Una sala oscura para pensar el mundo
No basta con mirar una imagen.
Hay imágenes que exigen que
aprendamos a pensar de otra manera.
Hay un instante que siempre me ha parecido profundamente filosófico. Ocurre unos segundos antes de que empiece una película. Las conversaciones disminuyen, alguien apaga las luces, la pantalla permanece todavía en blanco y, durante un breve momento, un grupo de personas decide suspender el ritmo acelerado del mundo para dirigir su atención hacia una misma imagen. Podría parecer un gesto cotidiano, pero no lo es.
En una época en la que las imágenes circulan con una velocidad vertiginosa, detenerse constituye casi un acto de rebeldía. Deslizamos el dedo sobre cientos de videos cada día; los algoritmos anticipan aquello que veremos antes incluso de que formulemos el deseo de buscarlo, la famosa experiencia estética se fragmenta en segundos, la memoria se comprime y la atención se convierte en un recurso disputado por plataformas digitales. Nunca antes habíamos estado tan rodeados de imágenes y, paradójicamente, nunca había sido tan difícil permanecer frente a una de ellas el tiempo suficiente para dejar que nos transformara.
Quizá por eso junto a mi grupo de investigación en la universidad decidimos crear Entre Fotogramas. No nació como un cineclub, ni tampoco como una actividad extracurricular destinada a llenar las tardes universitarias, nació más de la convicción filosófica de que el cine constituye una forma de pensamiento y que reunirse para ver una película sigue siendo una práctica política. No es casual que nuestro cineforo lleve ese nombre. Entre un fotograma y otro no solo se produce la ilusión del movimiento, siguiendo la filosofía Deleuziana un fotograma y otro también aparece el pensamiento. Allí, en ese intervalo casi imperceptible, el cine deja de ser únicamente una narración para convertirse en una interrogación sobre el tiempo, la memoria, el cuerpo, la violencia, el deseo y la historia.
Fue Deleuze quien llevó esta intuición hasta sus últimas consecuencias. En La imagen-movimiento y La imagen-tiempo, el gran filósofo francés sostuvo que el cine no debía entenderse como una ilustración de conceptos filosóficos. El cine no explica la filosofía, el cine produce pensamiento mediante imágenes. Cada plano, cada montaje, cada silencio y cada duración elaboran una lógica propia que no puede reducirse a palabras. Pensar filosóficamente una película no consiste, entonces, en traducirla a conceptos, sino en reconocer que la imagen misma es capaz de crear nuevas formas de comprender el mundo. Esa idea transformó nuestra manera de entender el cine, y a su vez, nuestra manera de entender la universidad. Porque si la filosofía no consiste únicamente en repetir autores, sino en aprender a formular problemas, entonces una sala de proyección puede convertirse en un aula. No porque el cine sustituya a los libros, ojo, sino porque nos obliga a
pensar aquello que los conceptos, por sí solos, muchas veces no alcanzan a mostrar. Entre Fotogramas nació precisamente de esa necesidad. Vivimos un tiempo en el que las universidades corren el riesgo de convertirse en espacios donde se acumula información, pero cada vez resulta más difícil construir pensamiento colectivo. Se leen artículos, se aprueban exámenes, se producen trabajos de investigación, pero con demasiada frecuencia olvidamos que la filosofía también necesita lugares donde la reflexión ocurra públicamente. Lugares donde el desacuerdo sea posible, donde la historia pueda discutirse y donde las imágenes dejen de consumirse para comenzar a pensarse. Por eso cada película que hemos proyectado ha sido, en realidad, una pregunta.
Iniciamos con Persépolis, de Marjane Satrapi, y no queríamos únicamente acercarnos a la Revolución Islámica iraní ni narrar el exilio de una niña obligada a abandonar su país. Lo que esa película nos permitió pensar fue algo más profundo, en cómo la guerra reorganiza la subjetividad, o en cómo el poder penetra incluso la vida cotidiana y cómo la memoria familiar puede convertirse en una forma de resistencia política. Satrapi no nos ofrecía una explicación de Irán; nos invitaba a preguntarnos qué permanece de una persona cuando todo aquello que la rodea intenta transformarla. Así cada película elegida constituye en sí misma una para pensar, cuestionar.
Y pasemos a la que sólo pusimos hace una semana: Tierra y Libertad, de Ken Loach. La Guerra Civil Española suele contarse como un enfrentamiento entre fascismo y República. Sin embargo, la película nos obligó a abandonar esa comodidad narrativa para mirar las contradicciones internas de los propios proyectos emancipatorios. Inspirada parcialmente en Homenaje a Cataluña, de George Orwell, la obra nos recordó que las revoluciones también discuten consigo mismas. Que la emancipación nunca es un camino lineal y que incluso quienes luchan por un horizonte común pueden discrepar profundamente sobre los medios para alcanzarlo. El cine dejó de hablarnos únicamente de España para interrogarnos sobre la política misma: ¿cómo sostener un proyecto colectivo sin convertir la diferencia en enemistad?
Ahora, en pleno julio, hemos decidido proyectar la inigualable: La boca del lobo, de Francisco J. Lombardi. No porque el calendario patriótico nos obligue a hablar del Perú –aunque sí–, pero también porque creemos que ninguna patria puede construirse honestamente sobre el olvido. Durante décadas, el conflicto armado interno fue reducido a consignas, simplificaciones o silencios. Sin embargo, la historia no desaparece porque dejemos de nombrarla. Como recordó Walter Benjamin en sus Tesis sobre la filosofía de la historia, el pasado nunca está definitivamente clausurado; permanece abierto mientras continúe reclamando justicia para quienes fueron derrotados y olvidados. La boca del lobo no ofrece una verdad definitiva sobre aquellos años. Tampoco pretende sustituir el trabajo de los historiadores o de la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Su fuerza reside en
otro lugar: nos enfrenta a los dilemas éticos de la violencia, al ejercicio del poder, a la obediencia, al miedo y a la progresiva deshumanización que atraviesa tanto a individuos como a instituciones cuando la guerra se convierte en la forma cotidiana de habitar un territorio.
Quizá por eso muchas veces el cine resulta tan incómodo. Porque las imágenes no permiten la distancia que muchas veces ofrecen los conceptos. Nos colocan frente al rostro del otro. Nos obligan a permanecer allí donde preferiríamos apartar la mirada. Y, en ese gesto, aparentemente simple de mirar, comienza una responsabilidad ética.
Susan Sontag advertía, en Ante el dolor de los demás, que observar el sufrimiento ajeno nunca es un acto inocente. Toda imagen de violencia nos plantea una pregunta: ¿qué hacemos con aquello que hemos visto? ¿Lo convertimos en espectáculo? ¿Lo olvidamos? ¿O permitimos que transforme nuestra manera de comprender el mundo?
Nuestro cineforo Entre Fotogramas nació precisamente para resistirse a esa indiferencia. Porque creemos que el cine no debe consumirse del mismo modo en que se consumen los contenidos que diariamente aparecen en nuestras pantallas. Una película puede convertirse en un acontecimiento político cuando deja de terminar con los créditos y comienza a prolongarse en una conversación colectiva. Tal vez esa sea la razón por la que seguimos reuniéndonos en una sala oscura. Y debo advertirle que no es porque pensemos que una película cambiará el mundo. Sino porque sospechamos que ninguna transformación colectiva comienza sin antes modificar nuestra forma de mirar.
Vivimos tiempos donde la velocidad sustituye a la reflexión, donde las opiniones preceden a la escucha y donde la historia parece comprimirse en titulares efímeros. Frente a ello, apagar las luces durante dos horas para pensar juntos constituye una forma discreta, pero profundamente radical, de resistencia cultural.
La filosofía no pertenece únicamente a los libros. También habita una pantalla.
También aparece en un silencio.
También emerge cuando una comunidad decide detenerse para mirar una misma imagen y preguntarse, colectivamente, qué mundo está viendo y qué mundo desea construir. Las tres películas parecen muy distintas.
Irán. España.
Perú.
Sin embargo, todas terminan formulando la misma pregunta. ¿Cómo conservar la humanidad cuando la violencia pretende convertirse en el principio que organiza el mundo?
Quizá ahí radique la verdadera potencia del cine. No en ofrecer respuestas. Sino en impedir que ciertas preguntas desaparezcan.
En tiempos donde la polarización reemplaza al diálogo, donde la opinión suele anteceder al conocimiento y donde la historia es utilizada con frecuencia como instrumento de legitimación política, defender espacios de conversación crítica dentro de la universidad constituye una tarea profundamente democrática. La universidad no debería limitarse a transmitir conocimientos; debería producir ciudadanía crítica, imaginación política y sensibilidad ética. Y esa tarea también puede comenzar frente a una pantalla.
Porque pensar nunca ha sido un ejercicio estrictamente individual. Pensamos con otros.
Pensamos desde otros.
Pensamos incluso contra nosotros mismos.
Cada conversación que continúa después de los créditos demuestra que una película no termina cuando se encienden las luces. Comienza allí una segunda obra, invisible pero quizá más importante: la que se escribe en las preguntas compartidas, en los desacuerdos argumentados, en la posibilidad de abandonar el auditorio mirando el mundo de un modo ligeramente distinto.
Entre Fotogramas nació de esa intuición. De la convicción de que la filosofía no pertenece únicamente a las aulas, del mismo modo que el cine no pertenece únicamente a las salas de proyección. Ambos existen allí donde una comunidad decide suspender, por un momento, la inercia del presente para preguntarse qué significa vivir juntos, qué significa recordar juntos y qué significa construir, también, juntos, otros horizontes de sentido.
Porque quizá la filosofía nunca haya sido otra cosa. No un conjunto de respuestas extraordinarias.
Sino el humilde y profundamente político, ejercicio de seguir reuniéndonos para formular, una y otra vez, las preguntas de las que depende nuestra manera de habitar el mundo.
A quien corresponda:
Mientras existan historias que necesiten ser contadas, memorias que reclamen justicia y personas dispuestas a conversar después de que se apaguen los créditos, Entre Fotogramas seguirá siendo una invitación permanente a ejercer la filosofía fuera del aula y a recordar que el pensamiento también puede comenzar en una sala oscura. Entre un fotograma y otro también se construye una comunidad.
Breves referencias:
- Gilles Deleuze, La imagen-movimiento (1983).
- Gilles Deleuze, La imagen-tiempo (1985).
- Walter Benjamin, Tesis sobre la filosofía de la historia (1940).
- Susan Sontag, Ante el dolor de los demás (2003).
- Jacques Rancière, La fábula cinematográfica (2001) y El espectador emancipado (2008), especialmente para pensar al espectador como sujeto activo.
- Comisión de la Verdad y Reconciliación del Perú, Informe Final (2003), como contexto histórico para La boca del lobo.

