SOCIOLOGÍA Y CRÓNICA

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De los barrios o el arrabal que para el poder político o clases sociales encumbradas son parte de escenarios que no quieren ver ni hablar de ellos. Por eso al salir a la luz pública la película del español Luis Buñuel Los olvidados, se le vino encima todo tipo de ataques, incluyendo el decirle que ¿Cómo un exiliado que era recibido en México podía tratar tan mal al país haciéndole aparecer tan feo? Esas críticas a Buñuel me parece que le hicieron perder algo de afecto por nuestra patria, pues las censuras, que no críticas a la calidad de su película, le dieron el rostro feo de un México que siendo anfitrión le reclamaba por algo que estaba ahí, en la Ciudad de los Palacios después de más de cien años de vida independiente.

Sí, me viene de pensar en Javier Ariceaga en esa corriente de cronistas que en la música, se cubre con Chava Flores; en caricatura, con Gabriel Vargas y en el cine con Luis Buñuel pese a quien le pese. Cuenta don Javier: Y como no trato de quedarme atrás, como suelen decir los que pican piedra, antes de que terminen los sexenios relataremos los que más nos agradó en los buenos tiempos de los “Panchos”, esos tiempos impregnados de nostalgia y cuyas melodías ahora son incluidas en cine, radio y televisión solamente cuando presentan alguna novelucha acaecida en los arrabales. Sus sinceras palabras que no lo retratan de cuerpo entero, leo: Y como parte de esta leyenda de los “barrios bajos”, como suelen llamarlos los que no han vivido en ellos, y que son lugares conocidos por todos, aportamos la historia verdadera, Orlando sus angustias con nostálgica melancolía y arropándola en nuestro ser con el romanticismo provinciano y cursi, ya que sin esa cursilería que ya le hace falta al ser humano para ser más humano; acaso no escribiríamos el relato fiel de una existencia que inicia su declive impregnada de sollozos y una que otra sonrisa disfrazada.

Es uno de nuestros cronistas que menos importancia le dio a lo que escribió: en esa manera soberbia, de creer que se está inventando la lengua. Él no, simple y sencillo, agradable a más no poder, fue amigo de sus amigos, de todas edades, pues no hizo distingos entre los poderosos funcionarios o ricos del momento con quienes convivió de cerca en la fortuna y la tristeza, en el amor y el desamor.

Es de un cuerpo el Cronista que define Toluca en esos lugares que peyorativamente se les llamaba arrabales por aquellos del centro que lo mismo en Buenos Aires, con la experiencia de Jorge Luis Borges de tener que sufrir la vergüenza de ir a vivir más lejos de la zona centro de la gran Ciudad, pues a la muerte de su padre los llevó a tener que vivir con menos dinero.

Escritor mexiquense en su totalidad, pero de esos mexiquenses que en barrio ver la vida en serio. Pero también supo de la belleza del paisaje y para muestra está su libro   …Así era mi Valle / relatos y otras cosas de Valle de Bravo. Debo citar textos de este libro porque nos refleja el alma tan extensa con referencia a lo humano y a su escenario de vida, que en el caso de Valle de Bravo cambia literalmente en otro. Así lo leemos en este otro libro fundamental en la bibliografía de Javier Ariceaga: Algunos escritores buscan en sus obras el escape a sus inquietudes, logrando ediciones importantes que son del agrado de muchos. Otros, documentándose en volúmenes históricos y preguntando aquí y allá, tienen el éxito asegurado con el estilo que más gusta a sus lectores. Pero este aprendiz de relator sólo pudo ofrecer parte de sus vivencias arrebatadas al recuerdo, ese recuerdo impregnado de sucesos reales acaecidos en un pueblo que siempre será bello, lugar donde rescatamos lo chusco y lo tradicional que está a punto de perecer absorbido por el torbellino del olvido. Alma de cronista en el fondo de toda su tarea en vida, Ariceaga, que era sobre todo un ser sencillo y humilde en sus letras: sencillez que pone en el papel y le hace más profundamente cronista. Pues sabe que relata las cosas como son, sin ningún sentimiento de altanería ni soberbia. Eso le hace grande entre todos aquellos que viviendo el siglo XX supieron ser leales a sus circunstancias, a todo aquello que pasó ante sus ojos y fue tomado en su momento por las manos para aferrar las cosas o para acariciarlas si fuera necesario con pación o ternura. Nada les fue negado y sólo ellos, esa generación de cronistas para el bien de Toluca que nacieron entre 1910 y 1930, en sus textos que van de un lado a otro en pleno siglo XX, nos recuerdan que las cosas están hechas del presente.

El escribe: Al recuperar esos viejos aconteceres de la entonces turbulenta juventud, logramos mirar con cierta crudeza lo que en otros años vimos con ilusión. No por ello dejamos pasar desapercibidos las anécdotas inolvidables de un hermoso lugar que fue inocente, como todos los pueblos de la provincia mexicana; ya que nuestra existencia, como la de muchos conocidos, no tuvo ni un rato de calma que alegrara el cielo de nuestro corazón. Ser cronista de verdad tiene entre sus cualidades el hablar y escribir con el corazón en la mano. Eso hace que el texto de Alfonso Sánchez García: San Juan Chiquito / un barrio de Toluca, los dos libros que tengo aquí en mi escritorio de Javier Ariceaga: … Así era mi Valle / Relatos y otras cosas de Valle de Bravo y El último farol, sean ejemplo de la verdadera manera de decir las cosas desde la crónica pueblerina o suburbana. Esos terrenos de la microhistoria tanto del pueblo de Gracia de Luis González, como la de nuestros dos magníficos cronistas que son escuela eterna para quien desee seguir la huella de tales escritores. Las palabras de su libro …Así era mi Valle, son elocuentes: Todo este maremágnum de relatos, algunos jocosos, pero interesantes, sucedieron en Valle de Bravo, lugar sin igual que se aferra al pasado a pesar de la avalancha modernista, que destroza culturas y que procede de sectores ajenos a nuestra costumbre; pero su gente, que todavía sabe diferenciar la calidad humana que existe entre el egoísmo y la ternura; logrado a base de cariño donde el relato abraza el paisaje aunado a los chismes picudos de sus habitantes. Palabras que nos hablan de un cronista de verdad, que sabe que sus palabras lo único que hacen es aferrar la realidad que escapa en fracciones de instantes. El Cronista es precisamente ese escritor o escritora que toma lo que sucede y lo mete en la cárcel de sus palabras, para que los presentes y las futuras generaciones sepan lo que sucedió y sucede.

Por eso escribe en el libro   …Así era mi Valle: Vaya pues, con el afecto de siempre, este relato largo. Y si mis pobres palabras carecen de la prosa elegante de esa gramática fina que utilizan otros escritores… que Dios me perdone. Sí, enamorado recuerdo las palabras de un escritor de prosapia: Alejandro Ariceaga que heredó el amor por las letras que Javier Ariceaga tuvo por las mismas. Es la prosa elegante, bella, fina, suave y dura a la vez, de Alejandro por la que no puede quedar prendado, pero lo que sucede con Javier es que lo que escribe viene del pueblo sin taparrabo ni vestidura alguna que le haga perder su esencia. En esa limpidez es que uno se va quedando cuando se leen sus capítulos que se desgranan uno a uno con rapidez, sencillez que arroba, humildad de aquél que siendo cronista de verdad, cuenta las cosas sin más, sin adornarlas con esa grandielocuencia, que tanto le quita valor al objetivo de contar las cosas, o que hace que la poesía en lugar de serlo, sea una tarea de la oratoria vacía aunque sea dicha por un orador que cree que con la sola voz poderosa se puede hablar en una plaza atestada de gente, sin saber que sus sofismas han de terminar aburriendo a quien sabe, inteligentemente, que sólo habla el lorito diciendo mentiras. Mientras el que nació y es cronista, queda por siempre en sus sinceras palabras al relatar lo que sucede o ha sucedido. La crónica es el palpitar de la existencia humana y no humana, es el corazón de nuestra vida real que, en sístole y diástole, informa de las cosas tal cual son. Ariceaga en ello, es un maestro.