Una efímera reflexión de la existencia de la enfermedad COVID 19
Hoy se requiere hablar de que estamos en un modelo en crisis, que el desarrollo sustentable pretende aliviar, sin avocarse al tratamiento de la patología que lo origina. De aquí que es necesario construir una nueva normalidad, que no puede ser como una normalidad pre-pandemia. Por tanto, se requiere de una impostergable reflexión, diversa e inclusiva, desde el seno de la comunidad científica, con la apertura para admitir otras visiones y conocimientos que tienen mucho que aportar desde otras formas de coexistir con la naturaleza. Así es que sea cual sea el origen del SARS-CoV-2, todas las hipótesis se remiten a un mismo tema, a saber, un modelo de desarrollo donde la cosificación de la naturaleza, como entidad ajena para el ser humano, la convierte paradójicamente en una amenaza para la vida humana. Este modelo de desarrollo recibe, en nombre del crecimiento, un impulso casi unánime tanto desde los enfoques capitalistas como socialista: el primero con el propósito de acumular capital y el segundo con el objetivo de alcanzar una justa redistribución de las riquezas, obtenidas en ambos casos a partir de la explotación de la naturaleza.
Pero más allá de la desigualdad entre las responsabilidades del deterioro ambiental y la inequidad en la distribución global de los beneficios derivados de su explotación, la normalidad a la cual hoy aspira la sociedad global esta soportada en un aprovechamiento que demanda cantidades de energía y materia que el planeta no está en capacidad de ofrecer. Así que mientras los sistemas de extracción y producción se aprestan a iniciar un proceso súper productivo para la recuperación de los niveles de crecimiento perdidos por el frenazo económico dela Covid-19, el cual, por cierto, continúa sin fecha de retroceso; las perspectivas sobre la base de los indicadores socio-ambientales auguran el retorno a una normalidad firmada por ecosistemas exhaustos, y sociedades cada vez más fragmentadas y excluidas. Entonces, en este marco en que hoy se nos presentan en tiempo real los números de positivos y muy lamentables muertes Covid-19 en cada rincón del planeta, pero nunca se nos informó con semejante minuciosidad las estadísticas de la normalidad pre-pandemia, especialmente de la realidad social y ambiental.
Se ha producido una avalancha de información sin precedentes en torno a la Covid-19. Gran cantidad de informaciones asociadas y una tasa de actualización en tiempo real, desde fuentes diversas: organismos multilaterales, como la Organización Mundial de la Salud (OMS), instituciones científicas, como la Universidad John Hopkins, todos los medios de comunicación en sus diversas plataformas y nuevos medios extraordinariamente poderosos, como lo son las redes sociales. Todo esto no es ajeno a la otra pandemia: la infodemia.
Ahora bien, pandemias hubo muchas en la historia, desde la peste negra en la Edad Media, pasando por las enfermedades que vinieron de Europa y arrasaron con la población autóctona en América en tiempos de la conquista. Se estima que, entre la gripe, el sarampión y el tifus murieron entre 30 o 90 millones de personas. Más recientemente, todos evocan la gripe española (1918-1919), la gripe asiática (1957), la gripe de Hong Kong (1968), el VIH / SIDA (desde la década de 1980), la gripe porcina AH1N1(2009), el SARS (2002), el Ébola (2014), el MERS (coronavirus 2015), y ahora la Covid-19. Sin embargo, nunca vivimos en estado de cuarentena global, nunca pensamos que sería tan veloz la instalación de un Estado de excepción transitorio, un Leviatán sanitario, por la vía de los Estados nacionales. En la actualidad, casi un tercio de la humanidad se ha hallado en situación de confinamiento obligatorio. Por un lado, se cerraron fronteras externas, se instalaron controles internos, se expandió el paradigma de la seguridad y el control, se exigió el aislamiento y el distanciamiento social. Por otro lado, aquellos que hasta ayer defendían políticas de reducción del Estado, hoy rearman su discurso en torno a la necesaria intervención estatal, se maldicen los programas de austeridad que golpearon de lleno la salud pública, incluso en los países del norte global. Y es un venir y bajar de estas cuestiones al unísono del capricho del virus del demonio. Retomando la idea de Leviatán climático de Geoff Mann y Joel Wainwright, podemos decir que estamos hoy ante la emergencia de un Leviatán sanitario transitorio, el cual tiene dos rostros. Por un lado, es evidente el retorno de un Estado social. Así, las medidas que se están aplicando en el mundo implican una intervención decidida del Estado. La situación es de tal gravedad, ante la pérdida de empleo y los millones de desocupados que esta crisis generará, que incluso los economistas más liberales están pensando en un segundo New Deal en el marco de esta gran crisis sistémica. El Leviatán sanitario viene acompañado del Estado de excepción. Basta señalar que los mayores controles sociales se hacen visibles en diferentes países bajo la forma de violación de los derechos, de militarización de territorios, de represión de los sectores más vulnerables.
Por otra parte, tan importante es el cuidado que no sólo debemos pensarlo como derecho sino también como responsabilidad. El problema de mercantilizarlo es que están quienes pueden pagarlo y quienes no, como todo en este capitalismo. El virus nos ha demostrado que de nada sirve encerrarnos en nuestras realidades fragmentadas si alcanza con haber tocado el mismo picaporte para que nos enfermemos. La estatización, por ahora temporaria, de sectores privados de la salud en varios países del mundo, muestra esta realidad. La enfermedad la superaremos como colectivo, o no la superaremos nunca. Ni siquiera alcanza que un país la contenga sino que quedó en evidencia la necesidad de una respuesta coordinada e internacional. Los dirigentes de las naciones parecen no estar a la altura de las circunstancias y son nuevamente los trabajadores quienes dejan sus avances científicos de forma abierta y libre para una producción colectiva de respuesta al virus. El aislamiento y el totalitarismo, cada país tomó medidas de la manera que le pareció. Algunos estados cedieron ante las presiones de las empresas que necesitan seguir produciendo a cualquier costo humano y, en otros, se implementaron cuarentenas preventivas, sabiendo que el costo de enfermar a mayores porciones de la población era más alto que el aparato productivo. No hay economía versus salud porque no hay economía sin personas sanas.
Lo que sí se evidencia es la falta de coordinación de las políticas de los países, donde cada frontera se cierra e implementa las soluciones que decide su gobernante. Sin embargo, los problemas que aquejan a las economías del mundo tienen mucho más en común que diferencias. Casi todos los estados del mundo están sobrendeudados, enfrentan una recesión importante que los está haciendo emitir en exceso y tienen deficiencias en su infraestructura sanitaria para hacer frente a la pandemia. Es hora de estar a la altura del momento histórico y cooperar, en lugar de volver a la economía protocapitalista del sálvese quien pueda, ya que si superamos la pandemia se viene una profunda crisis que ya se evidencia en los indicadores.
Ahora bien, el coronavirus nos muestra a simple vista que hay vidas que valen más que otras. Se dejan los tratados de Derechos Humanos remojados en tinta mientras la sociedad genera excepciones entre personas que pueden salir ya que sus trabajos mantienen al resto de la población. Entre líneas, nos muestra qué vidas importan y cuáles son fácilmente intercambiables para el sistema. Lo mismo pasa para muchos adultos mayores de países que decidieron que el límite para acceder a las atención de salud sean los 80 años, porque luego de esa edad no son productivos, lo que tenías para dar ya lo diste y ahora le estás sacando el respirador a otro que todavía tiene una vida por dejar a este sistema. Pero no nos quedemos en las diferencias entre quienes trabajamos, ya sea desde nuestro hogar o en la calle. Estas diferencias son importantes, pero lo peor que podemos hacer es enemistarnos entre quienes al menos trabajamos. Las miras tienen que estar puestas en ese 1% de la población que concentra más del 50% de la riqueza del mundo. Mientras el 99% de la población vive la pandemia con angustia ante la incertidumbre del qué pasará. Sin embargo, todo el dinero del mundo no salvará a este grupo selecto. No hay riqueza que valga uando el virus se transmite sin mirar el bolsillo de los pulmones que ocupa.

