Sobre lo que nos da placer y nos ata Boletín Filosófico

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Hay un gesto que se repite en la historia del pensamiento, la sospecha sobre aquello que nos da placer, y no porque el placer sea malo en sí mismo, sino porque a menudo lo que nos alegra es también lo que nos ata. 

Lo que nos convoca es también lo que nos oculta algo. Y lo que nos distrae es, frecuentemente, lo que nos impide ver.

Esta columna nace de ese gesto, de la decisión de mirar dos fenómenos que, a primera vista, no tienen nada que ver entre sí (como en muchas de mis columnas): el próximo Mundial de fútbol y la compra de una isla en el Mediterráneo. El primero es colectivo, festivo, popular. La segunda es privada, excluyente, solitaria. El primero convoca a millones, la segunda excluye a casi todos. Y sin embargo, son la misma cosa. No en los detalles, claro. Pero sí en la lógica profunda que los anima

Careta 1: El gol que quema el planeta

Este es un tema cercano en el sentido de conocer, mucha, demasiadas personas fanáticas de este entretenimiento, lo que me repugna (y lo digo con toda la fuerza que permite la escritura) es la indiferencia sistémica, esa capacidad casi sobrenatural que tienen los poderosos de mirar el incendio mientras echan gasolina. El informe que acabo de leer, publicado en julio de 2025 por Scientists for Global Responsibility, Environmental Defense Fund y el colectivo Cool Down, titulado «FIFA’s climate blind spot: the men’s World Cup in a warming world«, no es un documento académico más. Es una autopsia en caliente, y lo que revela es monstruoso.

La FIFA, ese organismo que se presenta como guardián del «juego bonito», está gestando lo que podría ser el evento deportivo más contaminante de la historia. Y lo hace con una deliberación que roza lo patológico. Para 2026, el Mundial de Norteamérica (México, Estados Unidos y Canadá) emitirá al menos 9.02 millones de toneladas de dióxido de carbono equivalente. Para que nos entendamos, eso equivale a poner en circulación casi 2 millones de automóviles estadounidenses durante un año entero. O a 6.4 millones de coches británicos. Son cifras que desbordan cualquier capacidad humana de visualización. 

Pero mejor hagamos el ejercicio: imagina un embotellamiento que va de la Ciudad de México a Toronto, y luego a Los Ángeles, y luego a Miami. Imagina que ese embotellamiento dura doce meses. Ahora multiplícalo.

El problema no es solo la magnitud. Es el cinismo. Porque la FIFA, la misma que en la COP26 de 2021 prometió reducir sus emisiones en un 50% para 2030 y alcanzar la neutralidad de carbono para 2040, ha cumplido apenas dos de sus dieciocho acciones comprometidas. Catorce medidas sin avance visible, 11% de cumplimiento en tres años. No es falta de recursos porque a ver, FIFA tiene presupuestados 11 mil millones de dólares para el periodo 2023-2026. Es, lisa y llanamente, una decisión, una apuesta por el crecimiento a cualquier costo, aunque ese costo sea la atmósfera, aunque ese costo sean los cuerpos de los jugadores y los aficionados sometidos a golpes de calor extremo, aunque ese costo sea la viabilidad futura del propio deporte.

Porque aquí hay otra capa del horror, y es la climática. El informe documenta que al menos seis de los dieciséis estadios que albergarán partidos en 2026 enfrentarán «estrés térmico extremo» (WBGT superior a 26.67°C, umbral que la universidad de medicina deportiva estadounidense recomienda ya no para jugar, ¡sino para cancelar la actividad!). Houston, Dallas, Miami, Los Ángeles, ciudades donde en junio y julio los termómetros se pasean por los 40°C y el índice de calor supera los 30°C incluso de noche. ¿Y qué hace la FIFA? Programar partidos. ¿Y qué hace para mitigarlo? Construir sistemas de aire acondicionado que demandarán una cantidad obscena de energía, que a su vez (en un país donde la red eléctrica sigue dependiendo mayoritariamente de combustibles fósiles) generará más emisiones, esa es una retroalimentación diabólica porque el calor exige más aire acondicionado, el aire acondicionado exige más quema de carbón o gas, y esa quema genera más calor.

Pensemos en esto mientras nos sentamos a ver el partido. ¿Cuántos de nosotros, cuando alzamos una cerveza frente al televisor, recordamos que ese espectáculo tiene una huella de carbono del tamaño de un país pequeño? ¿Cuántos de los que se llenan la boca con «la pasión por la camiseta» se preguntan qué tipo de mundo le estamos dejando a los jóvenes que hoy sueñan con ser futbolistas?

Careta 2: comprar una isla porque sí

Si la FIFA representa el espectáculo masivo, el entretenimiento convertido en máquina de emisiones, Jared Kushner e Ivanka Trump representan la otra vertiente de este capitalismo terminal, la apropiación directa, sin disfraces, sin justificaciones de desarrollo o bien común. La noticia es reciente y ha circulado por medios internacionales: “la pareja ha gastado más de mil millones de dólares en la isla de Sazan”, “en el Mediterráneo”, “frente a las costas de Albania, para convertirla en un resort de lujo”. Y si, una isla entera, para ellos, para unos pocos privilegiados que puedan pagar lo que cueste hospedarse allí.

No es la primera vez que alguien rico compra una isla. Desde los magnates del siglo XIX que se apropiaban de parcelas en el Caribe hasta los tecnomillonarios actuales que acaparan territorios en Nueva Zelanda o Canadá como refugios apocalípticos, la compra de islas tiene una larga tradición en la historia del capitalismo. Pero hay algo particularmente obsceno en el caso de Kushner y Trump, no lo sé, quizás es la fecha, 2026, un año en el que el mundo ya no puede fingir que no sabe lo que significa la crisis climática. No sé…

O quizás es el contexto geopolítico: Albania, un país que durante décadas fue uno de los más pobres de Europa, que salió de una dictadura estalinista en los años 90, que ha visto cómo su población emigraba masivamente en busca de trabajo. Y ahora llegan los yernos del expresidente estadounidense a comprar una isla entera.

Las protestas no se han hecho esperar. Circulan desde el mes pasado artículos de The Guardian, Al Jazeera, NBC News, Forbes, todos ellos documentan una ola de indignación en Albania. La oposición política ha denunciado el trato como una «concesión vergonzosa» del gobierno albanés, que habría ofrecido facilidades legales y fiscales para atraer la inversión de los Kushner. Organizaciones ecologistas alertan sobre el impacto en un ecosistema mediterráneo ya de por sí frágil. Activistas de derechos humanos señalan el mensaje que envía a una región donde la corrupción y el clientelismo político son heridas abiertas.

Pero más allá de lo local, hay un simbolismo universal. Comprar una isla no es solo un acto económico, me atrevo a decir que es un acto ontológico, es decir: «este pedazo de mundo ya no es del mundo. Es mío. Puedo hacer con él lo que quiera, y ustedes, los demás, quedan afuera». Es la culminación de la lógica privatizadora porque, mira, no basta con tener casas, yates, jets privados; hay que tener un territorio, una jurisdicción propia, un lugar donde ninguna ley que no te convenga pueda alcanzarte. Es el sueño húmedo del ultrarrico, la secesión geográfica como complemento de la secesión económica.

Y aquí hay una ironía brutal porque la isla de Sazan tiene un pasado militar, fue utilizada por el ejército albanés durante la Guerra Fría como base secreta, un lugar cerrado, inaccesible, lleno de túneles y fortificaciones. Ahora, en tiempos de paz (si es que a esto podemos llamarle paz), vuelve a ser un lugar cerrado, solo que ahora sus muros no son de hormigón armado, sino de millones de dólares. Pero en profundidad es una misma lógica, unos pocos deciden quién entra y quién no, unos pocos deciden qué se ve y qué se oculta. Pero en lugar de un dictador comunista, tenemos una pareja de empresarios neoyorkinos con conexiones en la Casa Blanca. ¿Hay tanta diferencia?

La pregunta que me niego a no hacer, mi careta 

Me doy permiso, aquí entre estas líneas, para formular una pregunta que en los medios respetables nadie formula porque suena a radical, a exagerada, a «muy de izquierdas«. Pero ya basta de autocensura, la pregunta es esta: ¿cómo es posible que quienes se dicen «preocupados por el país» (sus países, nuestras sociedades, el futuro colectivo) puedan ignorar el tipo de contaminación que produce el entretenimiento de masas? Y no hablo solo de la FIFA. Hablo de los Juegos Olímpicos. Hablo de las carreras de Fórmula 1. Hablo de los cruceros gigantes que navegan por el Caribe mientras los huracanes se vuelven cada vez más violentos. Hablo de Black Friday, del turismo low cost que te permite volar por 20 euros a cualquier parte, del «fast fashion» que viste a medio mundo con prendas que duran tres lavadas.

No es odio al placer, no soy asceta ni puritana, disfruto viajar, me gusta la ropa bonita, disfruto un buen partido de fútbol con amigos. Pero hay un abismo entre disfrutar lo que el mundo ofrece y naturalizar un sistema que convierte el disfrute en devastación. Ese abismo se llama conciencia, pero también estructura, porque no es solo que cada uno de nosotros, como individuos, debamos reducir nuestra huella ecológica (eso es necesario pero insuficiente). Es que el propio modelo del megaevento, del espectáculo globalizado, del turismo de masas, está diseñado para ignorar sistemáticamente sus externalidades. La FIFA no calcula las emisiones de la construcción de estadios porque, sencillamente, no le conviene, y los gobiernos no presionan para que lo haga porque están demasiado ocupados frotándose las manos con la promesa de ingresos turísticos y «proyección internacional». (!)

¿Esto es lo que le calza al capitalismo de hoy? Me temo que sí (como le respondería Alicia al sombrero, cuando él pregunta si ¿acaso ha perdido la cabeza?). Estamos pues, ante un capitalismo que ya no necesita justificarse como progreso, como desarrollo, como bienestar para todos. Un capitalismo que se ha desnudado y muestra su esqueleto a plena luz del día (¡y vaya que quema!) la acumulación por la acumulación, el crecimiento por el crecimiento, el espectáculo por el espectáculo. Y si ese espectáculo quema el planeta, pues se quema. Siempre habrá otra isla que comprar, otro estadio que construir, otro patrocinador petrolero (Aramco, Gazprom, Qatar Energy) dispuesto a poner su dinero en la camiseta de un árbitro. 

Coda (y no flamenca)

Escribo esta coda para decir algo claro: No escribo desde la virtud.

Lo digo claro porque el gesto moralista me parece, en el mejor de los casos, ingenuo, y en el peor, hipócrita. No soy una persona mejor que quienes organizan mundiales o compran islas, no soy más pura, más austera, más coherente. He volado en aviones sabiendo lo que emiten, he mirado para otro lado más veces de las que quiero recordar. No hay pureza en esta esquina.

Porque el problema no es que los poderosos sean malos y nosotros buenos, ese cuento infantil es justo lo que el sistema necesita para seguir funcionando. Mientras nos entretenemos señalando a los villanos (la FIFA, los Trump, las petroleras, los señores feudales) nos sentimos un poco mejor con nosotros mismos y no tocamos la estructura que los produce. La moralina es el opio del progresismo porque te hace creer que condenar es suficiente, que indignarse es ya un acto político, que señalar al culpable te absuelve de mirar tu propia complicidad. Y he caído tantas veces en ese hueco…  para deducir que no funciona así.

La verdad incómoda es que el sistema que permite el Mundial contaminante y la isla privada no es un monstruo externo. Es la trama donde vivimos. Nosotros, los que leen esta columna, quien la escribe, estamos dentro. Pagamos impuestos, construimos, viajamos, votamos, a veces. Y sobre todo, hacemos nada que realmente incomode la maquinaria. Porque incomodar la maquinaria tiene un costo. 

La isla de Sazan es la consecuencia lógica de un sistema donde el dinero puede comprar territorios, voluntades políticas, leyes a medida. Kushner y Trump no son anomalías, son la expresión más honesta del capitalismo, el que puede, compra. El que puede, excluye, el que puede, declara «esto es mío» y no hay argumento que valga porque el argumento se llama propiedad privada y es la religión sagrada de este mundo. Señalarlos a ellos es fácil, un poco más difícil es preguntarse por qué el gobierno albanés aceptó el trato, más difícil es preguntarse qué otras islas se están vendiendo en silencio, qué otras costas se privatizan sin que los medios lo cuenten. Más difícil es preguntarse si nosotros, en nuestra escala modesta, no hacemos lo mismo cuando cercamos un pedazo de tierra y decimos «esto es solo mío».

Y déjenme escribir algo, no hay salida individual, porque esa es otra verdad que los discursos moralistas prefieren ocultar, porque la salida individual vende. 

Reciclaje. 

Bombillas de bajo consumo. 

Dejar de usar popotes. 

Todo eso está bien, pero no va a detener un Mundial ni a devolver una isla al dominio público. Las soluciones individuales son el parche que el sistema nos ofrece para que no pidamos cambios estructurales. 

Pero, ojo, no escribo para absolverme, escribo para nombrar. Y nombrar, en este caso, es decir que no hay inocentes, no hay afuera, porque la crítica que no reconoce su propia complicidad es una forma más de autoengaño. La lucidez, en cambio, empieza cuando aceptamos que estamos dentro, que el sistema que criticamos nos constituye, que no hay un lugar limpio desde el cual señalar sin mancharse.

Pero también sé (y quiero decirlo con la misma honestidad) que el fútbol no es solo el negocio, es también esa cosa rara y hermosa que ocurre en las canchas de barrio, en las plazas, en los patios traseros. Entiendo, realmente comprendo, esa emoción colectiva nostálgica que nos permite sentir pertenencia con un equipo, con una selección, con un gol que ni siquiera fue nuestro pero lo celebramos como si lo fuera. Entiendo que el fútbol es uno de los deportes más populares del mundo, y que en lo popular, justo en lo popular, surge una condición de cercanía que el poder nunca ha logrado fabricar del todo. Porque en una vida que trabaja para vivir lo popular no es una opción, es a la vez un oxígeno, un descanso, la certeza de que hay algo más allá del sueldo y la factura y la jornada interminable. 

Y yo no vengo a decirle a alguien que deje de querer el fútbol. Pero sí vengo a decir que el escape no nos cueste el mundo, que la emoción no nos impida mirar, que la pertenencia no nos convierta en cómplices silenciosos de un sistema que usa esa misma pertenencia para seguir quemando todo lo demás.

Fuentes consultadas:

– Scientists for Global Responsibility, Environmental Defense Fund & Cool Down (2025). FIFA’s climate blind spot: the men’s World Cup in a warming world.

– Loughborough University (2026). «FIFA Men’s World Cup risks being most polluting event in history».

– Euronews (2026). «The dark side of the 2026 World Cup: more flights, more emissions, more climate crisis».

– Los Angeles Times (2026). [reportaje sobre el Mundial 2026]

– The Guardian (2025). «Trump family and Kushner plan to turn undeveloped Mediterranean island into resort».

– Al Jazeera (2026). «Why the Kushners’ plan to build an Albanian resort has sparked protests».

– NBC News (2026). «Kushner luxury resort plan protests Albania».

– Forbes (2026). «Why Jared Kushner and Ivanka Trump’s Albanian resort plans are under fire».