Una efímera reflexión de la existencia de la enfermedad COVID 19

Views: 1740

Hoy se requiere hablar de que estamos en un modelo en crisis, que el desarrollo sustentable pretende aliviar, sin avocarse al tratamiento de la patología que lo origina. De aquí que es necesario construir una nueva normalidad, que no puede ser como una normalidad pre-pandemia. Por tanto, se requiere de una impostergable reflexión, diversa e inclusiva, desde el seno de la comunidad científica, con la apertura para admitir otras visiones y conocimientos que tienen mucho que aportar desde otras formas de coexistir con la naturaleza. Así es que sea cual sea el origen del SARS-CoV-2, todas las hipótesis se remiten a un mismo tema, a saber, un modelo de desarrollo donde la cosificación de la naturaleza, como entidad ajena para el ser humano, la convierte paradójicamente en una amenaza para la vida humana. Este modelo de desarrollo recibe, en nombre del crecimiento, un impulso casi unánime tanto desde los enfoques capitalistas como socialista: el primero con el propósito de acumular capital y el segundo con el objetivo de alcanzar una justa redistribución de las riquezas, obtenidas en ambos casos a partir de la explotación de la naturaleza.

 

Pero más allá de la desigualdad entre las responsabilidades del deterioro ambiental y la inequidad en la distribución global de los beneficios derivados de su explotación, la normalidad a la cual hoy aspira la sociedad global esta soportada en un aprovechamiento que demanda cantidades de energía y materia que el planeta no está en capacidad de ofrecer. Así que mientras los sistemas de extracción y producción se aprestan a iniciar un proceso súper productivo para la recuperación de los niveles de crecimiento perdidos por el frenazo económico dela Covid-19, el cual, por cierto, continúa sin fecha de retroceso; las perspectivas sobre la base de los indicadores socio-ambientales auguran el retorno a una normalidad firmada por ecosistemas exhaustos, y sociedades cada vez más fragmentadas y excluidas. Entonces, en este marco en que hoy  se nos presentan en tiempo real los números de positivos y muy lamentables muertes Covid-19 en cada rincón del planeta, pero nunca se nos informó con semejante minuciosidad las estadísticas de la normalidad pre-pandemia, especialmente de la realidad social y ambiental.

 

Se ha producido una avalancha de información sin precedentes en torno a la Covid-19. Gran cantidad de informaciones asociadas y una tasa de actualización en tiempo real, desde fuentes diversas: organismos multilaterales, como la Organización Mundial de la Salud (OMS), instituciones científicas, como la Universidad John Hopkins, todos los medios de comunicación en sus diversas plataformas y nuevos medios extraordinariamente poderosos, como lo son las redes sociales. Todo esto no es ajeno a la otra pandemia: la infodemia.

 

Ahora bien, pandemias  hubo muchas en la historia, desde  la  peste negra  en  la  Edad  Media,  pasando  por  las  enfermedades que  vinieron  de  Europa  y  arrasaron  con  la  población  autóctona  en  América  en tiempos  de la conquista. Se estima que,  entre  la  gripe,  el  sarampión  y  el  tifus  murieron  entre 30  o  90  millones de personas. Más  recientemente,  todos evocan la gripe española (1918-1919),  la gripe asiática (1957), la gripe de  Hong  Kong  (1968), el VIH / SIDA (desde la década de  1980), la gripe porcina AH1N1(2009), el SARS (2002), el Ébola (2014), el MERS (coronavirus  2015), y ahora la Covid-19. Sin embargo, nunca vivimos en estado de cuarentena global, nunca pensamos que sería tan veloz la  instalación de un Estado de excepción  transitorio, un Leviatán sanitario, por la vía de  los Estados  nacionales.  En la actualidad, casi  un tercio de la humanidad se ha hallado en  situación de confinamiento obligatorio. Por  un lado, se cerraron fronteras externas, se  instalaron controles internos, se expandió el  paradigma de la seguridad y el control, se  exigió el aislamiento y el distanciamiento  social. Por otro lado, aquellos que hasta ayer  defendían políticas de reducción del Estado,  hoy rearman su discurso en torno a la  necesaria intervención estatal, se maldicen  los programas de austeridad que golpearon  de lleno la salud pública, incluso en los países del norte global. Y es un venir y bajar de estas cuestiones al unísono del capricho del virus del demonio. Retomando la idea de Leviatán climático de Geoff Mann y Joel  Wainwright,  podemos decir que estamos hoy ante la emergencia de un Leviatán sanitario  transitorio, el  cual tiene dos rostros. Por un  lado, es evidente el retorno de un Estado social. Así, las medidas que se están aplicando  en el mundo implican una intervención decidida del Estado. La situación es de tal  gravedad, ante la pérdida de empleo y los  millones de desocupados que esta crisis generará, que incluso los economistas más  liberales están pensando en un segundo New  Deal en el marco de esta gran crisis sistémica. El Leviatán sanitario viene acompañado del  Estado de excepción. Basta señalar que los  mayores controles sociales se hacen visibles en diferentes países bajo la forma de violación de los derechos, de militarización de territorios,  de  represión  de  los  sectores  más  vulnerables.

 

Por otra parte, tan  importante  es  el  cuidado  que no sólo debemos pensarlo como derecho sino también como responsabilidad. El problema de mercantilizarlo es que están  quienes pueden pagarlo y quienes no, como  todo en este capitalismo. El virus nos ha  demostrado que de nada sirve encerrarnos en  nuestras realidades fragmentadas si alcanza  con haber tocado el mismo picaporte para que nos enfermemos. La estatización, por ahora  temporaria, de  sectores privados de la salud  en varios países del mundo, muestra esta  realidad. La enfermedad la superaremos  como colectivo, o no la superaremos nunca.  Ni siquiera alcanza que un país la contenga  sino que quedó en evidencia la necesidad de una respuesta coordinada e internacional. Los  dirigentes de las naciones parecen no estar a  la altura de las circunstancias y son  nuevamente los trabajadores quienes dejan  sus avances científicos de forma abierta y libre para una producción colectiva de respuesta al virus. El aislamiento y el totalitarismo, cada país tomó medidas de la manera que le pareció. Algunos estados cedieron ante las presiones de las empresas que necesitan  seguir  produciendo a cualquier costo humano y, en otros, se implementaron cuarentenas preventivas, sabiendo que el costo de  enfermar a mayores porciones de la  población  era más alto que el aparato productivo. No hay economía versus salud porque no hay economía sin personas sanas.

 

Lo que sí se evidencia  es  la  falta  de  coordinación  de  las  políticas  de  los  países,  donde  cada  frontera  se  cierra  e  implementa  las  soluciones  que  decide  su gobernante.  Sin  embargo,  los  problemas  que  aquejan  a  las economías  del mundo tienen mucho más en común que diferencias. Casi todos los estados del mundo  están sobrendeudados, enfrentan una  recesión importante que los está haciendo emitir en exceso y tienen deficiencias en su  infraestructura sanitaria para hacer frente a la  pandemia. Es hora de estar a la altura del  momento histórico y cooperar, en lugar de  volver a la economía protocapitalista del  sálvese quien pueda, ya que si superamos la pandemia se viene una profunda crisis que ya se evidencia en los indicadores.

 

Ahora bien, el coronavirus nos muestra a  simple vista que hay vidas que valen más que  otras. Se dejan los tratados de Derechos  Humanos remojados en tinta mientras la  sociedad  genera  excepciones  entre  personas  que pueden salir ya que sus trabajos  mantienen al resto de la población. Entre  líneas, nos muestra qué vidas importan y  cuáles  son  fácilmente  intercambiables  para  el sistema. Lo mismo pasa para muchos  adultos mayores de países que decidieron  que  el límite para acceder a las atención de salud  sean  los  80  años,  porque  luego  de  esa  edad  no son productivos, lo que tenías para dar ya  lo diste y ahora le estás sacando el respirador  a otro que todavía tiene una vida por dejar a este sistema. Pero  no  nos  quedemos  en  las  diferencias entre quienes trabajamos, ya sea  desde nuestro hogar o en la calle. Estas diferencias son importantes, pero lo  peor  que  podemos hacer es enemistarnos entre  quienes al menos trabajamos. Las miras  tienen que estar puestas en ese 1% de la  población que concentra  más del 50% de la riqueza del mundo. Mientras el 99% de la  población vive la  pandemia con angustia ante  la incertidumbre del qué pasará.  Sin  embargo,  todo  el  dinero  del  mundo  no  salvará a este  grupo selecto. No hay riqueza que valga  uando el virus se transmite sin mirar el  bolsillo  de  los  pulmones que  ocupa.