Teresa, mi Má
Estamos a inicios de octubre, la fecha me recuerda que el quince será tu cumpleaños. Una celebración que ya no duele a fiesta, la paz de la resignación y la sabia vida me han dado la tranquilidad de escribirte sin tapujos de sufrimiento: se cumplirán seis años de tu adiós.
Hoy tu carita morena de rostro firme, tu mirada resuelta, tu menudo cuerpo, tus manos trabajadoras y amorosas las tengo presentes con una serenidad que pensé, nunca llegaría.
Este trece de diciembre, ya no tiene la zozobra de la ausencia, tampoco el llanto triste de la hija ausente de madre. Te pienso, te siento y te recuerdo con la firmeza de quien sabe de tu magnánima presencia y esencia heredada en cada uno de los tuyos: los hijos de Teresa.
A tus cuatro añitos, iniciaste una vida escalona en el trabajo. Alguna vez me contaste que te subieron en un banco improvisado para lavar los trastes, que fuiste muy pequeña para cargar con tu rebozo a los bebés de la familia; una infanta haciendo labor de madre chiquita para después ser, la gran Má de la familia.
Floreciste como niña mujer a tus catorce años, te enamoraste de un solo hombre en tu vida: ¡Tu Juan! Diste luz a mi hermana Rosa antes de los quince. Estuviste para mis cinco hermanas y ocho hombres, además de las nietas y primos que crecieron entre nosotros.
Fuiste abuela de innumerables nietos que te adoraron en nombre no de abuela, sino de Má. Hijos y nietos albergados por tu alma, por tu mente, por tus manos, por tu mandil. Fuiste proveedora del alimento espiritual que legaste a cada uno de nosotros: tus descendientes.
Tu espíritu de abeja reina, direccionó el amor por la vida y el sagrado trabajo, ¿Qué te equivocaste? Como todo ser humano que viene a aprender de la terrenal convivencia. Para mí eres ideal, porque en esa frágil e imperfecta vida humana, se encuentran los más sublimes entendimientos del alma.
Para ti y para mí, el aprendizaje divinamente compartido, ha sido la sabiduría de Dios en esta comunión universal de ser, tu mi madre y yo, tu hija.

