¿Somos inteligentes?
Los seres humanos dejamos de ser entes inteligentes; desde hace ya muchos años, se prioriza todo, menos la estabilidad personal, en esa ruta, trabajamos en exceso, nos dedicamos a dañar al otro (incluso inconscientemente), nos dejamos llevar por algún vicio o sencillamente optamos por no avanzar hacia nuevos retos.
Los puristas, nos dicen que la inteligencia es la capacidad de entender, asimilar, elaborar información y utilizarla para resolver problemas y está ligada a funciones mentales como percepción y memoria.
Lo irónico es que ni entendemos, mucho menos asimilamos y carecemos de habilidades para elaborar información adecuadamente, y lejos de solucionar problemas, parece que disfrutamos generándolos; si es cierto que tiene que ver con la percepción y también damos por buena la idea de que tiene que ver con la memoria.
Entonces, se trata de un contrasentido interesante, que desde la misma definición genera puntos de divergencia; nos negamos a ser inteligentes y gozamos de todo aquello que vaya en contra del sentido común o la lógica más elemental.
Hay quienes, viendo las cosas con claridad, teniendo evidencia de las circunstancias, testimoniando incluso lo que la gente cuenta, deciden hacer cosas o estar con personas que a tres universos de distancia muestran características nocivas, ventajosas u oportunistas que acabarán por conflictuarnos la propia existencia.
Otros optan por fingir demencia y, a pesar de las circunstancias, niegan la realidad y se enfrascan en retos, relaciones, interacciones o condiciones de riesgo, bajo el argumento de que no pasa nada o peor aún, ignorando lo que la percepción va dejando como rastros indelebles.
Versa el adagio, no hay peor ciego que el que no quiere ver, y eso ha sido causal de innumerables historias desastrosas en el devenir del tiempo; el exceso de confianza de Napoleón Bonaparte, la duda de si entrar o no a la capital del país de Miguel Hidalgo o la excesiva nobleza de Mahatma Gandhi, son ejemplos de que tenemos que ir un paso delante de los hechos, haciendo valer nuestra inteligencia a través de la lectura integral de los contextos, una visión más integral de las problemáticas y una dosis de desconfianza, particularmente cuando suponemos que no hay malicia en los otros (cuando es evidente que la hay).
Tenemos que aprender a tener un poco de malicia, de esa forma evitaremos tener sorpresas desagradables y seremos capaces de anticipar las malas intenciones de tantos y tantos depredadores que rondan en todos los espacios de nuestro planeta.
Hay mucho lobo con piel de oveja, que nos da su mejor cara, incluso agradable y amable, esperando pacientemente que el interlocutor baje la guardia para atacarle y sacar provecho de las circunstancias; usualmente el último en enterarse de las intenciones de esa persona es justamente el afectado.
Finalmente, establecer que son al menos ocho las inteligencias que deben actuar de manera concomitante para una vida menos compleja: lingüística, lógico-matemática, espacial, musical, corporal-kinestésica, interpersonal, intrapersonal y naturalista.
¿Somos inteligentes?, para serlo aprendamos a ser seres humanos integrales, no nos dejemos sorprender por esos gandallas del entorno; seamos menos confiados y más racionales.
De ello dependerá nuestra supervivencia.
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