VASCONCELOS, OBRA EDUCATIVA

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Atendiendo el pasado se comprende el presente y se vislumbra el futuro. Al estudiar e investigar a José María Heredia, podemos comprender que el educador que hay en él, tiene tanta pureza porque todo lo que hace tiene la impronta del educador. Y esa etapa la recorre particularmente en la ciudad de Toluca: no es sólo por haber ocupado el cargo de director del Instituto Literario de Toluca, sino por la tarea de abrir mentes atendiendo la conflagración que son aquellos dolorosos años de lucha contra realistas; sabe que pueblo y gobernantes deben comprender que la mejor manera de liberar a la sociedad de imposiciones sectarias de carácter religioso y político es estudiando, y respetando la diversidad cultural de la convivencia humana: cultura que abarca todo y, al señalar ello, comprender que es la mejor manera de oxigenar la mente de aquel mal que convierte al nuevo país sólo en lucha facciosa entre blanco y negro. 

Importante a partir del estudio de la obra en Toluca de José María Heredia es entender sucesos de las primeras décadas del siglo XX en la etapa posrevolucionaria: lo que refiere a década de los veinte y treinta en las tareas culturales y educativas de José Vasconcelos, y del grupo de intelectuales, artistas y académicos que le siguieron con pasión. Estudiar al grupo sin grupo llamado Los Contemporáneos, cuya presencia es lección para la cultura contemporánea que vivimos en el siglo XXI para México. Ellos ante el embate ideológico que obliga por mandato, el sólo escribir, pintar o hacer música desde una visión indigenista o de ideología revolucionaria, surgida del 1910 en muralistas o en aquellos escritores, que hacen de la narrativa de ese movimiento su modus vivendi. Los Contemporáneos plantean su visión hacia el exterior, al buscar aquello que enriquezca la multiplicidad cultural; no caer en la actitud facciosa de ¡como México no hay dos!, encerrándose en un nacionalismo pernicioso y repetitivo. La generación de escritores como Xavier Villaurrutia, Jorge Cuesta, Carlos Pellicer, Salvador Novo, Jaime Torres Bodet, Bernardo Ortiz de Montellano y Elías Nandino entre otros, son visión que viene desde primeras décadas del siglo XIX en el pedagogo y poeta José María Heredia o en obras de Joaquín Fernández de Lizardi y el periodista José María Cos: se expresa en la riqueza de lo particular —en igual medida— que en lo universal, que es como se fundan las revoluciones en educación y cultura. 

De esa importancia es la obra literaria, editorial y cultural que hace Heredia por la patria que le acogió con gran amor al principio y, que desgraciadamente, le dejó en la orfandad al final de su vida. Nos deja ver así claramente sucesos del siglo XX en la obra cultural y educativa de José Vasconcelos, del cual cita Guadalupe Lozada: Entusiasmado con la posibilidad tan anhelada de dotar al pueblo de nuevas herramientas en aquel intento de creación de un país que literalmente surgía de sus cenizas, Vasconcelos inició la tarea de inmediato: …puso en marcha su plan a todo vapor; desde luego se sustrajo a la cátedra el salón más amplio de la Escuela de Atos estudios para alojar en él a los participantes de esta empresa: Julio Torri quedó al frente de ella; José Clemente Orozco era el ilustrador principal. El propio Torri y un poco más tarde Pedro Henríquez Ureña seleccionaban las mejores traducciones al español de los grandes clásicos universales. Con semejante grupo de colaboradores, la empresa comenzaba con el pie derecho. Tiempos de una revolución educativa que difícilmente se puede comparar con alguna otra en el siglo XX. 

Se puede reconocer como un gran esfuerzo la creación del Programa de Bibliotecas Públicas Municipales iniciada en el gobierno de Miguel de la Madrid Hurtado (1982-1988), en la que se funda una biblioteca por lo menos en cada municipio del país; programa que ha cumplido cuarenta años de existencia llenando a México de más de siete mil bibliotecas en territorio nacional. Difundir la obra cultural y particularmente literaria, ha sido pasión en México por nuestros mejores hombres y mujeres como lo prueba la historia en cada momento.

Guadalupe Lozada escribe: Rápidamente las prensas comenzaron a producir miles de ejemplares de La Iliada, La Odisea, las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides, tres volúmenes de Los diálogos de Platón, las Enéadas de Plotino, los Evangelios, Literatura hindú, y textos budistas, Fausto de Goethe, La Divina Comedia, así como textos de autores mexicanos: La historia de la antigüedad de Justo Sierra y los Principios críticos sobre el Virreinato de Agustín Rivera y San Román. Los volúmenes de pastas verdes y el escudo universitario comenzaron a hacer historia. Imaginemos la década de los treinta donde el clero expresaba que la revista Miscelánea publicaba cosas que no tenían que ver con la principal enseñanza de los textos religiosos para que el pueblo no se fuera al infierno por pecar leyendo cosas que no eran de Dios. 

O a aquellos criollos y españolizados que venidos del tardo medioevo veían en las lecturas francesas sólo textos dictados por Lucifer y sus acólitos en la tierra como Montaigne, Descartes, Voltaire o Rousseau. No olvidemos el contexto en el que se encuentra el educador y divulgador Heredia, pues sólo así comprendemos una época cultural, la de 1830 a la que se vive en la década de los veinte en el México del siglo XX. Por eso la proeza de Vasconcelos sigue maravillando a quienes le estudiamos y vemos sus alcances, dice Guadalupe Lozada: Pero, no contento con labor tan ardua, el rector de la Universidad también repartió textos elementales. Junto con los clásicos también editamos y obsequiamos dos millones de libros de lectura primaria, cientos de miles de textos de geografía y de historia. Sin embardo, esta medida de edición masiva hizo surgir un grupo de críticos que hasta la fecha rechaza la idea de haber invertido recursos necesarios para otras acciones de reconstrucción, en la edición de textos clásicos. Con visión clara, Vasconcelos respondía con argumentos definitivos: No se reflexiona en que no se puede enseñar a leer sin dar qué leer. Y nadie ha explicado por qué se ha de privar al pueblo de México, ha título de que es pueblo humilde, de los tesoros del saber humano que están al alcance de los más humildes e las naciones civilizadas […] Cerrados se mantuvieron aún al argumento decisivo, o sea a la necesidad de conocer en nuestro idioma y no en idiomas ajenos, las ideas esenciales de todos los tiempos. Si rascamos en las minas de la historia veremos que José María Heredia habrá encontrado múltiples enemigos que le atacaban el sacar una revista extranjerizante y llena de poesía por doquier. ¿Cómo el humilde e ignorante pueblo recién liberado de las cadenas del coloniaje podía entender tales textos que no le eran propios?… No se ha vuelto a ver en un solo sexenio tal obra educativa y cultural, bien decía José Vasconcelos al tomar posesión como rector de la Universidad, que ésta no tenía por qué preguntar qué cosa hacía el pueblo por ella, sino preguntarse a sí misma qué cosa hacía la Universidad por el pueblo. Y después de atender los programas del alfabeto y la lectura crea el Departamento de Desayunos Escolares y al asumir el cargo de secretario de Educación en el país crea las bibliotecas, como escribe Guadalupe Lozada: En poco tiempo logró establecer 198 pequeñas bibliotecas divididas en 80 obreras, 54 escolares y 64 municipales, con una dotación total de 20,000 volúmenes. (cita de Álvaro Matute, en “la política de José Vasconcelos, en Historia de la Educación Pública en México). Sobre este tema, Vasconcelos escribe en su libro El Desastre de dónde le vino la idea de las bibliotecas: … yo ya tenía mi ley en la imaginación. La tenía en la cabeza, desde mi destierro en Los Ángeles […] y mientras leía lo que en Rusia estaba haciendo Lunatcharsky. A él debo mi plan más que a cualquier otro extraño. Los buenos hombres y mujeres se unen y se dan la mano a través del tiempo. Igual Heredia que Gabino Barreda, Justo Sierra que Vasconcelos, o Alfonso Reyes que Daniel Cosío Villegas, en todos ellos se significa el amor por el pueblo. Son ellos, ahora los amados por el país que les vio nacer, y al dignificar con su obra a la patria.