Verdad: poesía y ser

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Para Peirce todo es signo, ya que todo aparece como capaz de manifestar algo para un tercero. Sin embargo, el significado de un signo no es auto-evidente, sino que lo recibe cuando es interpretado por un pensamiento o acción posterior. Así es que el significado de un signo no reside en la percepción, sino en la interpretación de la percepción o, mejor aún, en la acción. El pensamiento es signo, pues no es significativo hasta que no es interpretado por un pensamiento posterior. De acuerdo con esta tesis, todo pensamiento se da a través de signos, más allá, el razonamiento es un proceso de interpretación de signos. Además todo signo requiere de la triada de éste con un objeto y un interpretante. No hay que perder de vista que el pensamiento siempre implica un proceso de inferencias en el cual se da una transformación de conocimientos previos que fueron expresados en proposiciones. Esto es teniendo en cuenta que éstas captan sólo una parte de las realidad que expresan y, en ese sentido, son signos. Todo pensamiento razona de acuerdo a un modo de inferencia —abducción, deducción, inducción— empleando proposiciones, que a su vez están formadas por términos.

 

Una vez señalada la noción anterior, hay que decir que la verdad compete a proposiciones o pensamientos cuyo contenido es a veces indeterminado. Estamos ante la posibilidad, de que la verdad sea indeterminada y su realidad subyacente determinada.  En la una experiencia o vivencia se imponen los hechos percibidos, pero no la descripción de los mismos. Esto ocurre tanto a causa de la insuficiencia o limitación de los recursos conceptuales con que describimos la realidad como por las diversas restricciones que condicionan el conocimiento que podemos tener de ella. Paradójicamente parece haber una sinrazón de la verdad en tanto signo, en tanto significado de un pensamiento.

 

Trascendiendo el pensamiento y la posibilidad de la verdad la palabra ser puede poner muy nervioso a cualquier intelectual porque no tiene que ver con algo que se pueda pensar, no designa nada inteligible y no refiere la mente a ningún contenido. Deja la mente en el vacío, en blanco tal como lo hace la razón poética de María Zambrano, quien da una importancia radical al ámbito de la palabra poética como elemento epistemológico de primer orden. El poeta, si es poeta, no describe el mero aparecer del cielo y de la tierra. El poeta, en los aspectos del cielo, llama aquello que, en el desvelarse hace aparecer precisamente el ocultarse, y lo hace aparecer de esta manera: en tanto que lo que se oculta. El poeta, en los fenómenos familiares, llama lo extraño como aquello a lo que se destina lo invisible para seguir siendo aquello que es: desconocido. Así lo señala con gran maestría Heidegger. De esta manera se trata de permitir ser al ser, es decir, poetizar y pensar son dos modos de hacerse cargo de lo real bien diferentes.

 

Me parece que es excepcional el considerar a la poesía en tanto creación de verdad con la idea de descubrir y revelar el ser en su ser. Esto es, si y sólo si pensamos en una creación auténtica dado que de otra manera lo valioso sería momentáneo, pues carece de horizonte histórico. En la vida auténtica, la creación es histórica dado que la existencia es histórica y a ella está referida la ejecución de la obra, se trata entonces de un proyecto que se refiere al porvenir, pues se encuentra lleno de  posibilidades. Se buscaría, en el marco de la poesía como generadora de verdad, que el ego le dé el paso al ser a través de la generación creativa de realidad. La propuesta sería convertirse en el poeta del propio devenir de la persona, que se entrega a su tarea, en la callada reserva de la ejecución de su proyecto evitando el confort del estar presentes sin presencia en la comodidad de no revelar y descubrir una misión auténtica que implica una responsabilidad y un compromiso verdadero, un esfuerzo real en la acción. Esto significa un desprendimiento de todo apego que como ostra hemos adoptado. Toda separación implica un dolor que no siempre se está dispuesto a vivenciar a menos que el compromiso por revelar el ser en su ser sea más grande, y así requiere ser.

 

Sartre habla de la verdad como luminosidad. La comprensión de la verdad en este sentido significa una crítica, tanto al paradigma moderno acerca del conocimiento como a la tesis tradicional de la verdad como correspondencia. Sin embargo, si bien Sartre retoma el concepto de luminosidad a partir de una lectura de Heidegger, criticará la forma en que la concibe, desde lo que para Sartre es una lógica de la pasividad. Así es que la crítica que retomamos aquí es no haber llevado a cabo una teoría de la acción. Si bien el mundo y la naturaleza son más allá de toda conciencia, sus determinaciones provienen del hombre en tanto generador de mundo. En este sentido Sartre sostiene que la verdad se revela en la acción. Cabe destacar la forma en que remarca el carácter ontológico del para–sí. La realidad humana no puede recibir nada pasivamente: siempre es necesario que conquiste, no sé porque maldición, sino en su manera de ser. Es importante destacar que, a partir de esta maldición inherente al ser para, Sartre señala que la verdad no es relativa, sino que, por el contrario, es absoluta.

 

El carácter absoluto de la verdad no debe ser comprendido bajo el modo de la universalidad: la verdad descubierta es una verdad absoluta para quien la descubre. Así la verdad es un acontecimiento absoluto cuya aparición coincide con el surgimiento de la realidad–humana y de la historia. Lo relevante aquí es su ontología fenomenológica en donde lo absoluto es la conciencia y es por ella que la verdad viene al mundo. El objeto pasa al estado de iluminado y adquiere un nuevo estatus ontológico. Se trata de un acontecimiento absoluto que es  convergente al carácter de absoluto de la conciencia. Ahora bien, la acción es una de las cualidades más propias del para. Si bien a partir de su estructura ontológica, el para tiene la posibilidad de tomar distancia del ser, al mismo tiempo se encuentra atropellado por el ser, esto es que su retiro del ser es lo que le posibilita y obliga a actuar. Hay una dialéctica entre el tomar distancia del ser y el negar el ser.

 

La libertad le abre al para la posibilidad de retirarse del ser, pero, al ser él mismo una región del ser, esa posibilidad se realiza en la acción nihilizadora concreta del mundo. Lo esencial, pues, de la libertad es la acción, es en ella, donde se realiza realmente. Es aquí donde regresamos al ser poeta para aspirar a una libertad creadora en el marco de una realidad en un contexto de verdad. Aquí cabe lo que muy acertadamente señalaba Goethe: […] pues mi propósito más serio era exponer y expresar lo mejor posible la verdad esencial que, en la medida en que yo podía reconocerla, había imperado en mi vida. […] Todo esto que forma parte de lo que hay que relatar y del relato en sí, lo he comprendido bajo la palabra poesía, con el fin de poder emplear para mi propósito la verdad de la que yo fuera consciente. Si lo he conseguido o no es una decisión que voy a dejar en manos de mis lectores propicios, ya que se plantea la pregunta: ¿resulta congruente lo aquí presentado? Para Goethe hay dos verdades distintas:

 

La verdad primaria de los hechos, y la verdad esencial, esta última es aquí la que nos interesa, aquella que desde su subjetividad, él es capaz de percibir oculta tras los hechos en sí. Y todo en beneficio de un principio fundamental: la congruencia; es decir, el orden, la estructura y, sobre todo, el sentido. Como dijo a Eckermann Un hecho de nuestra vida no vale en la medida en que sea verdad, sino en la medida en que signifique algo.