Volver

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Mientras el café calentaba la cocina, tú te bañaste. Después de lavar tu cuerpo en la continua humedad de las sábanas, me descubriste frente al espejo detallando mi rostro, vistiendo mi cuerpo con ese vestido de leopardo que te encantó. Recogí la mitad de mi cabello bañado con una liga invisible sujetando mis ideas, amarrando las emociones.

Me miraste parado en la puerta de la recámara, creo que verme delinear los labios, te alentó a acercar tu cuerpo felino recordando que la noche anterior, bailamos entre melodías de uno con el otro viviendo en tus firmes brazos. Te pedí que te quedaras a dormir conmigo sin que me tocaras, pero al llegar a la cama, no pude evitar que tu boca devorara mis labios como si nunca más volviera a suceder.

Te animaste a abrochar las zapatillas de correas cortas, zapatillas que dejaban ver mis pies delgadamente desnudos; las uñas pintadas de ámbar parecían pequeños rostros sonriendo a la ropa íntima perfectamente combinada con el atuendo que me vestía.

Desnudo de ti, recordaste nuestros cuerpos entrelazados durante la noche, las veces que comiste de mi boca y de cáliz queriendo atraparlos infinitamente. Sin quitarnos la ropa, volvimos a buscarnos, volvimos a tocarnos, a saborearnos como una sola salvia.

Intentamos hacer el amor rompiendo con las horas pasadas, con los miedos, con los recuerdos culposos intentando olvidar las confesiones que nos hicieron vulnerables uno con el otro.

Intentamos volver a esas ráfagas de luz que hacen nítido un instante dentro de la obscuridad de la existencia danzando: Eras tú, era yo, bailando sin miedo a lo que pasa.[1]

[1] Fragmento de la canción interpretada por Kany García: Bailemos un blues.