Vivir mintiendo

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La búsqueda de la verdad es uno de los retos más grandes que tenemos socialmente; por años este asunto se ha utilizado como bandera política para ganar adeptos, ante la evidente descomposición social que legitima a la mentira como forma de comunicación.

Estudios reportan que una persona normal miente alrededor de 30 veces en un solo día, ciertamente hay algunos que lo hacen con mayor eficacia, sobre todo cuando tienen un micrófono para hacerlo; lo preocupante no es que la gente mienta, sino que los interlocutores no cuestionen y acaben creyendo esos dichos.

Una de las causas para esta reacción es que desde el seno familiar se enseña a mentir, los padres mienten para ocultar problemas, mienten para evadir responsabilidades y permean esas conductas para sus hijos, quienes acaban dándose cuenta de que hay un dejo de normalidad en esas posturas.

El asunto es tan común que nos hemos acostumbrado a convivir con la mentira y aún a sabiendas de que lo hacemos simplemente fingimos demencia y proseguimos con nuestras vidas como si nada sucediera o como si fuese algo perfectamente ordinario.

Decir que voy a llegar a una hora y no hacerlo, es mentir; ofrecer que cumpliré con un trabajo en determinado tiempo y no culminarlo, es mentir; socializar una información derivada de un rumor y sin haberla comprobado antes, es mentir.

Adicionalmente, hoy día cualquier persona inscrita en una red social presume ejercer su libertad de expresión, aunque en los hechos tergiverse las cosas al punto de engañar a sus interlocutores. En esta lógica, se autodenominan influencers como si eso fuese una especie de barrera protectora para comunicar cuanta tontería se les ocurre sin filtros de por medio, peor aún, se asumen periodistas sin comprensión clara de lo que significa este gran oficio.

En suma, un contexto que lejos de favorecer la extinción de la mentira, pareciera institucionarla para llevarla a un nivel en el que no ejercerla podría dejarnos fuera de los mejores eventos.

El tema pasa por una inexistente convicción ética; es claro que ya no importa ese deber ser que en otros tiempos orientaba las conductas de las personas en lo privado para su posterior aplicación en lo social, el paradigma vigente nos lleva, no solo a la aceptación, sino a la premiación de quienes mienten.

En esa misma lógica, si oculto información a mis padres, a mi cónyuge, a mis hijos o a mis jefes, y de facto nadie se entera de algunos desatinos que he tenido, eventualmente hace que esos interlocutores, al desconocer la realidad de los hechos, acaben convencidos de que somos poco menos que beatos y se nos premie, incluso en el error.

La mentira es lamentable, es algo que no debiera ocurrir; padres que mienten en nombre de sus hijos buscando atajos para hacerles creer lo que no son, empleados que mienten a sus jefes para que estos crean que las cosas van en un rumbo adecuado, jefes que mienten a sus empleados para dorarles la píldora sobre temas diversos y así, una a una las posibilidades de engaño que asumimos como normal.

Ojalá pensáramos como Gandhi cuando decía que más vale ser vencido diciendo la verdad que triunfar con la mentira; cada uno y su consciencia.

horroreseducativos@hotmail.com