Y la poesía como resistencia

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Poeta rusa, Anna Ajmátova fue una de las voces más importantes del movimiento acmeísta, que supuso la ruptura con el simbolismo de principios del siglo XX.

Tras la Revolución Rusa, Ajmátova perdió a gran parte de su familia por motivos políticos y fue represaliada en varias ocasiones por su postura disidente, que se puede apreciar tanto en sus ensayos como en su poemario Requiem. Entre sus obras ineludibles encontramos Anochecer, Poema sin héroe, El correr del tiempo, Requiem. Algunas antologías fabulosas donde se recogen poemas suyos son El canto y la ceniza, He leído que no mueren las almas y Soy vuestra voz.

A lo largo de su carrera, Ajmátova recibió diversos premios y reconocimientos, como el Premio Internacional de Poesía o el Doctor Honoris Causa de la Universidad de Oxford, aunque su obra no se publicaría de forma completa en Rusia hasta 1990.

 

SELECCIÓN DE POEMAS

 

 

 

A LA MUERTE

 

 

Si has de venir ¿por qué no ahora?

Te espero. Me siento muy mal.

He apagado la luz y te he abierto la puerta

a ti, tan sencilla y asombrosa.

Toma para esto cualquier forma,

irrumpe como granada arrojada,

o furtivamente, con una pesa, como un bandido experto.

O envenéname con el tufo del tifus.

O con un cuento inventado por ti,

conocido por todos hasta la náusea,

Para que yo vea la punta del gorro azul

y al portero, pálido de terror.

Todo me da igual ahora. Humea el Yenisei

y resplandece la estrella polar,

y el último horror vela

el brillo añil de los ojos amados.

CRUCIFIXIÓN

No llores por mí, madre,
cuando esté en la tumba.

I

Un coro de ángeles glorificó aquella hora,

la bóveda celeste se disolvió en llamas.

Padre, ¿por qué me has abandonado?

Madre, te lo ruego, no llores por mí…

II

María Magdalena se dio un golpe de pecho y sollozó.

Su discípulo amado se quedó inmóvil, con el gesto

petrificado.

Su madre permaneció aparte. Nadie miró dentro

de sus ojos secretos. Ninguno se atrevió.

UN DOLOR SEMEJANTE PODRÍA MOVER MONTAÑAS…

Un dolor semejante podría mover montañas,
e invertir el curso de las aguas,
pero no puede hacer saltar estos potentes cerrojos
que nos impiden la entrada a las celdas
atestadas de condenados a muerte…
Para algunos puede soplar el viento fresco,
para otros la luz solar se desvanece en el ocio,
pero nosotras, asociadas en nuestro espanto,
sólo escuchamos el chirriar de las llaves
y las pisadas de las recias botas de la soldadesca.
Como si nos levantáramos para misa primera,
día a día recorríamos el desierto,
andando la calle silenciosa y la plaza,
para congregarnos, más muertas que vivas.
El sol había declinado, el Neva se había opacado
y la esperanza cantaba siempre a lo lejos.
¿Qué sentencia se dictó?… Ese gemido,
ese repentino fluir de lágrimas femeninas,
señala a una distinguiéndola del resto,
como si la hubieran derribado,
arrancándole el corazón del pecho.
Entonces déjenla ir, trastabillando, a solas.
¿En dónde estarán ahora mis innombrables amigas
de aquellos dos años de estadía en el infierno?
¿Qué espectros se burlan de ellas ahora, en medio
de la furia de las nieves siberianas,
o en el círculo nublado de la luna?
¡A ellas les lloro, Hola y Adiós!

INTRODUCCIÓN RÉQUIEM (Fragmento)

Si te hubieran dicho a ti, la jovial,
la adorada de todos sus amigos,
la alegre pecadora de Zárskoe Seló,
lo que pasaría con tu vida!
Que con el número trescientos y un presente,
harías la fila ante Las Cruces
y cómo con tus ardientes lágrimas
fundirías el hielo de año nuevo..
El álamo de la prisión se balancea
y nada se oye! Pero cuántas
vidas inocentes allí acaban…

EPÍLOGO RÉQUIEM (Fragmento)


Ahora sé cómo caen las personas,
cómo, debajo de los párpados, asoma el miedo,
cómo el sufrimiento pone en las mejillas
duras páginas de escritura cuneiforme.
Cómo los rizos negros o cenicientos
se tornan plateados de repente,
la sonrisa se desvanece en labios obedientes,
y en la risa marchita tiembla el pavor.
Y no ruego por mí sola,
sino por todos los que allí estuvieron conmigo,
en el frío glacial, y en el calor de julio
en los ciegos muros de color rojo.