Sin olor a sal

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Ser dueño de nuestras historias y amarnos a nosotros mismos

 a través de ese proceso, es lo más valiente que jamás haremos

René Brown

 

 

 

En la embarcación de la vida nos subimos todos. Con la curiosidad del que desconoce, nos miramos en el mar de la existencia llevando el movimiento de cada ola cargada de olor.

 

La destellante agua azul juega las veces de espejo ante el vanidoso sol de invierno que da bienvenida a los corazones necesitados de paz. Los espíritus agradecidos niegan a la madre mente la entrada a la razón: se vive lo que se vive.

 

Mientras baila el alma con la música de fondo, miro llegar a las maduras mujeres que vienen con la compañía más sagrada: la de ellas mismas. Dicharacheras y ruidosas de alegría, buscan su lugar en la proa: unas a otras se acomodan en el disfrute de la travesura que da la complicidad de ser amigas.

 

Se hablan entre sí, entre ellas, se empalman sus voces atentas; es notoria la hermandad de género.  Algunas conservan rasgos de belleza arrebatados por los años lo que no impide que unas sean más glamorosas que otras. Se acompañan como amigas hermanas en esta implacable etapa de la vida terriblemente llamada jubilación.

 

Las observo viéndome en ellas: soy yo y yo, soy ellas. Miro un futuro cercano que pasará tan rápido como mi juventud en un prometedor estado de mujer madura. En otros momentos verme como lo estoy ahora, sería una tragedia. La típica cincuentona que llega sola, vieja, gorda, fea, abandonada y derrotada dependiendo de las migajas de vida, de los hijos y de otros, en una consigna lapidaria e inmerecida como mujeres que han dado gran parte de sus vidas a la familia y al trabajo.

 

En ellas, este terrible término no funciona como aniquilación de años de vida productiva laboral, ni tampoco será la eliminación de la burocracia existencial de la pareja ni el abandono de los hijos por haber cedido sus días a una historia que nos antecede.

En ellas vi lo contrario, me vi a mí misma como una mujer que después de haber hecho todo lo que la tradición matriarcal dictó, optamos por no terminar nuestros días encerradas  como la canción de la muñeca fea  de Cri-cri[1] en un rincón del sótano esperando las sobras de la vida de los demás…. Escondida por los rincones ….. Temerosa de que alguien la vea ….. Platicaba con los ratones la pobre muñeca fea/ Un brazito ya se le rompió/Su carita está llena de hollín/ Y al sentirse olvidada lloró lagrimitas de aserrín….

 

No pude evitar acercarme a ellas y reconocerles con grande admiración, verlas como amigas hermanas que ahora se acompasan de las olas vivenciales, dándose la fortuna de reconocerse como personas que todavía tienen mucho qué vivir. Les pedí una foto a su lado, olí sus aromas de maduras damas, su olor no era a sal, perfumaron mi existencia como a una más de las personas a las que entregaron su aromatizante savia vida.

 

Reconocí su valentía de no llorar por los rincones y haber escrito mil historias en los suyos.

 

Soy ellas en mí. Pronto seré esa edad y oleré más allá de la sal que acompasa las marejadas de la vida y también aromatizaré mis días con olores exquisitos del don de la existencia.

 

[1] Francisco Gabilondo Soler: músico y compositor mexicano de letras para niños.