Taxi nocturno
Ni modo. Luis tuvo que aceptar el turno de la noche del taxi.
– O la noche o nada. El patrón le dio a escoger de la única sopa que quedaba. Y comenzó la vorágine desde las 10 de la noche. Circulaba y apenas vio que le hacían señas: Subió una pareja encorajinada:
– ¡¿,Y ahora pendeja?!
– ¡Ahora qué!… tu tuviste la culpa, ¿Cuándo me procuraste una nueva vida… perdón, a Héroes de la Libertad 523, en la Obrera… Sabe?
– Si, por supuesto.
Era un presunto engaño amoroso, adulterio de ella, y las voces subieron de tono hasta llegar a los golpes.
La parte posterior del taxi nomás se simbraba. Echando chispas llegaron a su destino.
– Son $187 pesos. Cobró.
– Ten y te quedas con el vuelto. Le dieron 2 billetes de a $100. ¡Ven hija de la chingada! Y en plena calle siguió el sanquintín.
Encendió la luz de taxi y desde la central le hablaron:
– ¿Estas cerca del Hospital de la Raza?
– Cerca, cerca no, pero por ahí.
– Ve a recoger a Brenda, la reconocerás, este toda de blanco, es enfermera.
En la solitaria explanada del nosocomio recogió a una dama perdida en sus pensamientos.
– ¿A dónde vamos señito?
– A Degollado 113, en la Guerrero.
Ok.
La dama se arrebujó, se colocó bien el tapabocas y sin decir agua va comenzó a llorar.
Era un llanto callado, tristísimo y el buen taxista no osó interrumpir.
Pasaba unas calles alumbradas y en una pausa preguntó:
– ¿Algo malo?
Ella tardó un poco.
– Todo. A unos les toca hasta mal morir: Me tocó, turno de 24 horas y vi morir a una pareja de ancianos, que… ¡cómo se, –sniff–, querían! Y ni modo… se fueron.
Silencio.
Al llegar a su destino, la dama de blanco preguntó:
– ¿Cuánto fue?
– Nada, gente como usted, ya muy poca. Que descanse.
De nuevo puso la torreta de TAXI y durante un tiempo… nada, y de pronto al dar vuelta por la Avenida Cuauhtémoc un par de tambaleantes tipos le hicieron la parada.
¿Los subo? Y pudo más la necesidad.
– Mi es… mies, timado ¿no tie-ne mie-do de don-de va-mos?
– No caballero, ¿dígame usted?
– A al Cabaret A-rena en Tol-tecas, ¿sa-bes?
– Sí señor, no creo que esté abierto, por la Pandemia.
– ¿Es, es por más ba-ro? Güey… ¡Ten!
Luis tomó el billete de $500 y el semidormido que no había hablado se le encaró a su compa:
– Hic, no, no que hic, perdón, no, hic…
Y el taxista al ver que iba a vomitar, paró en seco y lo conminó:
– Salga y haga su gracia afuera.
Solo un chorrito sacó el briago dentro del coche. Se bajó y ¡guau!, la guácara abrillantó el pavimento. Al bajarse el acompañante. Luis arrancó y dejó al par de briagos a su suerte.
Un ligero olor a miasma sutil perfumó el taxi. Le voy a echar lavanda. Roció el spray y al momento le hizo la parada una dama en minifalda, gruesa, con los lentes oscuros debajo de las cejas.
– ¿Cuánto por llevarme a la Central de Autobuses de Observatorio?
– Lo que marque el taxímetro.
– Ooorale…
Y así, caballero tras caballero, dama tras dama, drama tras drama en la noche-madrugada, hasta que a las 8 am llego al puesto de pancita de Peralvillo al que Luis desde cuando es asiduo comensal, se sentó y cuando le echaba limón y cebolla a su carmesí guisado, la dueña-mesera le dijo una frase que lo hizo sonreír:
– ¿Qué le dieron el turno de noche?, la chamba de usted don Luisito ha de ser medio aburrida, o no.
Y este pensó: si Chucha.

