Zapatos rojos
Las zapatillas le quedaron chicas, la planta del pie arde junto con el dedo chiquito. Otra cualquiera, en su caso, los hubiera arrojado y cambiado por el par de cada día. Pero, ese día era el último y era especial, los zapatos no podían desentonar, ni salir del cuadro.
Porque se vistió como cuando te vistes con ganas de seducir al diablo y no iba a tirar todo por el caño porque los pies no responden. Entonces agarró todo su dolor, todo su ardor, se untó unas cuantas capas de desodorante, ocupó unas cuantas técnicas para aflojar el cuero de la zapatilla y siguió.
Se escucharon sus pasos sonoros como cascabeles en una calle desierta de medianoche.

