Vidas mediocres

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La palabra, de entrada, resulta sumamente fuerte y un tanto lesiva; mediocridad. Y el mediocre es alguien que, estacionado en su zona de confort,  no está dispuesto a realizar nada que le mueva de ese espacio, porque no hay motivación suficiente para hacer algo diferente.

También es un adjetivo que utilizamos para referirnos a quienes viven con el mínimo esfuerzo, teniendo las condiciones para hacer algo más; por ejemplo, miles de pasantes que, tras culminar los créditos de una licenciatura, comienzan a trabajar, normalmente en actividades que no están vinculadas a su área de especialidad y que acaban por convencerse que es mejor sacar fotocopias, porque reciben un salario, que culminar su ciclo y concluir con su proceso de titulación.  No culminar lo que iniciamos también es signo de adocenamiento.

Otros que, con estudios formales, prefieren dedicarse a otra actividad porque es más cómodo.

En México, el problema se explica de manera un tanto contradictoria; según la OCDE estamos a la cabeza de países que más horas trabajan (480 horas arriba del promedio), pero con los peores porcentajes de productividad laboral, es decir, estamos mucho tiempo en el trabajo, pero la calidad del tiempo que invertimos en resolver nuestras asignaciones es ínfima.

Lo preocupante es que dentro de esa estadística encontramos trabajadores que son incapaces de completar un mes de labor sin algún retardo o inasistencia; incluso hay instituciones que, viviendo del presupuesto gubernamental, con obligación de rendir cuentas por los dineros utilizados, no tienen un reloj checador y permiten que sus colaboradores lleguen a la hora que quieren, que falten cuantas veces quieran, con la prebenda de poder presentar cualquier falsificante médico y anular esos incumplimientos. ¿Alguien verifica esos diagnósticos?, no.

Estas permisividades generan mediocridad, pues la organización cumple con pagar un salario justo y el colaborador finge que cumple; todos felices.

En otros casos, hay quienes deciden permanecer en un solo espacio de trabajo por siglos y se acostumbran a tener un solo referente laboral; esto los lleva a tener una visión cuadrada de las cosas, porque desconocen cómo es que funciona el mundo, no tienen más referente que el inmediato. Lastimosamente, a eso le han llamado estabilidad.

Difiero, la única forma de construir un capital cultural amplio es con la experimentación de distintos y diversos paradigmas, entre más referentes tengamos, mayor posibilidad de análisis y solución de retos; cediendo sin conceder, quedémonos en ese espacio, pero entendamos que hay que buscar información, cursos, diplomados, estudios formales para complementar nuestro saber.

Un país exitoso tiene sistemas de consecuencias y recompensas robusto, la cultura misma, es un sistema de estas características en el que hay reglas y lineamientos que las personas adoptan, pero sobre todo, cumplen.

Cuando no se cumple con lo establecido, la acción queda limitada y surge con todo su ímpetu la mediocridad.

Y sucede en todos los espacios: tengo que ir a un compromiso, ¿para qué me arreglo?, requiero dos platos, compro sólo dos platos, ¿más, para qué?

Cuando alguien escoge a la mediocridad como forma de vida, también elige ocultar sus habilidades y talentos dejando escapar muchas oportunidades.

Un pequeño paso cada día es mucho mejor que una gran acción cada mes.

horroreseducativos@hotmail.com