Vivir mantenidos

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En nuestro contexto hay un tipo de ciudadano que no aparece en los censos, pero domina la vida pública: el mantenido profesional. No es pobre, no es vulnerable, no es víctima; es un devoto de la comodidad subsidiada, un creyente fervoroso del derecho sin deber y un consumidor compulsivo de beneficios ajenos.

Ha convertido la dependencia en identidad, la exigencia en virtud y la ingratitud en estilo de vida.

Lo ves en todas partes: El ciudadano que espera su dádiva del gobierno como quien espera el postre después de la comida; el trabajador que exige beneficios gratuitos como si la empresa fuera una madre culpable o el hijo adulto que sigue extendiendo la mano con la naturalidad de quien respira.

Todos comparten un mismo credo: me lo merezco, y lo repiten con la convicción de quien pronuncia una verdad revelada. La zona de confort no es un espacio, es una nación y muchos ya tramitaron su ciudadanía.

En esa patria imaginaria, el esfuerzo es opcional, la responsabilidad es negociable y la gratitud es un gesto anticuado. Lo que importa es recibir, lo que importa es exigir, lo que importa es que alguien más cargue con el peso.

El ciudadano que vive de la dádiva pública no agradece: reclama, y si el apoyo llega tarde, se indigna. Si llega incompleto, protesta, si llega puntual, exige que aumente.

El trabajador que quiere beneficios sin aportar valor se siente víctima de una injusticia cósmica; cree que la empresa le debe algo por el simple hecho de existir y cuando recibe un bono, un permiso o una facilidad, no lo interpreta como un gesto: lo interpreta como reparación histórica.

El hijo que sigue pidiendo apoyos sin importar su edad no ve a sus padres como personas que se cansan, envejecen o se desgastan, los ve como un cajero automático emocional y financiero. Y si un día ese cajero marca fondos insuficientes, no hay comprensión; hay reproche.

Lo más perturbador es la actitud; no hay humildad, no hay gratitud, no hay reciprocidad; hay, en cambio, una diva interior: caprichosa, melodramática, convencida de que el mundo debe girar a su favor. Una diva que exige sin dar, que reclama sin aportar, que se ofende sin razón.

La dependencia se vuelve un espectáculo, la exigencia, un performance y la comodidad, un derecho humano inventado; conductas que cada vez son más frecuentes y que pintan de cuerpo completo a muchos seres humanos que, sin trabajar, sin esforzarse, sin ser productivos, que simplemente vegetan, crean que son tan buenos como su inoperancia.

El problema no es solo moral, es estructural; una sociedad donde todos quieren ser mantenidos es una sociedad que se hunde. Porque alguien tiene que trabajar mientras otros se indignan.

Cuando la cultura del vivir mantenidos se normaliza, la responsabilidad se vuelve heroica, el esfuerzo se vuelve exótico y la autonomía se vuelve sospechosa.

Ser mantenido, por el Estado, por la empresa, por la familia, puede parecer cómodo, pero es una renuncia silenciosa a la libertad, a la capacidad de decidir, a la posibilidad de construir y a la dignidad de sostenerse a uno mismo.

¡Que vergüenza!

horroreseducativos@hotmail.com