Tierras desposadas

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Hace un par de días, ha empezado a correr una noticia por el Continente Americano que, a los peruanos, tristemente no nos dice nada nuevo: es algo que aceptamos sobre nuestro país como uno más de los problemas que tenemos interiorizado y que vivimos con resignación y vergüenza. Concretamente, me refiero a la exportación de pieles de vicuña al exterior y los beneficios ínfimos que la práctica trae para sus productores naturales: miembros de comunidades indígenas abandonadas por el Estado desde hace décadas. 

Siendo breves, se ha hecho público que una de las firmas que ofrece los productos de mayor calidad y prestigio en Europa, a partir de esta materia prima única del Perú, mantiene a sus productores en un régimen de trabajo no remunerado desde hace ya varios años, amparándose en los paquetes legislativos que Alberto Fujimori promulgó para que se pudiese saquear al Perú sin cometer delito alguno.

El asunto, como decimos, sorprende tanto al europeo como al americano. Pues, en la mayoría de lugares que se ven sabedores de tesoros naturales como a los que nos hemos venido refiriendo, los esfuerzos por progresar en tanto naciones a base de ellos han sido una prioridad para evitar la servidumbre y el saqueo extranjero. El caso del Perú es el contrario: mes a mes, sus riquezas salían a rifa y a puja por sus mismos ministros y mandatarios, mientras que la prensa se esforzaba en maquillar todas estas arbitrariedades como logros propios de un país que, aparentemente, se había vuelto una potencia económica inalcanzable.

Hay quienes todavía piensan que como iniciamos tarde la carrera del desarrollo y de la cultura, lo mejor es dejarse manejar por las naciones más avanzadas. Ojo que, nada tiene de malo aprender de aquello en lo que el otro es virtuoso y hasta ejemplar. Lo problemático es pensar que la solución a nuestros problemas será abandonarnos al extranjero, o pensar que debemos completar una liberación total del extranjero. Lo problemático es, que el Perú sigue respondiendo como un menor de edad del mundo contemporáneo, como decía Salazar Bondy.

 

Dado todo esto, pregunto: ¿no es abrumadora la manera en que este problema y todos los actuales que giran en torno a la cuestión indígena calzan con lo dicho por Mariátegui en su segundo ensayo? Naturalmente, el universo del Amauta debe tomarse con pinzas y saber entenderse. No cabe duda de que ha sido leído muchas veces con enorme torpeza y tosquedad, exagerando sus presupuestos y ánimos hasta extremos que nos gustaría poder olvidar. Pero, ¿acaso darle voz en el siglo XXI nos convierte automáticamente en expropiadores que quieren encerrarse en sí mismos y en el atraso, como pretenden los sectores más vulgarmente liberales? Por supuesto que no. 

La lectura de Mariátegui en pleno siglo XXI simplemente asegura que uno sea capaz de comprender y valorar debidamente la cuestión indígena, liberándonos de los quicios que tenemos por correctos para entenderla, y así poder dar un giro radical para enfocarnos en lo que su lenguaje quiere confesarnos y que nosotros no podemos ver por colocar racionalidad occidental donde debe hablar la gramática indígena. Pues, es en ella y en ver los contextos socioeconómicos en los que se desenvolvió el indígena, vistos desde sus propios ojos, en donde la cuestión se esclarece. 

Donde uno ve con claridad cuáles son las causas y los factores determinantes de las diferencias entre razas y etnias en los albores de la realidad peruana. Donde, en suma, se desciende desde los cielos racionalistas hasta el subsuelo indígena y comprendemos lo que realmente este quería decirnos.