Un tinto

Views: 1070

Sin duda, cuando uno viaja, todo parece nuevo, diferente, aunque las estadías físicas son las mismas, lo diferente es diferente; los ojos interiores ven lo distinto como algo único que nos está sucediendo.

Bajo las escaleras mirándome en los espejos del pasillo, el olor a desayuno toma mi olfato, nunca he estado aquí y no sé qué pediré. 

Ya ubicada en el comedor, la joven se acerca para atenderme, amablemente le preguntó: –¿Qué me sugiere para desayunar que sea tradicional de Barranquilla? Me da una serie de sugerencias, ya decidido lo que quiero, me pregunta: –¿También quiere un tinto? Me quedo pensando –¿Un tinto en el desayuno? Interiormente pienso, – Quizá así sea la costumbre. Indecisa le contesto, – Sí, está bien.

Mientras llega el desayuno veo cada uno de los detalles, los colores, la gente, huelo

los titilantes sabores, sonrío. Como niña con juguete nuevo, recibo el almuerzo, miro sus colores, paladeo sus consistencias, degusto d e s p a c i o tratando de retener y desconfigurar cada una de los ingredientes conocidos y desconocidos… ¡todo es asombroso!

Pruebo el café con leche, cierro los ojos para recogerme a mi infancia mientras sostengo la taza con ambas manos a la altura de la boca, como si lo consagrara a mis labios. 

Uno de los jóvenes me observa entretenido. Sonrientemente divertido se acerca y me dice: – ¿Quiere otro tinto? Lo miro desconcertada, no entiendo porque el vino nunca me lo dio. Con grandes ojos le digo: – ¿Cómo, si no me has traído ningún tinto? 

Ahora la mirada de él es de indignación, me pone en la mira por unos segundos, se repone de un ligero enojo y me espeta muy seguro – Sí señora, claro que se lo he traído, el tinto es el café con leche que acá le acabo de traer.