Triunfos falaces
Vivimos en un mundo que busca el relumbrón, que se nutre de superficialidades y que se empecina en mostrar, al otro, caretas que no reflejan la esencia de las personas.
Damos demasiada importancia a lo material y olvidamos que lo trascendente es lo que poseemos y somos capaces de dar al otro; la generosidad parece ser sólo una palabra, sin sentido, sin un significado real.
Pensamos que porque comemos en un restaurante lujoso somos exitosos, cuando el verdadero valor radica en tener la posibilidad de consumir alimentos con los seres queridos; de nada sirve una suculenta comida si no se disfruta con aquellos que amamos.
Asumimos que el ostentar un cargo, por pequeño que éste sea, nos da el derecho de empoderarnos al punto de humillar a todo y todos, porque nos asumimos dioses con derechos inagotables o porque queremos mostrar una cara ruda por una, muy probable, falta de autoestima.
Creería usted que hay padres de familia que, por una intolerancia extrema, son capaces de ir con la autoridad escolar, literalmente, a exigir que un niño sea expulsado porque en sus cabezas existe la idea de una persecución en contra de sus hijos; todavía peor, presumen a los cuatro vientos que, en caso de lograr el objetivo, el pequeño en cuestión habría salido porque yo conseguí que lo corrieran. ¿Tan perversos somos?, ¿Cómo es posible que un adulto disfrute que un menor de edad sea reprimido? ¿La actitud sería la misma si se tratara de sus hijos?
Buscamos ganar a toda costa; desde el mal trabajador que finge una enfermedad para no asistir a laborar, hasta el padre de familia que es capaz de conseguir un falsificante en el que se asegura que sus hijos estuvieron enfermos, mientras que los propios niños cuentan a sus compañeros que la pasaron de lujo en Puerto Vallarta.
El tema es mostrar que somos más fregones, que somos los no pierdo una; que un vecino cambió de auto, busco la manera de comprarme uno más caro; que el hijo de la comadre tiene buenas calificaciones, pues el mío es casi un erudito y habla francés, chino mandarín, toca el piano, baila salsa y hasta canta como los ángeles; que un conocido acaba de ganar un premio, pues me encargo de difundir el rumor de que lo compró a la mala.
Llenamos nuestras vidas de triunfos falaces, sin sentido, sin mérito; nos hemos transformado en entes que compiten sin sentido y que no muestran respeto por el otro; hay que pasar por encima de quien sea con tal de obtener ese anhelado reconocimiento.
¡Vamos!, hasta en las pláticas informales escuchamos que, si a una persona le pegan, a la otra le pegan y la patean; una tercera argumentará que no sólo le pegan y patean, ¡también le escupen! Chulada de competencia, ¿no?
El éxito debe ser construido a la buena; dejemos de estar tan preocupados por el qué dirán y centrémonos en lo verdaderamente fundamental.
Triunfos de esta forma, además de ser efímeros, contribuyen a un encono de rencor y envidia que no abona absolutamente a nada bueno.
¿Podremos intentarlo?
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