo que no hicimos. Bang: balazo en el pie.
Es innegable que tenemos un problema de violencia de género en el país. Lo dicen los números. Peor, lo está viendo todo el mundo. Ya no se puede esconder. ¿Sabes por qué? Bueno, despídete de tu pata izquierda porque la otra bala va para allá; gracias a los destrozos al patrimonio histórico mexicano que tanto nos indigna desde el chingado sillón. Además, como dice Eréndira Derbez, hay patrimonio destrozado por mero desinterés al que nadie voltea a ver. ¿Somos nosotros publicando un porro?
¿Oíste?, sí, fue otro tiro. Tranquilo, ahora no fuiste tú. Sí, jala aire. Bien, continuemos. Romper cristales, pintar el ángel, taladrar estatuas, quemar las puertas de palacio, todo, todo eso que vimos y nos cansamos de compartir en redes llenos de asombro ha conseguido una cosa, visibilizar la violencia de la que mujeres y niñas están siendo víctimas día con día. Visibilizar, hacernos conscientes de que algo está pasando. Mucho peor, que nadie está haciendo nada. Nadie, no alcanza.
El asunto es tan alarmante que 10 mujeres mueren al día en este país, y mucha de esa violencia es provocada en casa. Las estadísticas son tan altas que a como están las cosas, alguna de las mujeres que tanto queremos al día de hoy ha tenido un evento cuando menos incomodo de índole sexual y/o de género. Eso, camaradas, nos convierte mucho más en parte del problema que de la solución al ser hermanos, esposo, primos, novios, amigos, etc. Entonces, shhh.
La víctima, las mujeres que viven este trance tan doloroso, puede pasar años, tal vez su vida entera sin decir nada. Irónicamente les hemos hecho pensar que el silencio es el sitio más seguro para ellas. A Nadia, por ejemplo, una estudiante de León, la mataron a tiros precisamente el 8 de marzo. Dos días antes publicó esto: “Si algún día soy yo, sepan que jamás me rendí, que pelee hasta mi último aliento y su imagen siempre estuvo presente, que disfruté mi vida, que reí y baile hasta cansarme, qué amé todo lo que hacía, que alcé mi voz y no me quedé callada, que realmente pensé que el mundo podía cambiar, pero terminó quitándome la vida”.
El silencio sobre el silencio no suma. Incluso artistas como Rodrigo de la Sierra han declarado que están con el movimiento feminista y que no le importaba que su obra fuera intervenida en la marcha. Lo demás no importa. Somos nosotros y todo lo que ponemos en evidencia cuando defendemos algo tan inhumano. ¿Deben callarse? ¿Tranquilizarse? Momento, otra nota, otra cifra. Otro tiro. No, nosotros estamos bien. Hoy, supimos de Nadia porque la mataron, y la mataron porque nadie las está escuchando.
