Sucedió una tarde en la Santa Veracruz

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Doña Guadalupe entró al templo de la Santa Veracruz. La obscuridad se atenúa con los fogonazos de los cirios colocados junto al altar y por desbalagadas veladoras que lanzan guiños luminosos. Silencio sepulcral, frío en el ambiente.

La católica dama a paso lento se acerca al altar. Es la hora de poner en paz su agitada conciencia, de contarle a Dios que en ella se ceba Satanás Y por lo que más quiera le pedirá que le quite ese negro pensamiento que no la deja dormir.

No quisiera recordar pero ahí metido lo tiene en el cerebro, en las nalgas, en las manos y se le calienta la vagina nada más al recordar. Y eso le pasó desde que lo vio por primera vez, desde que oyó su voz, desde que le abrió la puerta de recia madera:

– Mire señora, vengo de una nueva empresa mexicana de Monterrey que vende licuadoras… ¿ya tiene?

Y limpiándose las manos con alguito de jabón de la lavada de los trastes, lo vio: de su edad, ojo claro, fuerte, ligeramente canoso en las sienes, como Mauricio Garcés, rápido pensó la madura y todavía atractiva toluqueña.

– Este, no… no tengo ¿las vende en abonos o al contado?

Uno y otro paso la acercaban al altar de los sacrificios, cuando notó que en el confesionario había acción: tres damas hincadas, contritas hacían fila para confesarse.

Lupita siguió con su interior soliloquio:

– Como usted guste, como se acomode. Puede ser al contado y créame que es buen precio, 240 pesos, ¿no le había dicho?

– No… ¿y en cuantos abonos?

– No se lo recomiendo. Apenas se instaló la oficina aquí en la calle de Hidalgo y los abogados de aquí, ¿no se ofende?, me dan mala espina.

Lupita recuerda cómo se sorprendió con el rasgo de sinceridad. Acostumbrada a guardar cosas en su interior, la franqueza del fuereño la volvió a desarmar:

– ¿Casada o soltera? El tipo la puso en el paredón.

– Casada con un hijo de 16 y una joven de 13 años.

– No se ve. Está usted todavía muy guapa.

Lupita, –tía Lupita para los demás– en este momento en que se sentaba en la banca  próxima al confesionario gustosamente se apenó recordando cómo hasta se trabó:

-Gra-gracias… y…

Lupita lo deseaba y no, que alguien pasara por la calle de piedritas, que a su comadre Francia se le ocurriera irle a pedir dos piezas de panela para hacer el atole de ciruela, pero nada, sólo el lejanísimo silbido de un carrito de camotes. Su corazón latió más rápido cuando el vendedor regiomontano se presentó:

– Por cierto, me llamo José María Treviño, me dicen Chema, ¿y usted guapa?

– Guadalupe Antúnez de Gar… cía.

– ¿Lupita?

– Mjuu.

La guapa jamona notó que sin querer entraba en confianza y en calor y en su interior, como fogonazo colérico salió a colación su matrimonio por interés con el indio de Filemón. Hija con él no pasarás hambres… ah que mi mamá.

– Lupita, nosotros los de por allá somos francos. Me encantas…

 Ella instintivamente se hizo hacia atrás

-¿Puedo verte hoy en la tarde?, mañana nos regresamos a Monterrey.

Doña Guadalupe –mejor Lupita– vio que entre ella y la rejilla del confesionario,  lavadero de presuntas culpas, sólo había una dama que reptando se acercaba a contarle al padre sus errores. Siguió montada en el recuerdo:

– So -soy cas… ada.

– Que le hace, yo también. Mía nomás, que ojos, que boca, que carnes, ¿puedo entrar?

Lupe pensó en cerrarle la puerta en las narices, en mandarle un mandoble, en llamar a vecinos, pero pudo más su líbido insatisfecho y cedió. Lo dejó entrar y la recia puerta de madera se fue cerrando po-co a po-co, hasta que ¡tras!, se cerró del todo.

Y ahí mismo junto al recio zaguán de madera de nogal se desarrolló el drama gozoso que hoy la tiene aquí ¿Desde cuándo –nunca, mejor sería la palabra– que  unas manos golosas no recorrían la geografía de su cuerpo?, ¿qué sentía –como en las películas italianas que pasaba el Cine Rex– que con calientísimo deseo le  quitaran la ropa, incluidas las pantaletas que nada más ella sabía que eran color de rosa? Y mch, mch, ella pecando de adulterio respondía beso con beso, y soltándose era cómplice y actriz de su propio drama hasta que el frenesí de la introducción la hizo gemir de placer y dos días después sonreír cuando supo lo que significaba la palabrita en la que nunca había reparado: orgasmo.

Recuerda cómo ambos, jadeosos, apurados, exploraron, descarados, pechos, nalgas chupadas de pezones, el dedo que se introduce en su ano y luego la penetración una y otra vez por fin felices, terminaron la labor. Y ahora era Lupita la que abriendo con trabajos la puerta veía que en la calle no hubiera moros en la costa.

Último beso y adiós. El hombre no vendió y Lupe no compró, pero, ¿quién le iba a decir que ese pinche hombre –perdón– ese norteño llamado Chema, jamás se le  iba a olvidar?

– Le toca. Una dama, pálido el semblante y vestida de riguroso luto la conminó a hincarse frente a la rejilla del confesionario.

Doña Lupe –mejor Lupita la guapona como le dijo el norteño– se levantó previendo  el ritual: la espantadez del padre, su filípica para que no vuelva a caer en lujuria y adulterio y luego ordenarle rezar el montón de aves marías y padres nuestros, de ahí que pensándolo mejor, Lupe la guapa, siguió su camino hacia el santísimo Cristo Negro, a quien –sin intermediarios morbosos y asustadizos– le contará lo sucedido,  pidiéndole de paso que le haga el milagro –perdón– de que ojalá regrese el norteño cabrón… perdón.