Triste ingratitud
La insensatez humana no tiene límites, una muestra clara es la postura violenta del presidente ruso, Vladimir Putin, quien contraponiéndose a todo protocolo internacional y haciendo alarde de un absurdo poder, decide invadir Ucrania para establecer su juego geográfico. Más allá de las razones, que pueden ser analizadas, no es con un conflicto como se arreglan las diferencias; lo triste del caso, es que esa misma conducta es el pan de todos los días en el mundo entero. Hemos dejado de valorar la vida, hemos dejado de apreciar nuestra libertad, hemos dejado de reconocer lo que otros hacen por nosotros.
Quien de facto agrede, resulta por definición un malagradecido; de manera tácita está renunciado a su capacidad cognitiva para la solución de conflictos y deja ver su lado más perverso.
¿Debería sorprendernos?, me parece que no, porque en el día a día encontramos hijos que sin valorar el esfuerzo de sus padres, son incapaces de lavar un plato, tender una cama o arreglar un cuarto porque asumen que el padre o madre es una especie de esclavo, a su servicio, mucho menos cuidarlos en edad avanzada, a pesar de que durante su niñez siempre recibieron atención. Ingratitud en todo su esplendor.
Lo mismo sucede con familiares que son maravillosamente lindos cuando tienen interés de por medio, pero insensibles cuando se trata de ser recíprocos; personas que son capaces de pedir apoyo para comprar un auto nuevo, pero incapaces de echar la mano cuando se trata de llevar a su financiador a una cita médica; gente que cuando requiere de dinero te habla, te sonríe, te platica, te convence por su extrema amabilidad, pero una vez que recibe el apoyo te ignora, te da la vuelta y hasta se ofende cuando le recuerdas que hay una deuda pendiente por pagar.
Y qué decir de individuos que reciben apoyos, por ejemplo, de las escuelas en las que están sus hijos, en tanto hay atención especializada y personal para sus vástagos, apoyo permanente en el envío y revisión de materiales, voluntad por resolver sus inquietudes, pero, ante cualquier decisión institucional que les incomode, son capaces de manifestar su descontento en cuanto foro encuentran, hablando pestes de quienes jamás les han faltado al respeto y, por el contrario, les han brindado confianza y apoyo. ¡Hágame usted el favor!
No podemos dejar de referir a colaboradores de muchos espacios de trabajo que, a pesar de tener la fortuna de contar con un empleo, con un salario digno y con prestaciones superiores a la Ley, se encargan de difundir rumores, inventar chismes y dar puñaladas traperas sin percatarse que todo lo mal que hablan de sus chambas acaba siendo hablar de ellos mismos.
Las personas ingratas no son capaces de identificar los gestos amables, sus gafas son obscuras, su corazón como un témpano de hielo y su cerebro falto de inteligencia emocional; de nueva cuenta debemos aludir a la falta de educación, si desde casa no somos capaces de modelar estas conductas, difícilmente obtendremos resultados positivos.
No podemos morder la mano que nos da de comer, bueno, no deberíamos.
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